Mozart en una proyección de cine mudo

Crítica de ópera / Temporada del Teatro Real. «La flauta mágica», de Mozart. Voces: Christof Fischesser, Joel Prieto, Ana Durlovski, Sophie Bevan, Joan Martín-Royo, Ruth Rosique, Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Nadine Weissmann... Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección escénica: Barrie Koskie. Orquesta Sinfónica de Madrid y Coro Intermezzo. Madrid, 16-I-2016.

Fotografía facilitada por el Teatro Real de la soprano Sophie Bevan (Pamina) y el barítono Joan Martín-Royo (Papageno) durante la presentación de una producción de "La flauta mágica", de Mozart
Fotografía facilitada por el Teatro Real de la soprano Sophie Bevan (Pamina) y el barítono Joan Martín-Royo (Papageno) durante la presentación de una producción de "La flauta mágica", de Mozart

Sin duda, la producción. El conglomerado fílmico –no tanto escénico–, concebido y organizado por la británica Suzanne Andrade y el australiano Barrie Kosky, se adueña de la sala desde que termina la obertura de la penúltima ópera de Mozart, «La flauta mágica», la que más apela a la imaginación y a la magia. La producción es un gran homenaje al cine mudo, y a muchas otras cosas, en donde hasta los diálogos originales han sido sustituidos por rótulos en la pantalla que suple por entero al escenario. A modo de acompañamiento a esos diálogos silenciosos se escuchan, amplificadas, las Fantasías en Do menor y Re menor del creador de Salzburgo. Filmaciones visualmente atractivas, algunas muy divertidas, llenan la mampara de sombras chinescas, dibujos animados de las «Alice Comedies» de Walt Disney en los años 20 y proyecciones caleidoscópicas. Los intérpretes se convierten en reencarnaciones del «Nosferatu» de Murnau (Monostatos), Buster Keaton (Papageno) o Lilian Gish (Pamina). Pero además Sarastro y sus sacerdotes son clones de Abraham Lincoln, y la Reina de la Noche, subvertida en araña gigante es, desde su primera aparición «telaráñica», la mala de la película (nunca mejor dicho). El movimiento escénico no existe, es cero, y los cantantes apenas actúan, subidos la mayor parte del tiempo en incómodas (y seguramente peligrosas) plataformas en mecanismo de puerta giratoria, pero en el cinematógrafo Mozart no dejan de pasar cosas. El conjunto es un ‘totum revolutum’ entretenido, insolente, disparatado en ciertos momentos, que no sólo no aburrió a la audiencia, sino que la llevó al entusiasmo al término de la función.

Los cantantes mantuvieron, con un reparto de mayoría española –¡qué contraste con la etapa previa del teatro, en donde los artistas nacionales sólo conseguían un papel de relieve previa humillante audición probatoria!-–, un listón de competencia inatacable. La macedonia Ana Durlovsky fue la recipiendaria de las mayores ovaciones individuadas de la sesión, negociando la temible coloratura de la «Reina» con solvencia y brillantez. Muy bien el madrileño Joel Prieto, «Tamino», que fraseó con elegancia y magnífica dicción. También estupenda la «Pamina» de la inglesa Sophie Bevan, convincente y emotiva. El barcelonés Joan Martín-Royo fue un estupendo «Papageno»/Keaton, con magníficos momentos de humor canoro, el bilbaíno Atxalandabaso recreó con viveza e ingenio su Nosferatu/ «Monostatos», y la gaditana Ruth Rosique fue una pizpireta «Papagena» en forma de starlette hollywoodense. Vocalmente competente el germano Fischesser en su doble papel de «Orador» y «Sarastro», pero actoralmente átono en su revestimiento de Lincoln, aunque de esto sean más responsables los responsables de la producción que el intérprete.

Ivor Bolton marcó también un nivel excelente: frente a producciones previas, en donde el, eficiente y seguro, director inglés se mostró tedioso y propendió al aburrimiento, el artista se volcó con sus cantantes, a los que acompañó con mimo y efusividad, y desde luego con la orquesta, de la que obtuvo una respuesta calurosa. Las referencias a la masonería, explicadas en excelente artículo del programa de mano por Andrés Ibáñez (que también afrontaba en su texto las contradicciones de un libreto en ocasiones delirante del «hermano» de logia del compositor, Schikaneder), brillaron por su total ausencia, pese a que son manifiestas desde la misma obertura. Las preocupaciones de Andrade y Kosky iban por otros derroteros, que buscaban la diversión, la animación y, en no poca medida, la complicidad del público: no cabe duda de que consiguieron sus objetivos.