Mahler se hace italiano

Crítica de clásica. Ciclo Ibermúsica. Obras de Mendelssohn, Mahler, Chaikovski y Rachmaninoff. Violín: Julian Rachlin. Director: Riccardo Chailly. Gewandhausorchester Leipzig. Auditorio Nacional. Madrid, 11 y 12-II-2015.

Chailly demostró que está en muy buena forma
Chailly demostró que está en muy buena forma

Semana intensa en el Auditorio Nacional en número de conciertos y calidad. Ibermúsica ha programado a dos de los más reputados directores actuales –Riccardo Chailly y Maris Jansons– con dos de las mejores agrupaciones –Gewandhaus y Concertgebouw–, en lo que supone la mayor traca sinfónica de la temporada. Dos de los más populares conciertos para violín abrieron sendas veladas, los de Mendelssohn y Chaikovski, con Julian Rachlin (Lituania, 1974) como protagonista. Desde los primeros acordes del mendelssohniano quedó claro que impresionaban más los «tuttis» de la orquesta que las cadencias del solista. Rachlin no es un mal violinista, pero se halla lejos de otros del presente como Leonidas Kavakos. Sonido afinado de no envidiable amplitud y una buena capacidad para escamotear notas y emplear trucos. Mejor en el ruso que en el alemán. En ambos casos con un acompañamiento que cuidó mucho que el violín no quedase apagado.

No nos quedan vivos muchos directores de auténtica talla. Riccardo Chailly (Milán, 1953) es para muchos uno de ellos. A punto estuvo de convertirse en sucesor de Maazel en el Palau de les Arts. Una filtración a la prensa de su contrato le disgustó tanto como para renunciar a él. El maestro milanés es el actual titular del Gewandhaus, como lo fuera entre 1988 y 2004 del Concertgebouw, que nos visita a continuación. Ambos son conjuntos admirables. Ya se ha indicado la belleza en el empaste y el poderío de unos «tuttis» que en momento alguno suenan con acritudes o aristas por fuerte que toquen. Sobresale la cuerda y también maderas y metales, aunque el mejor maestro echa un borrón, lo que sucedió con una trompa en los inicios de la primera mahleriana. Una lectura en la que Mahler parecía haber pedido la nacionalidad italiana, en un cóctel que incluía la belleza tímbrica que siempre buscaba Karajan y el melodismo de las batutas italianas. Es absurdo tocar Rachmaninoff si no se cuenta con una buena orquesta, pero cuando se cuenta con ésta, puede parecerlo emplearla en Rachmaninoff. Chailly bordó la «Segunda» sinfonía. La cantabile belleza del «Vocalise» sirvió de colofón a dos conciertos triunfales.

Un director cerca del Palau

Cuando Davide Livermore se presentó días atrás ante los medios como director artístico del Palau de les Arts, aseguró que iba a mantener la altura y conservar la excelencia del legado recibido. Seguro que ya pensaba en Chailly para un futuro no muy lejano. Mantiene con el batuta una buena relación, y su presencia parece estar prácticamente asegurada en el coliseo.