Mario Vargas Llosa: “España ha dejado atrás la caverna”

Publica “Tiempos recios”, donde narra la trama de intereses que empujan los golpes de estado y derrocan las democracias

Mario Vargas Llosa en la presentación de su libro "Tiempos recios"/Foto: C. Bejarano

Mario Vargas Llosa describe la red de intereses y conspiraciones que existen detrás de un golpe de estado en “Tiempos recios”, donde noveliza la caída del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala

Una novela es la respuesta a una pregunta y la que empujó a Mario Vargas Llosa a escribir su nuevo libro provenía de una inquietud que no le resultaba ajena y que ya arraigaba en su ánimo con anterioridad: ¿en qué momento se perdió Latinoamérica en el siglo XX? La respuesta a esa cuestión son las 350 páginas de «Tiempos recios» (Alfaguara). Una obra que narra el entramado de intereses económicos, equilibrios geoestratégicos y miedos ideológicos que alimentaron la idea de organizar un golpe de estado parar derrocar el gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemela.

«Un país, salvo excepciones, no se jode en un día. Es un largo proceso y América Latina ha perdido enormes oportunidades durante él. La independencia estuvo mal hecha. El sueño de Bolívar de unir América Latina y formar un solo país fracasa cuando él todavía vive. Bolívar descubre que sus generales quieren ser dictadores de los países que han liberado. Ahí comienza el gran fracaso de América Latina. Los ejércitos que en un primer momento son libertadores del colonialismo se convierten en ejércitos de ocupación. Surgen dictaduras que prevalecen y esto nos arruina, porque nos gastamos el dinero que no tenemos para entrematarnos para que unos dictadores, unos personajes mediocres, menores, se dedicaran a saquear esas naciones. Esa es la historia de América Latina. La gran responsabilidad en su fracaso es nuestra. Nosotros fracasamos. No fueron ellos. Fuimos nosotros. Tener una conciencia clara de este punto abre una nueva oportunidad para esos países. Los latinoamericanos han pasado también por el sueño de la revolución comunista, pero hoy se han resignado y se han dado cuenta de que la democracia es la mejor manera para plantear una batalla eficaz contra el atraso».

Vargas Llosa ha regresado al imaginario que había desplegado en ese torrente narrativo que fue «La fiesta del chivo» y hasta recupera las figuras de Trujillo y de su asesino escogido, Abbes García, para retratar el conjunto de mentiras, falsedades y manipulaciones que derribaron a Jacobo Árbenz, un presidente elegido legítimamente en las urnas con amplia mayoría y que aspiraba a introducir profundas reformas en una nación marcada por la pobreza. Pero ese sueño de impulsar a sus ciudadanos hacia la modernidad y un futuro señalado por la impronta del progreso chocó, desafortunadamente, con los toscos intereses de los latifundistas, hasta entonces exentos de pagar impuestos, los deseos de la compañía United Fruit, que orquestó una verdadera campaña de denigración y desinformación interesada, y el pánico de aquellos huéspedes de la Casa Blanca en el Estados Unidos de 1954, que contemplaban con recelo y pavor que creciera un país satélite de la Unión Soviética en las proximidades de sus fronteras. «Jacobo Árbenz no era comunista, era anticomunista. Las reformas que anhelaba sacar adelante eran socialdemócratas. Pero sus planes fueron interrumpidos de una manera brutal por este golpe de estado. Esto llevó a muchos jóvenes latioamericanos a pensar que las democracias eran imposibles en nuestro continente y que lo que había que buscar era el paraíso comunista. Esto nos atrasó medio siglo. Ahora estamos saliendo de esta etapa y existen más esperanzas que en el pasado. Es importante conocer qué significó este personaje trágico. La peor época de su vida fue la del exilio, siendo ridiculizado y acusado de cobarde por una izquierda ciega que no reconoció en él lo profundamente democrático que intentó ser su Gobierno y que tuvo una biografía trágica: se suicidaban sus hijos, él mismo estuvo a punto de caer en el alcoholismo y falleció ahogado en una bañera en México».

Alternando tiempos y personajes, Mario Vargas Llosa despliega las conjuras que llevaron al poder a un militar torpe, oscuro y sin ninguna altura intelectual de nombre Carlos Castillo Armas; expone la relación interesada que mantuvo con Trujillo, que lo respaldó en su aventura golpista con armas, dinero y armas, y el asesinato que posteriormente terminaría con Carlos Castillo Armas. Un crimen envuelto en una bruma de rumores y que, según los historiadores, estuvo alentado por su viejo aliado, Trujillo, que se convirtió en un hostil adversario cuando se enteró de que su amigo hablaba mal de su familia y no le entregaba los honores que le había exigido a cambio de apoyar la quimera de su asalto al poder.

En el texto vibran los párrafos dedicados a la manipulación de la sociedad, el propósito de inculcar en los ciudadanos, a través de unos medios de comunicación, el engaño de que en Guatemala estaba consolidándose un gobierno comunista. «Hoy, sin embargo, corren tiempos distintos. No existen ya dictaduras de ese tipo, como la de Castillo Armas y Trujillo. Las que tenemos son ideológicas: Cuba, Venezuela... Y también tenemos, sobre todo, democracias imperfectas, corruptas, afectadas por el populismo, la demagogia y el nacionalismo, que causan estragos en América Latina».

Vargas Llosa añadió que «entre las dictaduras y la democracias actuales se ha dado un salto notable respecto al pasado. Y la verdad es que la mayor parte de los países latinoamericanos tienen gobiernos que salen de elecciones más o menos limpias. El hecho más importante es que esa dicotomía que existía antes entre la revolución comunista y las dictaduras militares ha desaparecido. Hoy solamente unos pequeños grupos insignificantes pueden creer que Venezuela o Corea del Norte son un modelo adecuado para salir del subdesarrollo. Hay que ser un fanático para sostener eso. Para progresar, las democracias son el único camino posible. Se pueden reformar desde adentro para que sean eficientes y eso trae más libertad y oportunidades. Ellas han echado raíces en nuestras naciones. Los países en que existen son los que avanzan más en la actualidad. América Latina hoy tiene más oportunidades de abrirse al futuro que antes».

El novelista evocó a España y apuntó: «Conocí la España de la dictadura. Era un país subdesarrollado. Vivía aislado bajo una dictadura feroz. Pero se ha transformado gracias a una Transición maravillosa que causó admiración en muchos por la manera en que los españoles se pusieron de acuerdo para no seguir matándose. Hoy, España ha dejado atrás la tribu, la caverna. Ojalá América Latina hubiera avanzado tanto».