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Daniela Dessì, Tosca era ella

Conmoción en el mundo de la ópera por la repentina muerte de la soprano italiana, una de las grandes voces de la lírica

  • Daniela Dessi y su pareja, Fabio Amiliato
    Daniela Dessi y su pareja, Fabio Amiliato
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

22 de agosto de 2016. 02:24h

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Madrid. 21/8/2016

Como un latigazo nos ha afectado la muerte, víctima de un cáncer galopante, de la soprano genovesa Daniela Dessì a los 59 años. Aunque distaba de ser una jovencita y aunque su voz, como es lógico, había empezado a sentir ya el paso de los años, todavía se mantenía en excelente forma. En los últimos tiempos la edad se acusaba fundamentalmente, como es habitual en estos casos, en el exagerado vibrato, próximo al trémolo, y en unos agudos que no poseían el sonido satinado, la firmeza y el temple de los buenos tiempos. Pero era artista de la cabeza a los pies y eso se apreciaba nada más salir a escena, con la mirada alta y el porte de antigua dama italiana.

Su aprendizaje en el Conservatorio Arrigo Boito de Parma y en la Accademia Chigiana de Siena dio sus frutos. Tras un curioso debut en Savona con «La serva padrona», de Pergolesi, poco a poco fue abordando, al tiempo que se perfeccionaba y encontraba el verdadero carácter de su instrumento, las partes que le correspondían por timbre, caudal, extensión, colorido y dotes expresivas. Su enfrentamiento a los personajes siempre fue por derecho, con base en una técnica de apoyo muy trabajada, pero muy natural y un fiato magníficamente dosificado.

Como en cierta ocasión escribió nuestro colega Moreno Mengíbar, cuando escuchábamos a Dessì estábamos escuchando a una soprano al viejo estilo, «a la antigua», heredera de las grandes de su cuerda, de las famosas lírico «spinto» italianas llamadas Gilda dalla Rizza, Claudia Muzzio, Carmen Melis, Maria Caniglia, Magda Olivero, o Renata Tebaldi. Sobre al aire bien dosificado, nuestra cantante sabía engarzar frases de alto voltaje, largas y ondulantes, apianar con destreza, practicar dinámicas muy sutiles, que destilaba con pericia en partes tan delicadas como la de Adriana Lecouvreur. La célebre «Io son l’umille ancella» era verdaderamente labrada sobre el aliento.

La recordamos particularmente en dos óperas puccinianas, «Tosca» y «La fanciulla del West». Con la primera, junto a sus muchas veces inseparable marido, el tenor Fabio Armiliato, nos deleitó en el Teatro Real no hace demasiado tiempo. Delineó con primor, más allá del algo desabrido si bemol agudo, su «Vissi d’arte» y nos admiró previamente en sus diálogos con Scarpia, en los que, cual moderna Callas, ponía, sin descomponerse, toda la carne en el asador. Su timbre, no especialmente bello, su metal, no singularmente fúlgido, contribuían en todo caso a dotar de un tinte penumbroso característico a su espectro, que la facultaba para proporcionar insólitos claroscuros a las apasionadas intervenciones de Minnie, la temperamental muchacha del Oeste. Admiramos su fogosa interpretación en el Maestranza de Sevilla.

Mujer racial, guapa, de aire muy italiano, siempre cargada de las mejores vibraciones, segura como actriz, convincente en el manejo de las posibilidades de su instrumento, desarrolló sin duda una magnífica carrera, cortada ahora de raíz cuando aún tenía cosas que decir. La echaremos de menos en las óperas citadas; también en «Butterfly», el «Tríptico», «Manon Lescaut» –en el Liceu hace dos años-, «Luisa Miller», «Otello», «Aida» y tantas otras. Fue acaparadora de multitud de premios líricos y grabó alguna de las óperas citadas y sendos recitales de Verdi y Puccini.

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