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¿Un montaje?

En esta novela dentro de otra novela, el relato se acerca a Herman, un estudiante que seduce a la bella Laura después de que ésta rechazara al profesor Landzaat. En una noche de intensa nevada el maestro no se resigna a darla por perdida y acude a la casa de campo donde se encuentra la pareja. Su coche se avería y no se vuelve a saber nada de él. Para el escritor M. los claros sospechosos son los novios y, como no podía ser de otro modo, pasan a ser señalados, pero... ¿podría tratarse sólo de tergiversar los hechos para hacer más creíble su novela? La intriga está servida.

Al tiempo, el lector se ve atrapado en la red urdida por un narrador anónimo, obsesionado con exponer al detalle los aspectos más íntimos de la vida de su vecino, el citado señor M, uno de los escritores más célebres del país, ¿Harry Mulisch? Un octogenario enfurruñado que cimentó su fama con una novela inspirada en una trágica historia acaecida mucho tiempo atrás.

Estas páginas no sólo se centran en la «libertad» de un autor para retorcer una historia hasta que satisfaga sus propios fines sino que también nos habla del desmoronamiento de la fama. Denuncia del ego, del sistema educativo y no olvida mofarse del periodismo cultural pero, sobre todo, es particularmente cáustico con la burguesía, evidenciando su nula autocrítica y su autofelicitación constante.

Tensión encomiable que se apoya en la intriga, el humor y la culpa, sin olvidar que resulta una oda a la inocencia. Estimado Sr. M. no es un «quién lo hizo», sino una novela de lo que realmente sucedió. ¿Desaparición, suicidio o asesinato? El resultado es soberbio, y de paso, arroja algo de luz acerca de la ambigua relación entre realidad y ficción, así como los aspectos más crueles de cualquier proceso creativo.