Volpi, en la estela de capote

Llegará el día en que ya no se hablará más de novela de no ficción sino de otra cosa: de una novela, sí, pero «sin ficción», que no es lo mismo que «no ficción» aunque ambos conceptos tal vez se parezcan. Así, una novela de no ficción es lo que hizo Truman Capote, que acuñó el término, en «A sangre fría», donde investigó, con las herramientas que brinda la literatura, el asesinato de una familia en un pueblo rural de Estados Unidos y la posterior sentencia a pena de muerte de los dos acusados y, de esa manera, se metió en las entrañas del sistema judicial para mostrar la crueldad de una sociedad extremadamente violenta. Una novela sin ficción, en cambio, es lo que hace el mexicano Jorge Volpi en «Una novela criminal», que ganó el XXI Premio Alfaguara, y en la que recrea un hecho real, a pesar de que el hecho no fue más que un montaje, es decir: una ficción.

Las cosas ocurrieron así: el 8 de diciembre de 2005 en una finca situada al sur de la Ciudad de México la policía federal detuvo al mexicano Israel Vallarta y a la francesa Florence Cassez, quienes, supuestamente, tenían allí secuestradas a tres personas. Televisa y TV Azteca, las principales cadenas de televisión, transmitieron en directo el arresto de la pareja y la liberación de los tres rehenes. Unos días después, no obstante, quedó demostrado que el operativo, en realidad, había sido un montaje hecho por la policía y por los medios de comunicación.

Proceso irregular

Eso, sin embargo, no impidió que Israel Vallarta y Florence Cassez (que habían sido detenidos un día antes) declararan bajo tortura, le fueran negados sus derechos y acabaran en la prisión mientras el proceso seguía llenándose de irregularidades, de testigos falsos y de declaraciones incontrastables hasta terminar, finalmente, en un incidente diplomático entre México y Francia y que puso en jaque al entonces Gobierno de Felipe Calderón.

Como bien señala Jorge Volpi a modo de advertencia en la primeras páginas de este libro para referirse al concepto de novela sin ficción, lo que ha hecho en este libro el autor fue, afirma, «intentar conferirle una forma literaria al caos de la realidad». El resultado, en cualquier caso, es mucho más que eso. Porque debajo del ordenamiento de los hechos, de los documentos consultados, del rigor periodístico y de la recreación imaginaria de muchas de las escenas, lo que subyace de manera evidente es que la literatura, además de ordenar el caos de la realidad, puede servir, también, para desmontar las ficciones que la sustentan. Especialmente cuando esas ficciones han sido montadas por y desde el poder.