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Prepublicación: Los españoles que perdieron la Guerra de la Independencia

Adelantamos la prepublicación «El Ejército español de José Napoleón (1808-1813)», de Luis Sorando Muzás, que edita Desperta Ferro

El Ejército español de José Napoleón (1808-1813), de Luis Sorando Muzás
El Ejército español de José Napoleón (1808-1813), de Luis Sorando Muzás

Adelantamos la prepublicación «El Ejército español de José Napoleón (1808-1813)», de Luis Sorando Muzás, que edita Desperta Ferro

El Ejército español de José Napoleón es sin duda el más desconocido de todos los contingentes militares que participaron en el conjunto de las Guerras Napoleónicas, fruto de una suerte de damnatio memoriae que sufrieron aquéllos no pocos españoles para los que la Guerra de la Independencia fue una auténtica guerra civil. Víctimas por partida doble, hubieron de sufrir tanto la desconfianza de los franceses como el desprecio de sus compatriotas; no solo sus banderas fueron pisoteadas por las victoriosas tropas españolas que desfilaron en Cádiz en 1812 tras la victoria de Los Arapiles, sino que su existencia fue virtualmente borrada de los archivos españoles por las rencorosas Cortes y el no menos vengativo Fernando VII. De ahí lo ímprobo de la labor del autor de esta obra inédita publicada por Desperta Ferro Ediciones, Luis Sorando Muzás, fruto de más de 25 años de investigación en archivos, fondos y colecciones dentro y fuera de nuestro país en los que ha logrado reconstruir los historiales, uniformes, banderas y biografías de los españoles que perdieron la Guerra de la Independencia, y acompañarlos de ilustraciones de los más prominentes artistas históricos del momento, encabezados por Augusto Ferrer-Dalmau.

Al producirse el Levantamiento del 2 de mayo de 1808, los franceses controlaban tan solo una serie de plazas en la mitad norte de la Península y, cuando el 6 de junio, José Napoleón aceptó en Bayona la corona española, pensó que podría lograr al menos la fidelidad de aquellos regimientos del antiguo Ejército borbónico que se hallaban destinados en esas localidades. El 9 de julio entró por fin José I en España y esa noche escribía a su hermano: «Las tropas españolas se acogerán al que las pague [...] con dinero se podrán rehacer los regimientos que restan en Madrid». Durante su breve estancia en la capital, el 12 de julio aprobó el nuevo escudo real y habló en vano de la conveniencia de constituir la Gendarmería y las Guardias Cívicas, con el fin de guardar el orden y de responsabilizar a los alcaldes de su mantenimiento; pero la noticia de la gran derrota del general Pierre Dupont en Bailén, el 22 de julio, hizo desertar de las filas imperiales a los pocos militares españoles que habían apoyado al nuevo monarca desde el inicio. Este se vio, entonces, forzado a abandonar Madrid el 30 de ese mismo mes, por lo que en un tono muy distinto, escribió de nuevo a su hermano: «Todos mis oficiales españoles me han abandonado, menos cinco o seis personas».

Tras el desastre de Bailén, la pequeña Corte de José se instaló de manera provisional en Vitoria. Fue allí donde, en octubre, y siempre a instancias de su ministro de Defensa, Gonzalo O’Farrill, se empezarían a establecer las bases del que deseaba que fuese su nuevo y flamante ejército como rey de España. El 12 de ese mes aprobó su nuevo escudo de armas y el 20 creó una nueva orden militar que dejaría sin efecto a todas las que habían existido con anterioridad –excepto a la del Toisón– y cuyo nombre oficial sería Orden Real de España, si bien la gente la conocía como «la berenjena» debido al color rojo de su medalla. Pese a ello, sus primeras concesiones no tendrían lugar hasta el 20 de septiembre del año siguiente. También, en octubre de 1808, llegó desde Nápoles a Vitoria, una columna de la Guardia Real de ese Reino, del que José había sido monarca desde 1806 y hasta su llegada a España, que reorganizada y aumentada con reclutas franceses daría lugar a la nueva Guardia Real de José como rey de España. Esta Guardia, auténtica élite de su nuevo ejército, estaba compuesta en su totalidad por soldados franceses, excepto una pequeña compañía de vélites formada por nobles napolitanos, gracias a la cual sus aliados imperiales la consideraban digna de confianza.

El 5 de noviembre, el séquito de José y su Guardia Real sustituyeron sus escarapelas tricolores por la tradicional roja española, que había sido adoptada por José en un nuevo intento de agradar a sus súbditos y, ese mismo día, iniciaron su camino hacia Madrid, siguiendo al emperador Napoleón en su triunfal campaña, que terminaría el 3 de diciembre con la capitulación de Madrid y la reinstauración de José en su capital.

El 15 de diciembre de 1808 dispuso igualmente la creación de la Guardia Nacional, y ese mismo día abandonó Madrid para salir en persecución de los ingleses que, tras haber desembarcado en Lisboa y La Coruña para reunirse en Mayorga y, al conocer nuestras derrotas de Gamonal y Tudela, decidieron emprender su retirada hacia La Coruña, cubiertos por las tropas españolas, mandadas por el marqués de La Romana, y a las que destrozaría en Mansilla, el 29 de diciembre. Algo más de un mes después, el 5 de enero de 1809, se hallaba en Astorga y dando ya la campaña casi por ganada, ante las amenazas de nuevos problemas con Austria, Napoleón entregó el mando al general Jean-de-Dieu Soult y, al día siguiente, se retiró a Valladolid.

En esa ciudad, y antes de partir definitivamente hacia Francia, escribió a su hermano varias cartas en las que se aprecia que la mejora de la situación le ha hecho superar su desconfianza hacia el alistamiento de españoles, pues como dice el día 7 de enero: «Ya no existe verdaderamente ni la sombra de un ejército español. Los cuatro o cinco mil hombres apresados a La Romana eran horribles de ver; son todavía peores que los que el duque de Dantzig tenía del lado de Extremadura». Y, en consecuencia, cree que «podría ser una buena medida el crear algunos regimientos de españoles [...] uno al norte en Palencia y otro en El Escorial y alrededores. Siendo necesario nombrar muchos oficiales españoles seguros para mandarlos, y mezclarlos con algunos oficiales franceses, y dar muchas plazas de subteniente a antiguos sargentos mayores».

Tres días después, el 10 de enero, vuelve sobre el mismo asunto, pero su tono es más imperativo: «[...] Yo os mandé, creo, formar un regimiento español. Tenéis un coronel de Murcia que es un hombre muy bravo; tenéis oficiales seguros; podéis formar ese regimiento. Será bueno, al menos para la policía...». Y, ese mismo día, le ordena la creación de un batallón Real Irlandés, en El Escorial, con presos de nacionalidad irlandesa, que se encuentran en Segovia y proceden tanto del Ejército inglés como del español. Al día siguiente, 11 de enero, José le responde: «Tengo dos coroneles españoles muy seguros para formar dos regimientos, pero los soldados faltarán largo tiempo». Dos días después, el 13, de nuevo, Napoleón: «No veo inconveniente en que cojáis aquellos prisioneros de los que podáis estar seguro para formar nuestros regimientos; pero no es necesario que toméis oficiales».

El 15 de enero insistía el emperador otra vez: «Creo que inmediatamente después de vuestra entrada en Madrid debéis ocuparos de crear dos o cuatro regimientos, uno de ellos en el norte, tomando la precaución de no dejarles aproximarse a menos de diez leguas de Madrid. Si podéis formar unos cuadros con algunos oficiales, yo creo que encontraréis mucha gente. Estos regimientos son indispensables para refugio de numerosas personas que de otro modo se convertirían en bandidos, y al mismo tiempo serán unos cuerpos buenos para la policía».

Poco podía suponer que ese mismo día, en Uclés, sus ejércitos lograron una nueva y aplastante victoria, que le proporcionaría otros 5600 prisioneros y constituirían el verdadero germen de sus primeros regimientos españoles.

El 20 de enero, el embajador de Francia en Madrid, Antoine-René-Charles Mathurin, conde de La Forest, escribía al emperador contándole cómo el rey había dispuesto suprimir la formación del Regimiento Reding, con el fin de adelantar la creación del Real Extranjero, en el cual se fundieron sus escasos miembros, y que además quería formar el Regimiento Irlandés y otros dos de españoles: «El rey parece impaciente por tener algunos cuerpos de tropa; sería más útil a S. M. emplear sus primeros fondos en crear la Gendarmería para los pueblos y guarniciones francesas en las capitales; O’Farrill piensa esto, el rey no».

En este clima de euforia, el 4 de febrero recibió O’Farrill una carta desde León, según la cual un teniente coronel de la antigua División de La Romana, derrotada en Mansilla, había formado allí (en enero) un batallón de casi quinientos hombres, nombrado provisionalmente 1.º Ligero de España, lo que animó a La Forest a escribir al emperador: «Empieza a demostrarse que el rey no tardará en tener unos cuerpos respetables bajo sus banderas que, bien repartidos por las provincias, harán aumentar la confianza en su autoridad». Pero se equivocaba, ya que el 21 de ese mismo mes escribía el emperador a José: «El regimiento que se había formado en León ha desertado con armas y bagajes. Y pasará lo mismo con los otros regimientos». Es decir, que la confianza de José en las tropas españolas había durado tan solo unas semanas.

El 19 de febrero, La Forest escribía al emperador: «Los regimientos de línea creados no se consolidan, pues la indisciplina y la deserción tienen constantemente en alerta a sus coroneles. Sería mejor renunciar a estos ensayos hasta la sumisión total del Reino».

Napoleón, por su parte, opinaba que habría sido mejor crear estos regimientos en Francia, lejos de influencias contrarias, para devolverlos un par de años después a España, ya instruidos y adoctrinados. Pese a ello, José se dispuso a crear, el 16 de febrero, un Batallón Ligero de Madrid, el 6 de junio el 3.er Regimiento de Línea, y el 29 de agosto el 1.º de Cazadores a Caballo. El 30 de agosto, tras la victoria de Talavera pidió permiso a su hermano para poder incluir españoles en su Guardia y, el 1 de septiembre, resumía La Forest la situación de este Ejército: «Se aumenta la reunión de recursos [...] por la impaciencia que muestra el ministro de la Guerra por formar un Ejército nacional [...] Los regimientos y el escuadrón de gendarmes [...] cuestan ya demasiado. Por la deserción es necesario escoger sustitutos entre los prisioneros. Un regimiento de 1044 hombres y 832 caballos exige un gasto exagerado. [...] Estos absorben los fondos que no se sabe dónde encontrar, y no pueden ser puestos en campaña para cooperar a la dispersión de las fuerzas insurgentes».

El 29 de noviembre, tras la victoria de Ocaña, la cual le proporcionó otro elevado número de presos, José publicó por fin un Real Decreto que admitía españoles en la Guardia –en concreto formarían el 3.er Batallón del Regimiento de Tiradores– y, el 22 de diciembre, otro en el que amnistiaba a los suboficiales y soldados que se presentasen en un mes.

En enero de 1810, José inició su triunfal expedición a Andalucía, que constituiría el momento culminante de su reinado y daría lugar a la creación de un elevado número de unidades, pues para finales de marzo se habían decretado ya la formación de diez nuevos regimientos de línea –6 en Andalucía y 3 en La Mancha–, así como del 1.º Suizo, el 2.º Ligero, los Cazadores de Caballería del 2.º al 4.º, el batallón de Artillería, y varias Guardias de Honor, así como una serie de compañías francas llamadas de Cazadores de Montaña, destinadas a la lucha antiguerrilla. Pierre François Lagarde, policía francés al servicio del emperador en España, resume así su impresión sobre estos nuevos cuerpos: «Los ministros y sobre todo O’Farrill ponen gran empeño en rearmar rápidamente a los es- pañoles» y «¿Cómo se compondrán estas tropas, con qué se les vestirá, con qué se les pagará? ¿Cómo no se han cansado de estos ensayos después de haberse creado tantos regimientos que se han disuelto casi inmediatamente?».

Y el ministro, Miguel José de Azanza, escribía, en mayo, desde París: «En Francia creen que los regimientos españoles son un fermento de rebeldes y un gran gasto, pero todo gobernante necesita una fuerza [...] que los cuerpos españoles empleados en guarniciones, dexarían expeditas las tropas francesas para las operaciones de campaña, como lo dexeaban los generales franceses, lamentándose de haber de tener diseminados sus cuerpos para conservar la tranquilidad en las provincias ya sometidas».

Mientras José estaba inmerso en su triunfal expedición en Andalucía, el emperador Napoleón, tal vez celoso del éxito momentáneo de este, dispuso por Decreto del 8 de febrero la creación de cuatro Gobiernos militares especiales: 1.º de Cataluña, 2.º de Aragón, 3.º de Navarra y 4.º de Vizcaya, lo que en realidad suponía que pasaran a depender directamente de Francia. Esta sustracción no solo ocasionaba grandes pérdidas económicas al reinado de José, sino sobre todo el evidente deterioro de su credibilidad ante los súbditos.

Ante esta situación, la respuesta de José fue ignorar dicho decreto mediante la división de todo el país en prefecturas. Sin embargo no tuvo éxito, pues el emperador, a través de otro nuevo decreto fechado el 27 de mayo, creó otros dos nuevos gobiernos a su servicio: el 5.º de Burgos y el 6.º de Valladolid, a los que en febrero de 1811 aún se uniría un 7.º de Salamanca. En todos estos Gobiernos especiales se formaron algunas compañías francas, de gendarmes, o de miqueletes españoles que no formaban parte del ejército de José, sino del Imperio. No obstante, hemos decidido incluirlas igualmente en este libro en un apartado especial que bien podríamos haber llamado «españoles al servicio del Imperio».

El mismo mes que José retornó a su Corte, agosto de 1810, el mariscal Soult, que se había quedado en Andalucía para desempeñar el papel de un auténtico virrey, estableció la formación de unas nuevas compañías francas llamadas de escopeteros, a las que con el tiempo unirá un escuadrón de lanceros españoles y un batallón ligero de Badajoz.

Mientras tanto, los nuevos regimientos de José sufrieron continuos cambios de numeración, fruto de la refundición de varios que resultaron fallidos, de modo que, a excepción de la Guardia Real y de los Regimientos extranjeros, resultaban de escasa utilidad en el campo de batalla y, ni siquiera así, llegaban a completar sus fuerzas previstas.

El 12 de agosto de 1811 decía La Forest: «El Rey parece inclinar sus preferencias por la formación de compañías francas, que no llaman tanto la atención, ofrecen un cuadro más cómodo, los hombres practican mejor y cuestan menos», y es que, en efecto, ya no crearía nuevos regimientos, sino cuerpos francos con plantillas más reducidas que sí podían completarse.

En octubre, José hizo subir a Madrid a los 1156 hombres de los 3.er, 5.º, 7.º y 8.º Regimientos de Infantería y al 3.º de Cazadores, previamente desmontado. Todos ellos pertenecían al Ejército del Mediodía (Andalucía) y se buscaba con su adhesión completar y cubrir las bajas del Ejército del Centro, aunque hubo numerosas deserciones en el camino, debido a que corrió el falso rumor de que les llevaban a Rusia.

En marzo de 1812, en vísperas de la partida hacia la campaña de Rusia, el emperador nombró a José generalísimo de las tropas francesas en España. Sin embargo, los generales y mariscales de los distintos ejércitos se mostraron reacios a reconocer su autoridad, de modo que esta resultó poco menos que ilusoria. Esto unido a la retirada hacia Francia de treinta mil de sus mejores hombres reclamados por el emperador, propiciaron la gran derrota del mariscal Auguste Marmont en los Arapiles, el 22 de julio. En consecuencia, se vio forzado a retirarse con su Ejército del Centro hacia Valencia, y allí se le unió el mariscal Soult con el Ejército del Mediodía, tras haber abandonado toda Andalucía. En septiembre, se reorganizaron en Valencia todos los cuerpos españoles, fundiéndose unos en otros, de manera que el número de unidades fuese menor, pero con unos efectivos considerables, y así, por ejemplo, en la Infantería de Línea solo permanecieron el Real Extranjero, y el n.º 2, que tomó el n.º 1; mientras que en la ligera quedó solo el n.º 1, integrándose todos con la Guardia Real, y otros restos del Ejército, en la llamada División Católica del Ejército del Centro. Tan solo algunos guías, los lanceros y el 2.º de Cazadores siguieron en el Ejército del Mediodía bajo el mando de Soult.

Fue, en ese momento, cuando se dispuso que: «En lo sucesivo no se admita al servicio de José ningún oficial ni soldado» y concluía La Forest: «Esto es el residuo de este ejercito (sic) español, que ha agotado tan deprisa el tesoro real, y que ha devuelto sucesivamente al enemigo unos 50 000 hombres, en menos de tres años. El general O’Farrill y Su Majestad católica deberán al fin estar convencidos de que sin nación no se puede tener jamás un ejército nacional».

Con sus tropas reorganizadas, logró recuperar la capital durante algún tiempo, pero en marzo de 1813 se vio forzado a enviar a su her- mano otros 36 000 hombres de los franceses a sus órdenes, y a trasladar su cuartel general a Valladolid. En junio emprendió con los Ejércitos de Portugal, Centro y Mediodía su definitiva retirada hacia Francia, pero fue interceptado y derrotado en Vitoria, el 23 de junio de 1813, tras lo cual se refugió en el sur de Francia.

El 1 de julio, desde Dresde, el emperador destituyó a José del mando de sus ejércitos en España, que en su mayoría ya estaban en Francia y nombra como sustituto a Soult. Este había regresado en marzo a Francia y lo había sustituido el general Honoré Gazan, el cual volvía, así, a colocarse de nuevo al mando de las pocas unidades españolas aún existentes, ahora integradas en el nuevo Ejército de España, sobre las que el emperador escribió: «Los militares que componen estos cuerpos han seguido voluntariamente los destinos del ejército francés y del augusto hermano del emperador. Nada les forzaba al sacrificio que ellos han hecho abandonando su país, sus familias, sus fortunas; son el residuo de los militares españoles fieles a la dinastía francesa. ¿Su Majestad quiere hacerlos pioneros, les confunde en una medida adoptada para los cuerpos compuestos de desertores, de individuos que a diferencia de ellos no han dado pruebas incontestables de fidelidad? Yo suplico al emperador que me haga conocer sus intenciones sobre este asunto».

Pero de nada sirvió, ya que en diciembre todos los cuerpos se disolvieron y sus miembros pasaron a formar parte, en su mayoría, de los batallones de zapadores y de obreros.

Ejército español de José Napoleón

Luis Sorando Muzás

Desperta Ferro Ediciones

536 pp.

26,95€