Penderecki durante un atardecer

La Razón
La RazónLa Razón

Obras: Penderecki y Dvorak. Radovan Vlatkovic, trompa. Director: K. Penderecki. Patio de Carruajes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid. 8-VII- 2015.

Cuidado que San Lorenzo de El Escorial tiene potencia y ¡qué mal aprovechado se halla! La coordinación entre Ayuntamiento, Patrimonio Nacional, Comunidad de Madrid e instituciones privadas brilla por su ausencia. Ni en la web del Ayuntamiento ni en la de Turismo de la villa se anuncian coordinadamente los eventos que tienen lugar. Así poco se ayuda a evitar el cierre de hoteles, restaurantes y comercios que padece el más bello, impresionante y emblemático lugar de la sierra madrileña. Obviamente esta coordinación le corresponde al Ayuntamiento, pero ¿existe éste? Realmente parece desaparecido. Por eso no resulta extraño que se ofrezca un concierto gratuito en el Patio de Carruajes del Monasterio y no se llene a pesar de contar con una excelente orquesta, un solista afamado y uno de los grandes compositores vivos de la actualidad. Ni la belleza de las partituras ni su ejecución en un ambiente tan especial logran llegar al gran público porque éste desconoce su celebración. Gracias a la colaboración entre la Fundación Albéniz y Patrimonio Nacional se pudo escuchar el mismo concierto ofrecido el día anterior en Santander dentro de los Encuentros que promueve la incansable Paloma O’Shea.

Krysztof Penderecki subió al podio para dirigir sin batuta un programa sin descanso, que se abrió con el «Adagio» de su «Sinfonía n.3», una pieza intensa, nostálgica y triste si se quiere, pero llena de humanidad. Siguió el «Concierto para trompa y orquesta» subtitulado «Winterreise» en un solo movimiento y lejos de las extensas longitudes de otras partituras de su autor. No hay en él nada schubertiano sino quizá evocaciones a un viaje por China y Sudamérica en las que curiosamente parece que de un momento a otro va a aparecer Sigfrido, tal es por momentos su ambiente wagneriano. El justamente valorado Radovan Vlatkovic, profesor en la Escuela Reina Sofía, ofreció una exhibición de buen hacer tanto en los pasajes más líricos y cantabiles como en las aparentes llamadas de caza. Precisamente tocó como propina una pieza del mismo compositor dedicada al cazador, breve pero de gran dificultad. Cerró el concierto una música bien diferente como es la «Octava sinfonía» de Dvorak, una de las cimas del nacionalismo checo y llena de ritmos y melodías de fácil compresión. Penderecki no es un gran director pero sí suficientemente bueno para dejar lucirse a la joven Orquesta Freixenet, llena de entusiasmo y seguridad. Hay varias actividades programadas en la villa. Vuelvo al inicio, lástima no poderles indicar dónde informarse de todas ellas.