Cultura

¿Por qué el Che no merece una estatua?

El castrismo inventó un relato santificado de su vida y obra, ocultando sus crímenes e incompetencia

El castrismo inventó un relato santificado de su vida y obra, ocultando sus crímenes e incompetencia

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Ernesto Che Guevara tiene una estatua en la madrileña población de Leganés así como una calle en Getafe y Mejorada del Campo, ambas en la Comunidad de Madrid. Ocurre lo mismo en poblaciones andaluzas, canarias y gallegas. La Generalitat organizó en 2007 una exposición a su mayor gloria que costó 200.000 euros. La sala de teatro Plot Point, en Madrid, acogió en 2010 la obra “Cuestiones con Ernesto Che Guevara” para reivindicar su espíritu y lleva ocho años en cartel.

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Esa mitificación es un fenómeno mundial gracias al marketing político. Como dice Fernando Díaz Villanueva, uno de sus biógrafos, el Che hizo más por la revolución muerto que vivo. Se convirtió en un icono progre desde la década de 1960 cuya imagen servía para identificar a la Nueva Izquierda, a lo que ayudó la famosa foto de Alfredo Korda. El castrismo inventó un relato santificado de su vida y obra, ocultando sus crímenes e incompetencia. El engaño ha sido completo. Quizá sea lógico que los niños cubanos, en una sociedad sin libertad, hagan un juramento público que reza: «¡Pioneros por el comunismo! ¡Seremos como el Che!», pero es intolerable en las democracias liberales.

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El Che no era médico, ni economista, ni siquiera buen guerrillero, como confesó alguno de sus viejos compañeros. Tampoco fue leal a sus amigos, ni un amante de la paz. En la ONU soltó aquello de “Sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”. Sobre la prensa dijo que “Hay que acabar con todos los periódicos. Una revolución no se puede lograr con la libertad de prensa”. Tampoco era un demócrata, sino un tipo violento desde la adolescencia que firmaba sus cartas como “Stalin II”. En una de ellas confesó a su padre que “realmente me gusta matar”.

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En México encontró un medio de vida: hacerse guerrillero junto a los exiliados cubanos. La revolución le dio su oportunidad: tras la rendición de las tropas de Batista fusiló a 23 personas, y los Castro le nombraron director de la prisión de La Cabaña para llevar a cabo la represión, firmando 164 ejecuciones. Solía decir: “Ante la duda, mátalo”. Entonces creó los campos de “reeducación” para homosexuales, a los que veía como unos enfermos mentales producto de un “vicio burguesa”. De esta manera encarceló a unos 35.000 cubanos con el rótulo: “El trabajo os hará hombres”.

Los Castro dieron a Ernesto Guevara la dirección del Banco Nacional de Cuba en 1961 y hundió el peso. Luego el ministerio de Industria y arruinó la agricultura y la producción, prohibió las huelgas, reprimió a los campesinos, y provocó que la vuelta a la cartilla de racionamiento.

En 1965 era un estorbo, más si hacía declaraciones maoístas y trotskistas que contradecían el dogma soviético. Le mandaron al Congo, donde fracasó. Los Castro pensaron enviarle a algún lugar sin retorno, como Bolivia, donde, dejado sin auxilio para que pereciera, vagó sin éxito, despreciado por los campesinos y los comunistas del lugar. Fracasado, fue encontrado por el ejército y sin disparar un tiro salió de entre los matorrales diciendo “Valgo más vivo que muerto”. La leyenda cuenta falsamente que fue allí a morir por mística, y que combatió contra tropas de élite, pero no fue así. Fue ejecutado y los Castro comenzaron el mito que contradice la Historia.

Su nombre debería desaparecer de nuestras calles porque los valores, principios y comportamiento de Ernesto Che Guevara, lejos de representar un ideal humanitario y generoso, simbolizan lo peor del siglo XX.