Rocío Márquez, académica flamenca

Rocío Marquez en Marchena, para su disco El Niño

Le rondaba la cabeza desde hace mucho tiempo un trabajo en el que el cante clásico flamenco fuera «un punto de partida, no un fin en sí mismo». Y para ponerlo en marcha Rocío Márquez (Huelva, 1985) estaba buscando el repertorio de un heterodoxo, de un artista que desde la libertad creativa y los márgenes de la corriente oficial considerase el arte flamenco, antes que nada, emoción. «En el flamenco hay muchos intérpretes soberbios y maravillosos, pero el punto transgresor no es fácil de encontrar. Ese cante complejo en el que es difícil decir si es flamenco o no lo es, que viene de interiorizar unos códigos y exponerlos a la manera de uno. Y en Pepe Marchena encontré ese hilo», dice la cantaora sobre el disco, casi conceptual, que acaba de publicar: «El niño» (Universal), un trabajo soberbio que ha traido consigo cierto revuelo por lo que de experimentación tiene en la producción, más cerca a códigos del pop.

Denostado Marchena

Marchena es un artista que ha sido despreciado por muchos en el flamenco. «Como cualquier personaje que arriesga y se posiciona, tiene grandes detractores», señala Márquez. Aunque iletrado, Marchena inventó el único palo flamenco del siglo XX, la colombiana, porque su inteligencia musical trascendía lo establecido. «Eso le da más valor, porque indica que el conocimiento no está ligado a los estudios y también suma validez a la aportación de Marchena. Se ha estado investigando mucho sobre la colombiana y todos apuntan a la relación que tiene con el corrido mexicano y el zorziko vasco. Y realmente en la tesina que estoy preparando hago un análisis comparativo musical. Transcribí el corrido mexicano y la colombiana y descubrí que están los mismos acordes, aunque luego se juegue de otra manera», comenta Márquez, una artista que hace tesinas sobre cantaores sin estudios. Cómo cambian los tiempos en el flamenco, que se enseña en academias y se canta en auditorios. «Totalmente. Creo que el cante tiene que estar vivo e ir con los tiempos y la situación ha cambiado bastante afuera. Tenemos acceso a cosas nuevas y creo que debemos aprovecharlas y no agarrarnos a los tópicos», comenta esta cantaora que no pertenece a familia de artistas, sino que aprendió poco a poco «hasta que un día estaba metida hasta el cuello». Tampoco su flamenco, rubio y de ojos azules es el arte negro azabache que muchos esperan, aunque estemos hablando de la ganadora de la Lámpara Minera en el Festival de la Unión en 2008.

«Yo no he vivido una guerra, y además he tenido la posibilidad de estudiar. Esos recursos hay que usarlos. Por ejemplo, se han digitalizado archivos a los que era impensable tener acceso. Puedes escuchar la seguiriya de Molina y además oír la de no se cuántos intérpretes, imagínate la perspectiva que da. Esa posibilidad antes no existía. ¿En contraprestación? A lo mejor se ha perdido un poco el rollo de la taberna... (y golpea la mesa con el nudillo). No me gusta la visión romántica de lo pasado fue mejor. Tenemos que partir de eso pero sin añoranza», explica.

Algunos llegaron al flamenco por Camarón, otros por el «Omega» de Morente y finalmente, muchos se incorporan por Los Planetas. Puede que haya que leer esta historia en clave generacional, en el nombre de una camada de profesionales que no quieren oír hablar de Guerra Civil ni de la dictadura. La mayoría de ellos tuvieron la posibilidad de estudiar (incluso flamenco), y se han llegado a preguntar que para qué. Pues para algo será, ¿no? «Yo no he hecho este proyecto pensando en abrir público, sino como el resultado de algo que necesitaba sacar de dentro», repone. El álbum tiene dos almas. Una, producida por Faustino Núñez, es de corte clásico. La otra es cosecha de Raül Fernández «Refree» (que ya ha investigado estos terrenos con Kiko Veneno o Sìlvia Pérez Cruz) y es la que ha levantado alguna réplica purista. Suenan baterías y samplers, bajos eléctricos y cajas de ritmos. «Para atreverme con una parte flamenca más ‘‘abierta’’ era imprescindible hacer otra más clásica. Si no, no me lo habría permitido», reconoce. Lo llaman el peso de la tradición