Un vampiro «demodé»

En realidad, lo que ha tratado de hacer Anne Rice con sus «Crónicas vampíricas» es una cosmogonía al modo de un posmoderno Hesíodo. Puede parecer tan excesivo como presuntuoso pero la humildad no es uno de los atributos de esta escritora, que ha ido dando tumbos entre el catolicismo, el ateísmo, el renacimiento al cristianismo y su actual negación de los valores católicos mientras sacaba del armario a la minoría vampirizada. El sincretismo, por no decir la empanadilla mental de Anne Rice, es notorio. Leyendo su última aportación a estas crónicas, «El príncipe Lestat», iniciadas con el libro que cambió la forma de acercarse literariamente al mundo del vampirismo clásico, «Conversaciones con un vampiro» (1978), tiene el aspecto de recapitulación y vuelta a los orígenes de las «Crónicas Vampíricas» y sus protagonistas, temas recurrentes a lo largo de diez volúmenes.

La renovación pop

Su innovación fue desplazar el foco que John William Polidori en «El vampiro» (1819) y Bram Stoker en «Drácula» (1897) pusieron sobre la figura del vampiro como decadente, solitario y demoniaco aristócrata romántico, el conde Drácula-Lord Byron, a un universo pop formado por numerosos vampiros problemáticos, ansiosos por encontrar su origen e identidad en un universo literario donde la amistad, entablada mediante el don oscuro, tiene todos los componentes del amor gay en los albores de la revolución sexual. Además, Anne Rice ha cambiado normas aceptadas en el imaginario vampírico, creando nuevos ritos tan confusos y arbitrarios como permite la posmodernidad: entremezclando sin ton ni son luchas entre vampiros, magisterios de vampiros iniciadores, el don de la seducción y, en este último título, la utilización de la moderna tecnología de Internet, el whatsapp, el e-mail y los iPhone. Algo absurdo porque históricamente los vampiros tienen poderes extrasensoriales y una capacidad de comunicación telepática muy superior.

El resto en «El príncipe Lestat» es más de lo mismo: cursilería a raudales, un sinnúmero de luchas de poder incongruentes y una sensación de confusión que procede de su pretensión de hacer de sus «Crónicas» el metarrelato de estos vampiros. La narración de Anne Rice se acerca a la forma estructuralista del collage, sin importarle la incoherencia de la trama. Pero lo que ha hecho envejecer las «Crónicas Vampíricas» es la aparición de «Crepúsculo». Las primeras pertenecen al tiempo histórico de las reivindicaciones de la sexualidad gay y el horror metafísico de la sangre, presagio del sida. Por contra, Bella y Edward, los protagonista de «Crepúsculo», representan una concepción gótica del amor como renuncia, debido a las creencias mormonas de Stephenie Meyer, mientras que Lestat es un residuo de los tiempos del «género» y reivindicación de la identidad de los colectivos marginados en los años 70.