La artritis no pudo con Mansfield

La inminencia de la muerte y una visión elegíaca del pasado y del futuro atraviesan el diario de Katherine Mansfield desde la primera frase en 1910: «Por fin ha acabado este fatigoso día», hasta la última, en la que se atreve a afirmar: «Todo está bien». Tres meses después, en enero de 1923, moría la narradora neozelandesa a los treinta y cuatro años. Virginia Woolf, al reseñar el «Diario» en 1927, apuntaba que su interés sobre todo residía en «el espectáculo de una mente –una mente terriblemente sensible– recibiendo una tras otra las impresiones fortuitas de ocho años de vida». La delicadeza de Mansfield ante la vida y la escritura encontró tanto en el matrimonio Woolf como en su compañero John M. Murry la compañía adecuada para ayudarla con su tuberculosis incurable y a que sus textos fueran viendo la luz.

Es la misma delicadeza que fascinó al grandioso biógrafo Pietro Citati, que en «La vida breve de Katharine Mansfield» (traducción de Mónica Monteys) sigue fiel al estilo elegante que tan maravillosos resultados dio en libros como los dedicados a Kafka y Leopardi. Ya en la primera página habla de «una criatura más delicada que otros seres humanos: una cerámica de Oriente que las olas del océano habían arrastrado hasta la orilla de nuestros mares».

Por supuesto, el diario de la gran cuentista será una de las fuentes principales para un Citati que ve en semejante criatura «uno de los más sólidos, compactos y tenaces temperamentos literarios» del siglo XX. La biografía es así la crónica del coraje de Mansfield ante las dificultades de la vida con una artritis galopante, de su romance con Murry desde 1912, de cómo las experiencias privadas se acabaron reflejando en sus relatos, en los que destacan los personajes sufrientes por la soledad, de su vida en Londres y París, y al fin de una trayectoria que queda enmarcada en lo que ella dijo en su propio diario: el hecho de que vivía para escribir.