Historia

Magallanes, la gesta de la venganza

La circunnavegación nació como una respuesta a Portugal y el reparto del mundo que quedó reflejado en el Tratado de Tordesillas. El marino falleció antes de cumplir su sueño, burlar la ley impuesta por el rey luso y dar la vuelta al mundo.

La nao Victoria, la única embarcación de las cinco que volvió
La nao Victoria, la única embarcación de las cinco que volvió

La circunnavegación nació como una respuesta a Portugal y el reparto del mundo que quedó reflejado en el Tratado de Tordesillas. El marino falleció antes de cumplir su sueño, burlar la ley impuesta por el rey luso y dar la vuelta al mundo.

En realidad, el frío y taciturno marino portugués Fernando de Magallanes lo que ofreció a Carlos V, tras la negativa de su rey Manuel de Portugal cuando pidió un aumento de pensión por la cojera que sufría tras siete años de servicio, fue eso, una venganza contra Portugal por el cambio de meridiano que los portugueses consiguieron tras el reparto que el Papa hizo del mundo, y que concluyó con el tratado de Tordesillas de 1494. Llegando a las Indias por el Sur no se incumplía ni contradecía lo fijado por el Papa y los Reyes, siendo para España todo lo que se descubriese. Fernando de Magallanes tenía buenas fuentes para asegurar ante un Carlos V de 19 años: «Hay un paso del Océano Atlántico al Pacífico. Lo sé, conozco el sitio. Dadme una escuadra y, en beneficio vuestro, llegaré a él, y, de Este a Oeste, daré la vuelta a toda la tierra».

Y lo eran, al proceder del mejor cartógrafo de Portugal, Ruy Faleiro, que había estudiado las cartas de navegación de Martin Behaim y Juan Schoner, ambos con silla en la famosa Tesorería, el lugar donde los reyes portugueses guardaban los libros de bitácora y cartas de marear de sus excelentes navegantes. Magallanes pensaba que el paso al Pacífico por el Sur comenzaba en la desembocadura del río de la Plata, que ya había descubierto Américo Vespucio.

Para poder llegar hasta el Rey obtuvo el apoyo de Diego Barbosa, portugués nacionalizado español, que a su vez convenció al jefe de la casa de Contratación de Sevilla, Juan de Aranda. Sin embargo sería el enemigo de Colón, el obispo Fonseca, quien más le apoyó. Y, el 22 de marzo de 1518 Carlos V, en nombre de su madre Juana, firmó la Capitulación con un «Yo el Rey». Tras no pocas intrigas y amenazas de Manuel de Portugal, el 10 de agosto de 1519 dejaron atrás los muelles de Sevilla para dirigirse a Sanlúcar de Barrameda para completar provisiones, iniciando su aventura el 20 de septiembre de 1519.

Navegar en «conserva»

La flota la formaban cinco pequeños barcos: el más grande, el San Antonio, de 120 toneladas, que mandaba el representante de la Corona Juan de Cartagena. El Trinidad, de 110, lo comandaba Magallanes. El Concepción, de 90, era para Gaspar de Quesada, y el Victoria, de 85, para Luis de Mendoza, Tesorero del Rey. El más pequeño, el Santiago, de 75 toneladas, el portugués Joao Serrao, saltándose la prohibición del monarca, que había exigido que los capitanes fueran españoles.

La diferencia entre sus desplazamientos hizo difícil cumplir la orden del Almirante de navegar en conserva, –juntos–, lo que provocó litigios con sus capitanes. Tras pasar las Canarias empujados de través por los vientos Alisios pusieron proa hacia el Suroeste para ganar las ya conocidas costas de Brasil, contraviniendo la derrota acordada, lo que provocó malestar entre capitanes, pilotos y navegantes: Magallanes era hermético y no daba explicaciones, y su duro carácter no mejoró cuando atravesaron la zona de calmas ecuatoriales donde, con un calor sofocante, los barcos quedaron a la deriva durante semanas.

Ya inmersos en el Alisio del Sur bajaron por la costa suramericana comiendo galletas, sardinas en salazón, arroz, garbanzos y pequeñas raciones de vino. Magallanes continuaba gélido y frío con sus capitanes, como si la gloria de la expedición dependiera de no compartir lo que sabía. Fondearon en lo que hoy es Río de Janeiro para continuar días después de nuevo al Sur, hasta alcanzar lo que el Almirante creía que era el paso al Pacífico; aunque en realidad se trataba de la desembocadura del río de la Plata, donde hacía veinte años que habían llegado los portugueses con gran secreto. Las dos naves más pequeñas se adentraron por el río durante una semana, pero unas millas arriba el cauce se cerraba y no permitía el paso: la frustración de Magallanes se hizo patente entonces. Además, se va acercando el invierno y los temibles vientos Pamperos castigan a las naves arrastrándolas hacia alta mar. Nubarrones y un frío penetrante fue toda la compañía para esos 239 hombres, entre los que había italianos, franceses, alemanes, griegos e ingleses.

Han pasado seis meses, y en una bahía que llamarán San Julián, el Almirante ordena fondear para pasar el invierno. Es entonces cuando se produce la rebelión de Cartagena, Mendoza y Quesada, dado que Magallanes había fracasado, y le instan a regresar a España, argumentando que el Rey les puso para proteger su flota. Pero el portugués, en un acto de extrema crueldad lo toma como una rebelión y mata a Mendoza y Quesada, dejando abandonado a Cartagena en la costa.

Un año después de su partida, por fin Magallanes decide seguir navegando al Sur, a pesar de haber perdido la Santiago, enviada por delante para explorar la costa. Sin embargo, pasarán otros dos meses fondeados en espera que el tiempo mejore. Y no será hasta octubre cuando se pongan a navegar vapuleados por vientos terrales muy duros, hasta alcanzar el cabo de las Vírgenes, que más tarde sabrían que marca la entrada al ansiado Estrecho. La Concepción iba delante seguida del San Antonio.

Tras meses, el pacífico

Cuatro días después, regresaron con buenas noticias: al fondo de la bahía, tras un pequeño estrecho, se abría otra más grande. La flota se adentró por aguas negras rodeadas de altas montañas nevadas donde los vientos se arremolinan y crean sobre el agua intensas crestas blancas que arrancan cuanto tocan, acompañado del ruido de un viento feroz que silva en melodías aterradoras, llamados Catabáticos. Tras la segunda bahía, otra, y después otro canal y una ensenada, hasta llegar, a veces remando en los botes tirando de las naves, hasta una última dársena en cuyo horizonte solo se veía la mar: habían llegado al Pacífico atravesando el ansiado Estrecho que inmortalizaría al marino portugués. Pero la alegría de su triunfo se vio truncada por la deserción del San Antonio, que dio la vuelta y puso proa a España. Magallanes, asustado por lo que contarían al Rey tras matar a sus representantes y poner los barcos bajo mando portugués, decide continuar hacia el Oeste para tratar de llegar a las islas de las Especies, que ya conoce. Pero antes pasarían tres largos meses moviéndose por una mar calmada y exasperante que les arrastra a poca velocidad gracias a los Alisios del Sur: el tiempo se hace eterno, no quedan apenas víveres y poca agua, y el hambre y el tedio se apodera de las tripulaciones. El infierno líquido por el que se deslizan parece que no tiene fin. De vez en cuando la brisa sube e hincha las velas. El 6 de marzo de 1521, tras pasar por la que bautizaron como isla de los Ladrones, dado que los indígenas les robaron un bote, hoy las Marianas, arribaron a un archipiélago inmenso que años después llamaríamos Filipinas. Tras violentas discusiones con el rey de Cebú y la intransigencia del Almirante, Magallanes moriría a manos de los indígenas el 26 de abril en una estudiada trampa: su cuerpo nunca fue recuperado.

Sin almirante, los tres barcos y los 115 hombres que han sobrevivido a la refriega con los nativos, entre ellos los dos capitanes portugueses Barbosa y Serrao, pretenden imponerse por la fuerza, pero el capitán portugués Carva-lho aprovechando que están en tierra decide abandonarlos. En su huida la Concepción embarranca y queda inutilizada. Durante los meses siguientes los dos barcos restantes derivan entre islas al mando de Carvalho, que se dedica a la piratería y a embarcar mujeres, con lo que la disciplina para poder concluir el viaje se ve muy mermada.

Es entonces cuando dos españoles que habían permanecido al margen de los conflictos, Juan Sebastián de El Cano y Gómez de Espinosa, por votación, son nombrados capitanes de la Trinidad y la Victoria. Por fin, el 8 de noviembre de1521 alcanzan las islas de las Especies, pero los vientos del Este que les permitirán regresar rodeando África no esperan, y la Trinidad no puede seguir sin una profunda reparación. Por ello acuerdan que la Victoria regrese para concluir la circunnavegación del mundo al mando de El Cano, mientras que la Trinidad será reparada y tratará de volver por el Pacífico hasta Panamá. Es febrero de 1522 cuando el marino vasco zarpa de Timor. Han embarcado víveres para tres meses y muchas especias, pero no pueden desembarcar en las tierras descubiertas por los portugueses dado que el rey Manuel ha dado orden de abordar los barcos de Magallanes. Además, vientos duros les esperan hasta el cabo de las Tormentas –Buena Esperanza– donde rompen los palos y deben hacer aparejos de fortuna para sobrevivir a la diabólica corriente de Agujas, que enfrenta al Índico con el Atlántico Sur, produciendo olas pavorosas.

Ocho millones de maravedíes

Salen airosos del trance y arriban a Cabo Verde, colonia portuguesa, donde esconden quiénes son y reciben alimentos. Pero han desembarcado veinte hombres y el aguardiente debió abrir la boca, pues una nave sale a interceptar a la Victoria. Elcano se zafa gracias al potente viento del Este, abandonando a su compañeros, sabedor de que debe llegar a España para proclamar la gesta. Es 4 de septiembre de 1522, tres años desde que zarparon y 230 hombres no pueden ver la entrada del Guadalquivir. Dos días después solo 18 besan el suelo de Sevilla: están esqueléticos, enfermos, pero repletos de un orgullo del que solo los marinos entienden. La venta de la carga dejó beneficios tras el pago de los ocho millones de maravedíes que había costado la expedición.

Y el mundo nunca sería igual, pues hasta la apertura del canal de Panamá en 1913 todos los barcos pasarían por ese Estrecho tras la precisa cartografía que llevó a cabo otros de nuestros grandes navegantes, Pedro Sarmiento de Gamboa. Y España, con ello, pudo saltarse la línea que tan sibilinamente había marcado el Rey de Portugal, pudiendo colonizar Filipinas y otras islas que generaron grandes ingresos. Fue una hazaña incomprensible, pues la mar en esos años era terrible desprovistos como iban de ropas y medios para navegar que no fueran la intuición, la observación, el valor y unos aparatos de escasa fiabilidad. Hoy podemos ver la réplica de la Victoria que navega entre los puertos del mundo recordándonos que en ese diminuto barquito vivían cincuenta hombres sucios y hacinados, a los que solo les movía la pasión por descubrir, navegando hacia lo desconocido.