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Los forjadores de la «primera España»

José Soto Chica publica «Imperios y bárbaros», un volumen en el que reivindica a las tribus que invadieron el imperio romano como las forjadoras de las naciones actuales de Europa

José Soto Chica publica «Imperios y bárbaros», un volumen en el que reivindica a las tribus que invadieron el imperio romano como las forjadoras de las naciones actuales de Europa.

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En el año 578, Leovigildo ordenó erigir una ciudad y la bautizó con el nombre de Recópolis en memoria de su hijo, el futuro rey Recaredo. Una urbe de nueva planta, una de las tres que los visigodos fundaron en Hispania, que contaba con un espléndido arco monumental, una basílica que levantó la admiración de la corte y la población, y un conjunto de edificios palatinos, con su cerco de murallas y sus jardines que descendían desde la colina hasta el meandro del río próximo, y que siglos después todavía alababan las crónicas musulmanes. El historiador José Soto Chica pasea entre los vestigios de este vasto complejo que trataba de replicar en la Península Ibérica la fastuosidad del imperio Bizancio de su época y, de paso, también, reafirmar el poder de su fundador, un monarca beligerente y unificador, frente a los adversarios que lo retaban. Hoy sus muros, aunque derruidos y maltrechos, todavía conservan parte de su grandeza. Unos restos que a las personas dotadas con el don de la imaginación, que es un talento más escaso que abundante, les permite recrear su apariencia original y evocar su vieja leyenda.

Soto Chica, doctor de la Universidad de Granada, es un estudioso insólito y de biografía asendereada. Un especialista en las centurias más oscuras de nuestro pasado, el periodo que va desde el siglo V al VIII, que comenzó su carrera como militar profesional, que sirvió en Bosnia y que un accidente con material explosivo le privó de la vista. Un revés que no lo amilanó ni tampoco le apartó de sus sueños: el conocimiento. Hoy es una de las mayores autoridades que existen en nuestro país en esa época, como demuestra su nuevo libro, «Imperios y bárbaros» (Desperta Ferro), un volumen exhaustivo, pero de lectura amena, cuajado de detalles y anécdotas enriquecedoras, que habla de los godos, los francos, los sajones y los hunos, que tiene, entre sus principales protagonistas, a Alarico II, Clodoveo y el mítico Atila, que murió, como él mismo cuenta, durante su noche de bodas, en medio de una hemorragia provocada por la cantidad de alcohol ingerido. En esta monografía habla de armaduras, arcos, estribos y espadas, de éxitos y de fracasos, de invasores y defensores.

cada cultura, un pueblo

A través de sus páginas el lector se asoma a los Campos Cataláunicos y las batallas de Vouillé y Badon, que quedaron cubiertos de cadáveres, y a esa lista de guerreros y cabecillas que se enseñorearon en las antiguas provincias romanas. «Este momento es crucial para entender el presente. De un mundo antiguo, formado por una unidad cultural mediterránea, se generan de repente tres espacios diferentes: el Islam, Europa Occidental y la Europa Oriental. Estas estructuras siguen conformando nuestra realidad. Las tensiones y acuerdos que leemos a diario vienen de estas civilizaciones. Lo que pasa en el Golfo Pérsico, entre Irán y Arabia Saudita tiene sus raíces en esta época, al igual que las tensiones que presenciamos entre el norte y el sur del Mediterráneo, y la desconfianza entre Rusia y Europa occidental». José Soto Chica camina con cuidado. Escucha las explicaciones y él responde con las descripciones que los cronistas daban de este emplazamiento. Su conversación está empedrada de citas y del nombre de esos narradores del periodo que contaron estos siglos. «Tenemos una idea, la de la Europa del nacionalismo en que cada cultura corresponde a un pueblo y una lengua. Pero cuando hablamos de los ostrogodos y los francos, eso no es así. Detrás de ellos había otros pueblos. En última instancia son ejércitos en marcha, líderes guerreros, como Alarico. En torno a una base étnica se junta toda clase de guerreros con sus familias. Cuando Alarico llega a Roma lleva con él a ostrogodos, alanos, taifales, hunos, carpos, provinciales romanos desesperados, desertores del ejército romano. Eso que llamamos “visigodos” son personas que se ganan la vida con la espada y que van dando tumbos por el imperio. Buscan un lugar en el que asentarse. Ellos lo hacen, primero, en el sur de las Galias y, luego, en Hispania. En realidad, en Europa tenemos un origen diverso, aglutinado alrededor de un caudillo que debe proporcionar a sus hombres pan, tierras y victorias militares».

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–¿Y asimilan el ejército romano?

–La caída de Roma es la disolucion de su ejército. Su imperio se levanta sobre sus éxitos en el campo de batalla. Es un ejército profesional como no iba a verse hasta los tercios españoles. Las legiones romanas se disuelven por falta de medios. Europa Occidental se quedan sin capacidad ni voluntad social para costearlas y estas unidades militares se licencian por falta de paga. También se buscan gentes, reyes bárbaros con éxito que puedan ayudar a los romanos a mantener su estilo de vida. Es como si la sociedad dijera que ese era un gasto que no podía mantenerse. La historia siempre deja enseñanzas. Una, para nuestra Europa actual, es que no se debe delegar el esfuerzo militar en otros. Pero en el caso de Roma existió una falta de voluntad. Las élites tenían enormes fortunas y podrían haber proporcionado los medios para sostener el imperio, pero no lo hicieron. Y este ejército era caro. A eso hay que sumar que los bárbaros se asentaron en provincias y esos territorios dejaban de pagar impuestos.

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José Soto Chica ha dado un punto de vista nuevo a las invasiones de los bárbaros y, también, al origen de nuestras actuales naciones. Para él, son caudillos guerreros con sus ejércitos los que forman las naciones y no naciones que organizan ejércitos. Y lo explica con convicción: «Clodoveo crea un ejército y de él nace Francia. Pero sus hombres son una amalgama compleja y multiétnica de distintas tribus. De este aglutinamiento se asienta el estado merovingio y surge Francia. La España de Toledo es el resultado de aglutinar bandas señoriales y soldados que se estructura en el reino visigodo. Nuestro pasado también es multiétnico, como el del resto de Europa a través del siglo V. Tenemos una raíz germánica y celtaque se suma a una argamasa de tradiciones procedentes de Roma y del cristianismo. De esas bases culturales del siglo IV y V vienen las nacionaes actuales. Los bárbaros fueron figuras clave capaces de crear reinos a partir de sus bandas de seguidores».

–De los visigodos viene lo que usted denomina «la primera España».

–Hispania entonces era una anarquía, con suevos, ciudades independientes, regiones donde vivían rústicos... Hasta parece que se reanimaron los astures, cántabros y vascones. Los visigodos son el elemento determinante en la creación de la primera España, en el origen reinos y la España de los Reyes Católicos. Es Leovigildo quien detiene a los bizantinos, aplasta a los disidentes y crea la base de la Hispania visigoda que va a cantar San Isidoro de Sevilla, quien considera que Hipania es la primera heredera de Roma. Es una Hispania multicultural. Los vigodos arrianos se integran con la inmensa población, que era nicena o católica. Se convierten en el reino más importante del siglo VII.

José Soto Chica, que recorre el antiguo palacio palatino de Recópolis, que acaricia las columnas de la iglesia que aún se mantienen en pie, añade una última reflexión a su respuesta: «Hasta los nobles que crean los condados francos son descendientes de los hispanogodos. Esos condados de Barcelona o de Urgel son de señores godos que están apoyados por los francos. Ellos serán los que irán poco a poco quitando territorios al emirato cuando se debilite. Paradójicamente, la raíz de la Cataluña mítica es hispanovisigoda».