Mirar de frente

José Manuel Lara Bosch era un hombre grande. No lo digo en sentido simbólico, sino físico. Corpulento y de elevada estatura. En espacios cerrados se movía con la prudencia instintiva de quien sabe que un aspaviento puede provocar la rotura de objetos frágiles o noquear a alguien. Hablaba con calma y miraba de frente. Para tomar una copa era un compañero ideal. No tuve con él una amistad estrecha, si por amistad se entiende un trato frecuente. Pero aparte de la estima, fui, en cierto modo, testigo de su vida desde el principio hasta el final. Nos llevábamos pocos años, él había nacido en el 46, yo en el 43, y entre nuestras familias siempre hubo relaciones esporádicas pero continuadas. Su padre, a quien conocí y traté antes incluso de publicar mi primer libro, en una editorial que entonces aún no le pertenecía, era una persona formidable. Había fundado de la nada una empresa editorial que, a su muerte, tenía ramificaciones en varias direcciones y unas dimensiones colosales. En la sucesión había algo dinástico. Algo así como entre Carlos V y Felipe II. El primero lega un imperio que el segundo ha de conservar, ampliar y gestionar. Vistos desde fuera, el heredero queda más marcado por su forma de afrontar las circunstancias que por su temperamento natural. Eso no debe llamarnos a engaño.

Lara padre, para distinguirlo de Lara hijo, era una fuerza de la naturaleza. Su trayectoria vital había sido pintoresca: boy de Celia Gámez, legionario y empresario genial, nunca dejó de ser las tres cosas a la vez. A Lara hijo le tocó vivir otros tiempos. Sus intervenciones en el campo empresarial fueron decididas y no escatimó el riesgo. Otros hablarán del tema con mayor conocimiento, pero no creo que disientan. Como representante del estamento patronal, sus intervenciones fueron discretas y mesuradas. Quiero decir que no era personaje de revista, ni siquiera de las que él mismo poseía. Pero cuando en Cataluña fue tomando cuerpo el movimiento soberanista se manifestó con un lenguaje respetuoso, pero con una firmeza que hizo temblar a más de uno. Nadie dudó de que haría lo que decía, por más que eso implicara un éxodo de dimensiones bíblicas.

Desde fuera algunos ven la relación autor-editor bajo el prisma del conflicto de intereses, cuando no explotación. No digo que no se dé, pero nunca con la familia Lara. Su actitud era paternal, en el buen sentido de la palabra, que lo tiene. Leal es otro término aplicable. Cuando se produjo algún problema entre nosotros, la editorial lo zanjó siempre a mi favor sin consultarme siquiera. Desde el autor más prestigioso y rentable al menos afortunado, del más acomodaticio al más chinchoso, todos fuimos parte de una gran familia.

Ya muy avanzada la enfermedad, estuvimos hablando mano a mano, en Madrid. Ni estaba dispuesto a tirar la toalla ni se hacía vanas ilusiones. El futuro era incierto, pero mientras su corpachón, algo disminuido pero todavía grande, estuviera en el mundo, él era quien era.

*Escritor