Pérez-Reverte, más Cid y menos Campeador

Retrata al personaje tanto en sus miserias vitales como en su gran lealtad.

Pérez-Reverte retrata al personaje tanto en sus miserias vitales como en su gran lealtad.

Hay ocasiones en las que una no está segura de recomendar libros, pero en esta «rentrée» cultural han ocurrido «cosas» en la «cosa literaria» patria que me tienen entusiasmada. Una de ellas es este libro. Pérez-Reverte ha planificado un Cid transformado en mercenario durante su primer destierro como caballero y la forma en que tuvo que ganarse la vida con alianzas, sangre y una mesnada de hombres leales. El «polvo, sudor y hierro» machadiano es contado de tal forma que del jinete sabemos sus miserias vitales: el dolor de las escoceduras, cómo le entumece el frío nocturno o cómo le sofoca la estepa castellana. Hasta añoranzas eróticas lo visitan cuando está a solas, así como su pasado en Vivar, o el recuerdo de su mujer y sus hijas. No se permite caer en vicios legendarios, cantares o desmesuras. Tampoco busquen épica en este libro ni un exceso de rigor histórico. Es una novela y, como manda el género, puede permitirse las licencias que le plazcan cuando nos presenta a un Ruy Díaz orgulloso, desafiante, estoico, al que sus jinetes profesan una fe brava debido a su coraje y su afán de justicia. Pero también es uno entre iguales: le llaman Sidi, señor, aunque él duerme como ellos en la tierra seca, huele a estiércol, come lo que puede y se bate en primera línea. «Nunca dejaba a uno de los suyos solo entre enemigos, ni nunca atrás mientras estuviera vivo», reza el texto.

Un caballero transformado en un ronin, un samurái sin amo que empuña una espada al mejor postor. Su vida regia como Campeador ha terminado con un baño de sangre, la de su señor e inseparable amigo. La derrota supone el destierro al que asistimos. El ocaso de un proscrito que propina mandobles a cambio de matar el hambre («Conseguir botines, matar para no morir o, llegado el caso, morir matando»). Estamos en 1081 y vemos a este buscavidas freelance deambular por una España incierta de confines inestables con una frontera –la del Duero– que separa los reinos cristianos de las taifas musulmanas, con alianzas y refriegas, con socios que mañana se tornarán en enemigos.

Un western con espadas

Es interesante ese momento de declive, la frontera como coprotagonista y la lealtad en las horas más bajas. Trabajará para todo aquel que pague bien, salvo que vaya contra el que sigue siendo su rey, porque el juramento de la lealtad solo desaparece con la vida, al igual que un sacerdote lo será para siempre según la orden de Melquisedec. Como en un western, todos ellos combaten por algo que nada tiene que ver con la Reconquista, la patria ni nada que se le parezca. En aquel siglo, la gente solo luchaba por sobrevivir. Hay un momento de «Sidi» en el que el Cid conversa con Mutamán, rey moro al que alquila su espada, y le dice, antes de que los dos terminen rezando juntos, que ellos cumplen con los mandatos del islam «aunque de un modo civilizado». ¿Esa es la España que no pudo ser? En estos momentos, más que en ningún otro, este libro no solo es recomendable sino imprescindible.