Marsé, contra sus bestias negras

Una de las mejores capacidades literarias del ya clásico Juan Marsé (Barcelona, 1933) consiste en dar una sugestiva apariencia renovada a sus obsesivos y recurrentes temas narrativos. El tono y la atmósfera de un truculento suceso, el misterioso asesinato de Carmen Broto, conocida prostituta en la Barcelona de los años cuarenta, supuestamente vinculada a señalados jerarcas franquistas y que alentaba en las páginas de «Si te dicen que caí», regresan ahora con la forma de una ficción basada igualmente en referentes reales. En «Esa puta tan distinguida» un novelista ocasionalmente reciclado en guionista cinematográfico recibe el encargo de escribir para la pantalla la historia de un crimen: en 1949, en la cabina de proyección de un cine de barrio barcelonés muere estrangulada con un trozo de celuloide Carol, también prostituta, a manos de su cliente Fermín Sicart, desnortado personaje, ayudante del proyeccionista, incapaz al fin de explicar el motivo de esa violencia. A partir de aquí la novela se sitúa en 1982, año clave de la Transición española, y en las entrevistas que mantienen el guionista y un envejecido y astuto Fermín, en un proceso de documentación y ensamblaje de los hechos que configurarán el futuro filme.

Cabareteras y señoritos

En ese viaje al pasado encontramos un totémico imaginario de ilusas cabareteras, oportunistas gerifaltes políticos, señoritos hampones, intrigantes confidentes, temibles policías y marginados anarquistas, claros exponentes de un desastrado tiempo social. Pero, más allá de las incidencias argumentales, se halla un Marsé, entre divertido y enfurruñado, que ajusta cuentas con viejas y quizá ya familiares bestias negras de su personal identidad narrativa; carga así contra el nacionalismo catalán, parodiando a algunos de sus señalados representantes civiles; la gente del cine, en concreto productores y directores, quienes, salvo Víctor Erice, no supieron comprender ni por lo tanto adaptar su literatura; la manipulación franquista de la ciencia, encarnada en una psiquiatría que defendía el origen genético del comunismo; o la vergonzosa condición del intelectual orgánico, postrado ante cualquier alimenticia ideología. La auténtica protagonista de esta historia, la «puta» que titula la novela, es la memoria, la reconstrucción del pasado, siempre ambigua, en buena medida ficticia y constitutiva de un presente que fluctúa entre el recuerdo y el olvido.

La verdad atestiguada importa aquí menos que la libre fabulación, en un creativo proceso de literaturización de la vida e invención de la realidad. Por eso destacan secundarios aunque importantes personajes, como Felisa, la asistenta del guionista, empedernida cinéfila y escéptica espectadora de todo este enredo; o Vilches, taimado productor cinematográfico, abierto a todo tipo de disparatados argumentos que garanticen su anhelada ganancia; y Héctor Roldán, director que concibe el séptimo arte como una izquierdista tribuna propagandística. Y, como siempre, la maestría de Marsé con el luminoso fracaso de sus antihéroes; en las últimas palabras de la novela se muestra a Sicart «fiel a un pasado menesteroso, recosido y funesto del que no sabía o quería desprenderse, tal vez porque no tenía otro». Insuperable, magnética ficción realista.