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"Elixir de amor": Amable Donizetti en el Real

«Elixir d’amore» de Donizetti. Brenda Rae, Juan Francisco Gatell, Alessandro Luongo, Erwin Schrott, Adriana González. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Director Musical: Gianluca Capuano. Director de Escena: Damiano Michieletto. Teatro Real. Madrid, 29 de octubre de 2019.

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Vuelve Donizetti al Teatro Real con «Elixir d’amore», una ópera cómica que reúne todas las virtudes y defectos de lo que era el género en la primera mitad del XIX. Escrita en poco tiempo, como solía suceder con el compositor de Bérgamo, pero llena de inspiración y con una de las arias –«Una furtiva lagrima»- más populares en la historia lírica.

He aquí una producción muy rentable. La encargó la nunca suficientemente añorada Helga Schmidt y el Palau de les Arts la estrenó en 2011 para reprogramarla en 2016. Entre otros muchos teatros ya se vio en el Real en 2013 y vuelve de nuevo seis años después. Algo sin duda tiene la producción, que se sale de lo habitual sin caer en historias ininteligibles.

Empieza el coro cantando «...reposar bajo un haya al pié de una colina...», para continuar hablando del sol y los segadores. En la escena hay sol, porque el «Elixir de amor» se sitúa en una playa, pero pueblerinos segadores ni uno.... Quizá en bañador. Dulcamara se convierte en el auténtico protagonista de la obra, no como un viejo charlatán sino como un joven chulo de playa que, además de vender frascos de elixir, vende bolsitas de plástico con un contenido blanco. Adina es la propietaria de un chiringuito de playa, Nemorino sigue siendo el buenazo tontón y Belcore el soldado petulante. Eso sí, convertido en el perdedor de la historia por partida doble: se queda sin Adina y un perro de la policia detecta en su poder la droga que Dulcamara le ha traspasado inadvertidamente para escaparse él del registro playero. Al fondo el mar, tantas tumbonas con sus bañistas como en Benidorm y una enorme tarta que sustituye al antiguo tobogán en la celebración de la despedida de soltera de Adina. Una escena excesivamente abigarrada, pero todo ello funciona con sentido para hacer pasar un rato agradable y amable al sonriente espectador. Al fin y al cabo eso es lo que pretendió Donizetti y tanto Mortier como Matabosch compraron la idea. ¡Qué pena que Schmidt no pueda verlo!

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El papel de Nemorino lo han cantado casi todos los grandes tenores líricos y ligeros - Bergonzi, Carreras o Pavarotti entre otros- y muchas veces en finales de carrera. De hecho, fue el último papel que abordó Caruso. No es el caso de Juan Francisco Gatell, que ha sustituido por enfermedad a Rame Lahaj, ni por edad ni por color vocal. Se trata de un tenor ligero apreciable y que canta con gusto y actúa, si bien el papel requiere una voz más de lírico, más ancha. Brenda Rae es una soprano ligera de notables facultades y desenvoltura. Ha hecho carrera con el papel de Zerbinetta y se entiende. Erwin Schrott se lanza excesivamente a un papel de macarra, con lo que el personaje de Dulcamara -un barítono bajo que él no es- pierde buena parte de su comicidad original, pero se lleva al público de calle con su vozarrón, el parlato y el dominio escénico. El barítono Alessandro Luongo es siempre baza segura y cumple como Belcore. Coro y orquesta algo ruidosos. Falta la chispa original y el reparto, aunque correcto y funciona, es más propio de los teatros de Turín, Génova o Palermo que de los precios del Real. En una palabra, este elixir sirve para hacer hucha y por ello se entiende su actual programación.