Música

Frühbeck, el más grande director español de todos los tiempos

Enérgico, vital, tenaz y con carácter, el maestro burgalés, que llevó el repertorio español por todo el mundo, estuvo en el foso hasta el último momento de su vida

Fotografía de archivo del director de orquesta Rafael Frühbeck de Burgos
Fotografía de archivo del director de orquesta Rafael Frühbeck de Burgos

Enérgico, vital, tenaz y con carácter, el maestro burgalés, que llevó el repertorio español por todo el mundo, estuvo en el foso hasta el último momento de su vida

No es la dirección de orquestas una especialidad en la que España haya sobresalido internacionalmente. Tras algunos compositores que, como Barbieri o Bretón, alternaron la pluma con la batuta, será realmente Arbós el pionero de la dirección de orquesta como tal. Tras él vendrían Bartolomé Pérez Casas, Eduardo Toldrá, Pau Casals y, sobre todo, Ataúlfo Argenta. Su prematura desaparición impidió que la muy prometedora carrera internacional empezada pudiera consolidarse. Rafael Frühbeck de Burgos se incorporó, por derecho propio, a este selecto ramillete. Veinte años más joven que Argenta y ocho que Odón Alonso, encabezó una generación en la que pueden incluirse a Ros Marbá y García Asensio, cuatro años más jóvenes. Qué duda cabe que su figura habrá sido en buena parte inspiración para las carreras de García Navarro, López Cobos, Gómez Martínez o toda la nueva generación de directores españoles que ha surgido en estos últimos años. En el panorama internacional habría que encuadrarle en la de Abbado, nacido también en 1933, y por tanto algo más joven que Maazel y algo mayor que Mehta.

De padres alemanes y origen burgalés, inició su formación en Bilbao para venir más tarde a Madrid, al Real Conservatorio, apenas pocos años después de que Argenta se hiciera cargo de la ONE. Con tesón avanzó en un campo en el que eran pocos los estudios que se impartían en el Conservatorio. Las bandas militares, en especial la de Marina de Santander, serían su campo de prácticas antes de su marcha a Alemania para completar la formación en Múnich, en cuya Escuela Superior de Música terminó con un cum laude que rara vez se otorgó allí y que anticiparía la larga serie de distinciones que recibiría más tarde. Ya de vuelta y tras unos años como titular de la Municipal de Bilbao, lograría subirse al podio de la ONE a poco de fallecer Argenta y cuando aún era muy joven para aspirar a la sucesión. En 1960 cosechó un gran éxito con ella en el Festival de Santander, lo que le valió la inmediata invitación para Madrid y una fulgurante gira a Burdeos. La titularidad le llegaría en 1962. Desde entonces y hasta 1977 ejerció una labor muy importante en la orquesta. No fue nunca Frühbeck un director temeroso de la competencia; muy al contrario, en su etapa pasaron por el Teatro Real las personalidades de mayor relieve que hubo en cada momento. Igual habría de suceder con los solistas invitados. El repertorio, tanto el propio como el desarrollado por terceros, fue amplio, y él, en lo personal, fue y es justamente reconocido como un gran valedor de la música española. Falla, con cuya «Atlántida» se presentó, figuró en casi todas sus giras por el exterior. Con esta considerable labor la orquesta mantuvo y consolidó la calidad imprimida por Argenta. En aquellos años, por citar otra de sus aportaciones, sería promotor del virus mahleriano que padeció buena parte de la afición. Austria reconocería en 1996 sus aportaciones en este campo con la concesión de la medalla Gustav Mahler que, como la Strauss, no posee ningún otro director español. En su amplio repertorio hay obras que pueden justamente considerarse como de referencia. La «Pasión según San Mateo» era una cita obligada y esperada con fervor cada Semana Santa por todos los aficionados, la entonces Princesa Sofía incluida. «La consagración de la Primavera», los Wagner, etc., eran éxito seguro de público y crítica. Muy especialmente destaca en obras de envergadura como la «Misa Solemne» de Beethoven, el «Elias» de Mendelssohn, los «Requiem» de Brahms y Verdi o esa «Vida breve» que llevó por el mundo, hasta en Japón con cantantes nipones.

El dominio de las masas corales siempre fue uno de sus puntos fuertes. En esa aproximación generalmente brillante a las partituras, es de admirar su control. Frühbeck era orden y mando. Fue un director que sabía lo que quería, cómo expresarlo con claridad y cómo mantener una disciplina. La gente que auténticamente vale suele, casi inevitablemente, crearse enemigos. Recuerdo oír manifestar a Alberto Ruiz-Gallardón, actual ministro de Justicia, que la calidad de los enemigos mide a veces el valor de uno mismo. Uno de estos enemigos, llegado al poder de la entonces Dirección General de Música, decidió prescindir de sus servicios. Fue, como el propio director reconocía, una de las tres mejores cosas que le pasaron en su vida profesional. Si del extranjero ya le habían llamado las orquestas de Dusseldorf y la Sinfónica Nacional de Washington, pronto otras muchas se añadirían a la lista. La salida de la ONE supuso su auténtico despegue internacional.

La Sinfónica de Montreal (Markevich y Mehta entre sus predecesores), la Yumiuri del Japón, la Sinfónica de Viena (con anterioridad Karajan, Sawallisch o Giulini), la Radio Berlín, la Ópera de la misma ciudad, de la que fue director musical durante años o la Sinfónica Nacional de Dinamarca, de la que era actualmente titular. Y, naturalmente, todas las grandes orquestas americanas –Boston, Filadelfia, Nueva York, Cleveland, San Francisco, Pittsburgh, Cincinnati, etc.–, con las que colaboraba año tras año. Rafael Frühbeck fue nombrado director del año en Estados Unidos en 2010. No hay director español que haya subido al podio de tantos conjuntos extranjeros. Nunca llegó a dirigir una ópera en el Teatro Real, pero Mortier le trató con mucho cariño y le encomendó un concierto.

Ansia de aprender

Si cuanto se menciona resulta admirable, hay un hecho que lo es aún más y que nos dice mucho de otra de las facetas de su personalidad: sus ganas de aprender de continuo. En una reciente conversación comentaba cuánto le había enseñado Friedrich sobre el mundo de la dirección de escena y sus últimas tecnologías. Sus palabras denotaban un entusiasmo más propio del joven que empieza que del veterano laureado. En las primeras líneas se mencionaba la larga lista de distinciones que recibió y se citaban algunas. A ellas hay que añadir la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, la Encomienda de la Orden de Alfonso X El Sabio, la Medalla de Oro de la ciudad de Viena y la Medalla al Mérito Civil de la República Austriaca, por citar sólo los más representativos. Sus últimas actuaciones en España acaecieron en los pasados meses de diciembre y enero: su tradicional «Novena» con la OSM, con la OCNE estrenando una obra de Tomás Marco junto a su siempre exitosa «Carmina Burana» y con la Sinfónica Nacional danesa junto a Volodos como solista. Le hacía mucha ilusión bajar al foso del Teatro de la Zarzuela para dirigir, con escena, «Los diamantes de la corona» en la próxima temporada. Tenía para él un valor muy especial puesto que no en vano fue uno de los primeros coliseos con los que tuvo relación. Rafael Calleja, hijo del autor del himno de Burgos y propietario del Teatro de la Zarzuela, le recomendó a Moreno Torroba, que entonces dirigía la revista «Pitusa» en el Calderón. Muy joven, pero ya con el imprescindible carné sindical de la época, fue contratado como violinista. Había muchos proyectos en su agenda a sus más de ochenta años, lamentablemente truncados por un cáncer de páncreas detectado hace tres. Fue desde todo punto de vista, no ya admirable, sino increíble, la energía y tenacidad con la que continuó su carrera, con cien actuaciones anuales, sentado o de pie, visitando hospital tras hospital, sin que prácticamente nadie se enterase.

Al meditar sobre una figura es inevitable pensar en términos personales. Frühbeck era una institución cuando los que ahora tenemos sesenta nos iniciábamos en los conciertos. Eran años en los que el público manifestaba su agrado o descontento con muestras más efusivas que hoy. Donde actualmente hay toses, entonces había vítores, pateos o silbidos, según se tocase o, a veces, según tocase, que no es lo mismo. Éramos una juventud batalladora, no en vano paralela a la francesa del mayo del 68. En consecuencia nos rebelábamos contra lo establecido. Rafael Frühbeck era una figura establecida, con poder. Nosotros teníamos casi obligación de estar a la contra y, algunas veces, nuestras voces se dejaron oír con excesiva violencia entre las ovaciones mayoritarias. Al recordar aquellos años me siento especialmente contento de haberle podido decir a Rafael, seguro que en nombre de toda aquella juventud aguerrida de entonces, que el paso de los años nos hizo apreciar y valorar no ya su calidad sino también su generosidad. Todos hemos visto después con cuánto celo cuidan los responsables de orquestas que no suban a su podio colegas o incluso solistas que puedan hacerles la sombra. Trajo siempre lo mejor de lo mejor. No tenía miedo a la competencia y no tenía por qué tenerlo. El Madrid sinfónico vivió años de gloria. Y no porque nos visitaban en gira los grandes solistas y los grandes directores con sus propias orquestas, si no porque se integraban en las nuestras. Algo que en gran parte debimos a Rafael y ha de resaltarse hoy.

Como un niño

Sí, fuí de los jóvenes aficionados, tan aguerridos como ignorantes, que le protestamos algunas veces en el Real en los sesenta, pero tuve la suerte de darme cuenta de su valía con el paso de los años y de incluso llegar a tener mucho trato con él desde que me encomendasen el discurso laudatorio en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando cuando la Reina le hizo entrega del Premio de la Fundación Guerrero, el Cervantes de la música, en 1996. Comíamos juntos cada vez que venía a Madrid. La última vez aún le vi con muchas energías. Fue muy emocionante el abrazo entre él y Teresa Berganza en la Zarzuela tras las «Tempranicas» del pasado septiembre. Sin embargo, ya a finales del pasado año comprendí que aquellas fuerzas se estaban acabando, pero no esperaba un desenlace tan próximo. Estamos ante una gran pérdida, tanto en lo profesional como en lo personal, pero a quienes le conocimos bien nos queda un consuelo: hizo en su vida todo lo que le gustaba y disfrutó haciéndolo casi como un niño. Fue feliz hasta su ingreso en la Clínica de Navarra, luego unos días malos atenuados por la sedación, pero confío que uno de sus momentos más emotivos haya sido su reencuentro con Elías.