Canto por derecho

Accede de nuevo al Real, ahora en versión representada, esta ópera volcada sobre un acto de fe absoluta sobre la irracionalidad del «recitar cantando».

Accede de nuevo al Real, ahora en versión representada, esta ópera volcada sobre un acto de fe absoluta sobre la irracionalidad del «recitar cantando». En la línea de las estructuras monteverdianas, en las que la melodía, cuajada de aladas volutas, era expresión de la emoción más íntima, sincera y natural. En Bellini esa emoción nace de la tersura de la línea, de la elegancia del trazo, de la belleza y armonía del dibujo, del calor del acento y de las inflexiones. Largas y hermosas cantilenas que se engarzan sin fin en un tejido de sencilla armonía, en la que todo está dispuesto para que ese latido, ese fluido maravilloso, llegue, por el camino más directo, sin práctica elaboración, al fondo del «core». Diana Damrau es una lírico-ligera de voz clara, argentina, vibrátil, corpórea para poblar con cierta suficiencia una exigente zona grave, para revestir el centro de amplitud y para saltar al agudo y sobreagudo con descaro, afinación y soltura, con algún re o mi sobregudo un tanto forzado. Frasea, trina con sutileza y maneja bien los reguladores. Supo recogerse íntimamente en la escena cenital de la locura, «Qui la voce sia soave». Camarena se nos ofrece como un Arturo seguro, de buen control respiratorio, hábil en la «sfumatura». A la voz, la de un lírico-ligero, agradable, bien esmaltada, le falta quizá un poco de carne. Pero es extensa y a veces cálida. Acometió de manera fulgurante su do sostenido sobreagudo en un bien expuesto «A te, o cara», bordó, con Damrau, «Vieni fra queste braccia» y estuvo valentísimo en «Ella è tremante». Naturalmente, no se fue al fa 4, pero atacó con presteza los re naturales. Justo éxito el de ambos.Tézier es un barítono de buena pasta, con agudos en su sitio, de canto algo mortecino y adecuada línea, pero poco refinado en el papel tan idiota de Riccardo. Testé, bajo lírico de escaso volumen, defendió con poco brillo su parte de Giorgio. Discreta la Stroppa como reina Enriqueta y aprobado raspado para el ligero tenor Lozano como Bruno Robertson. Coro recio, sonoro, no siempre del todo templado y orquesta maleable y sólida, con excelentes trompas. Nos gustó el planteamiento musical de Pidò, variado, cuidadoso en las respiraciones y recitativos, que supo atemperar y rubatear con inteligencia. Empleó la edición crítica de Della Seta, que recupera muchos cortes, aunque no todos.Sagi ha ideado una puesta en escena oscura, en la que el cristal tiene mucha presencia –¿símbolo de la fragilidad de la mente de Elvira?–: paredes, decenas de lámparas que suben y bajan y que marcan sin duda la demencia. El suelo es de arena. La escena de la locura estuvo a nuestro juicio en exceso recargada. Como los gestos de Elvira, que el regista exagera a propósito. El coro permanece casi siempre estático, como en un oratorio.

Bellini: «I puritani». Diana Damrau, Javier Camarena, Ludovic Tézier, Nicolas Testé, Annalisa Stroppa, Miklós Sebestyén, Antonio Lozano. Dirección musical: Evelino Pidò. Dirección de escena: Emilio Sagi. Escenografía: Daniel Bianco. Coproducción con el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Teatro Real, Madrid. 4 de julio de 2016.