Literatura

Muere el poeta Félix Grande a los 76 años

Félix Grande, considerado como una de las voces poéticas más singulares de la promoción de los "niños de la guerra".
Félix Grande, considerado como una de las voces poéticas más singulares de la promoción de los "niños de la guerra".

«La mujer de mi vida/ duerme lucha en la cama a tos partida, contra/su catarro septuagenario./Amor mío cúrate cúrame», es uno de los últimos versos que publicó Félix Grande, poeta sencillo, cercano (que suele mantener el tono conversacional), pero con hondas raíces en la tradición española, especialmente influido por Machado. Nieto de cabrero y guitarrista flamenco, lo que condicionó gran parte de su vocación por el arte jondo, pues Grande pasará a la historia de los flamencólogos como uno de los grandes estudiosos de este arte. Lo definió como «la canción protesta más importante, más irrompible y duradera que se ha inventado en castellano». A pesar de ser un niño republicano de la Guerra, pasó muchos años junto a Luis Rosales, uno de los escritores oficiales del franquismo. Aunque también dominó la narrativa, su principal forma de expresión fueron los versos. Su carrera literaria no pudo comenzar mejor, ya que con «Las piedras» obtuvo el Premio Adonais de Poesía en 1963 por su particular encuentro, verso a verso, con la soledad. Tres años después publicó «Música amenazada» (que también fue galardonado, en este caso, con el Premio Guipúzcoa, 1965), aquí el tema anterior se mezcla con la angustia y el sentimiento de culpa. Su tercer libro, «Blanco Spirituals» le convirtió en el primer español en obtener el Premio Casa de las Américas, allá por 1967. Escrito en versículos, carece de puntuación y su ritmo tiende hacia la prosa. En 1978 obtuvo el Nacional de Literatura por «Las rubáiyátas de Horacio Martín», en el que logró una pirueta intelectual: abordar la experiencia erótica desde una perspectiva existencialista. Sus versos se recopilaron en diversas antologías. Entre sus obras capitales dedicadas al flamenco destaca «Memorias del flamenco» en el que diseccionó este arte con la precisión de un historiador y la hondura de un poeta. Supo seguir el paso al trasiego histórico de los gitanos, se detuvo en el análisis de la etapa en la que los flamencos se reunían en los «cafés-cantantes», la reacción «antiflamenquista», el bandolerismo andaluz, la época de la «ópera flamenca», el Concurso de Cante Jondo que impulsaran Manuel de Falla y Federico García Lorca en la Granada de 1922... Lo completó con un estudio dedicado a dos de los mayores genios de la segunda mitad del siglo XX: Camarón y Paco de Lucía. Sobre el ya desaparecido destacó que «fue un hombre que nació para almacenar durante la infancia todas las emociones radicales que caben en la conciencia humana, cantarlas y después, romperse».

Para él, «el verdadero valor del género es que "pone en valor que los humildes que iniciaron el cante jondo consiguieran sacar la genialidad para encontrar en cada lenguaje lo esencial de las emociones radicales». Las gargantas flamencas acariciaron sus letras, así ocurrió, por ejemplo, con textos en prosa y verso del disco «Persecución» (1976), cantado en su día por Juan Peña El Lebrijano en torno a la epopeya del pueblo gitano.