Joaquín Sabina: «Muy a mi pesar, me estoy convirtiendo en un tipo solitario»

Publica «Garagatos» (Artika), un libro monumental de edición limitadísima en el que se reúnen dibujos facsimilares sacados de sus cuadernos.

Publica «Garagatos» (Artika), un libro monumental de edición limitadísima en el que se reúnen dibujos facsimilares sacados de sus cuadernos.

No necesita presentación Sabina. «Toda la vida he sido un impostor, me gustaba mucho meterme en sitios donde no estaba invitado. Empezó con la música, donde pasé de sitios chiquitos a grandes estadios. Nunca lo soñé, nunca lo pensé y por eso disfruté tanto. Por eso, a los 66 años, me he permitido este capricho», decía ayer Joaquín Sabina (Úbeda, 1949), ante la publicación de «Garagatos», una edición de lujo de sus pinturas.

–Le acaban de operar.

–Tenía una cosa que se llama diverticulitis que me ha dejado dos meses con muy mal cuerpo y reposo absoluto. Ya estoy bien, pero llevo una faja.

–Siempre ha padecido del estómago.

–Soy delicado. Me han cortado 30 centímetros, pero estoy perfecto.

–Vaya cornada.

–¡Y la cicatriz es fantástica!

–¿Es de los que, en estos trances, hacen propósito de enmienda?

–No, aunque se me ha pasado por la cabeza hacer una locura como el testamento o pedir matrimonio. En los segundo me han dicho que no (risas) y sobre lo otro... es que lo único que me importa que no se estropee es mi biblioteca. Y creo que las nuevas generaciones no están muy interesadas.

¿Y tener una obra que pasará a la posteridad no consuela?

–No, pero me jode muchísimo que mis canciones vayan a vivir más que yo. Eso me revienta

–¿No ayuda?

–Sí consuela viajar por Latinoamérica y saber que ha habido gente a la que mis canciones le han servido como un hombro para llorar o han echado un buen polvo con ellas. Eso sí conmueve. Reconozco que, justo antes de la operación, bueno... uno piensa que alguna cosita ha dejado, que no ha pasado en vano.

–¿Y el ego?

–No he sido nunca de masajearlo. Soy auto torturador y siempre pienso que me han ocurrido cosas que no me merecía y que la gente que me rodea y que voy conociendo son mejores que yo. Antes, una niña me dijo: «genio». Y yo le dije que sé que no lo soy, porque conocí a algunos que sí lo son y también alguno sin reconocer. Y cuando subo a un escenario ante 10.000 personas salgo atemorizado porque pienso que les voy a defraudar. Siempre (dice levantando la voz). Y un libro como éste ni en mis sueños más enloquecidos me habría imaginado.

–Vaya lujo, pero vale dos mil pavos (2.100 euros).

–Es una maravilla y comprendo que es muy caro y un poco loco. Me lo tomé como un regalo halagador e inmerecido.

–¿Esto le hace sentir artista?

–Me hace sentir que no soy un turista japonés que va por la vida sin verla. Trato de hacer algo que tenga de lejos que ver con el arte, me pasa con las canciones también.

–Esta afición viene de lejos.

–De niño ya pintaba acuarelas y óleos, los típicos de la casita y el mar. Y lo dejé durante 20 años. En la última etapa, como cantaba a diario, me entró la responsabilidad de estar bien de voz y no defraudar a la gente. Enmudecía radicalmente entre conciertos. Me ponía muy nervioso, y para no darme a la heroína, me ponía a dibujar.

–Y en ese caso el arte imita a la vida más que al revés.

–Es una discusión muy abierta, pero la verdadera magia es la hoja en blanco. Algo donde no hay nada y tú, que eres un imbécil, haces algo que no había antes.

–Hablando de crear, ¿las canciones le cuestan más que antes?

–Yo no soy un oficinista de la canción, no sé encargarme temas o estar todos los días hasta que sale. Lo hago por rachas obsesivas y apasionadas y, cuando no se me ocurren, prefiero dibujar. Ahora que he sacado este libro, creo que me va a entrar la obsesión.

–¿Salen de partes diferentes?

–Sí. No tienen mucho que ver. Cuando he sentido el pánico escénico, pensaba que el mejor oficio del mundo es el de pintor. Porque estás solo, y no tienes al «tendido 7» diciéndote: «Arrímate más, cabrón». O: «¡Pon una pincelada de rojo, hombre!». El pintor está en su casa tranquilo viendo a una modelo en bolas.

–Es la sociedad la que vuelve el proceso artístico algo desagradable.

–Sería injusto decir desagradable, pero te empuja a que piensen que el del bombín es el de verdad. Y no. Te impide tratar a la gente con naturalidad porque tienen una idea preconcebida o mítica de ti. Me he sentido profundamente incómodo, lo cual, muy a mi pesar, me está convirtiendo en los últimos años en un tipo muy solitario metido en un rincón de su casa.

–¿Le pesa el mito de canalla?

–Bueno, yo al ser bocazas y no esconderme nunca y estar en la calle y en los bares siempre, supongo que colaboré. Pero es una foto ridícula que no se parece a la realidad nada. Pero yo soy mitómano. Quiero más a Georges Brassens y a Bob Dylan que a muchos amigos míos. Y viven conmigo y les adoro. Pero ser el objeto de esa absurda mitomanía es un traje que me viene muy ancho.

–Debo preguntar por la política.

–Solo puedo hacer un esbozo de vómito. No me gusta nada cómo juegan con los sillones los que dijeron que era todo por el bien común. No me gusta nada esa táctica de mus con un país a punto de salir de una crisis horrible. Hablo de todos los políticos. La ciudadanía está hasta los cojones de ellos. Y no me gusta que cada 40 años se revivan las dos españas.