«Leningrado» de antología

Shostakovich: «Sinfonía nº 7 en Do mayor, Op. 60, Leningrado». Orquesta Nacional de España. Director: James Conlon. Auditorio Nacional de Música, Madrid, 14 de diciembre de 2014.

James Conlon volvió a dirigir la Nacional (en la imagen, en un ensayo del concierto)
James Conlon volvió a dirigir la Nacional (en la imagen, en un ensayo del concierto)

En apenas un mes, la Orquesta Nacional ha realizado dos interpretaciones sensacionales de Sinfonías de Shostakovich, la «Décima», con dirección del joven músico polaco Krzystof Urbanski, comentada en estas páginas, y la monumental «Séptima, Leningrado», en este último fin de semana, con rectoría de un maestro consagrado y venturosamente habitual en nuestras latitudes, el americano James Conlon (Nueva York, 1950), con el que la formación ha realizado excelentes conciertos durante los últimos años («Séptima Sinfonía» de Mahler, por ejemplo), pero que acaso ha cuajado en esta visita su mejor actuación de temporadas recientes. Al margen de sus dimensiones y de su desmedido contingente (131 músicos en plantilla para este concierto), la «Leningrado», escrita entre 1941 y 1942 y casi por completo en la ciudad sitiada, es obra densa, difícil y críptica, en la que la grandiosidad –para algunos grandilocuencia–, obvia, de la partitura no puede, no debe, sepultar el intimismo, la oquedad, la tristeza y las sombras que cruzan por delante de un Shostakovich tan patriota como doliente narrador de un mundo doblemente terrible (Hitler desde fuera, Stalin desde dentro) en el que está inexorablemente inmerso. La gran virtud de la lectura de Conlon fue no perder nunca de vista ese otro aspecto interior, recóndito, de la obra. Fue espléndido el magno «crescendo» maquinista-militar del primer tiempo, y la progresión en pos de una luz, que se persigue más que se ve, de corte triunfal al término de la pieza, pero fueron de calidad aún más excepcional el fantasmal Moderato –impresionante la peroración de arpa y clarinete bajo en la sección última de este movimiento–, el emotivo y adolorido Adagio, y toda la tensa primera parte del amplio Finale.

La Nacional tocó con su magnífico nivel de calidad usual, pero aún más en esta ocasión, como sucede cada vez que uno de los grandes directores se pone al frente del conjunto. Fue una versión de lujo, propia de gran orquesta internacional. Al acabar, se rindió un precioso homenaje a dos fenomenales profesores de la formación, Miguel Navarro en la tuba y José Tomás al clarinete, ambos con importantes cometidos en la sesión, que se jubilaban en este concierto, con ofrenda floral y un breve fragmento de la obertura de «Los maestros cantores», testimonio de afecto y gratitud al que Conlon se unió con entusiasmo. El éxito, casi sobra señalarlo, fue enorme.