¿Qué se esconde detrás de la máscara?

El filme “Joker” ha reventado la taquilla, levantado ampollas y se ha criticado a la productora por rodar una historia que apela a la violencia. Pero, ¿qué significado cultural y social hay detrás de la pintura de su protagonista? ¿Qué ideología oculta?

Dos máscaras modernas: la del Joker y la de «V de Vendetta». En ambos casos son una llamada para subvertir el orden social
Dos máscaras modernas: la del Joker y la de «V de Vendetta». En ambos casos son una llamada para subvertir el orden social

Desde el Rigoletto de Verdi al Joker de Todd Phillips, la máscara del payaso triste esconde verdades inquietantes que conciernen a la vida, la muerte, el caos y el apocalipsis.

Desde el Rigoletto de Verdi al Joker de Todd Phillips, la máscara del payaso triste esconde verdades inquietantes que conciernen a la vida, la muerte, el caos y el apocalipsis. Como muestra, la reciente y sobrecogedora versión fílmica del villano por antonomasia del ciclo de Batman. La sonrisa burlona del bufón esconde el abismo de una tragedia y ha hecho que la sociedad norteamericana haya reaccionado. Para algunos es una apelación al desorden y para otros una llamada a la violencia. Cuando el actor –un genial Joaquin Phoenix– se pinta la mueca tras la cual se esconde la vuelta al caos, para muchos se abren las puertas del infierno. El paréntesis distópico del anarquismo, que ya estaba en «V de Vendetta», vuelve momentáneamente al cosmos, al orden de la ciudad, reabriendo los boquetes de la vieja cosmogonía. Pero, ¿por qué nos fascina y nos inquieta la máscara? ¿Qué dios caótico inspiró al ser humano todo el extrañamiento, la alienación y la posibilidad de experimentar la otredad que se esconde bajo ella?

La historia de la máscara, relacionada en principio con la protección en rituales de caza, en fiestas de iniciación o en el combate (véase el libro «Masks: Faces of Culture» 1999), es muy larga: las más antiguas conservadas, en el Museo de Israel, datan de hace 9000 años. «Conoce la alternancia de la vida», decía Arquíloco (s. VII a.C.), devoto del Dioniso, el dios de la doble máscara, tragedia y comedia. Solo conociendo ambos lados se comprende el esplendor y miseria del ser humano. Más allá del disfraz, que transforma el cuerpo, y es capaz de transformar el género –es decir, el sexo social–, la edad y la condición, se podría decir que la máscara metamorfosea el alma humana.La antropología funcionalista, que estudia los mitos en su contexto social, ha mostrado la manera en que los rituales iniciáticos de los jóvenes que pasan al estado de adultos en la tribu o de las chicas que han de pasar por la iniciación de la pubertad antes de desposarse, atraviesan en muchas ocasiones rituales donde la máscara y el extrañamiento desempeñan un papel fundamental.

El dios de la mueca burlona

Y es que desde antiguo la máscara ha sido objeto de discusión filosófica, en torno a la naturaleza del caos, del cambio o de la identidad. Nietzsche afirma en «Más allá del bien y del mal» que «todo aquello que es profundo, ama la máscara». Con ello acaso evocaba la misión primordial del filósofo de quitarle la máscara a la physis («naturaleza») o al yo. Lo malo es que, al hacerlo, puede que no nos guste lo que vemos, como en el psicoanálisis de Freud o la otredad de Lacan: y como tantas veces, la máscara es doble y tras ella se agazapa el inquietante Dioniso, símbolo del gran misterio de la vida. «Prosopon» (literalmente, «lo que está delante de la mirada»), persona, personaje y a la vez máscara, evoca ese antiguo ingenio cosido con piel y pelo de cabra al principio de la antigüedad griega que está en la base, desde antiguos rituales de fertilidad y expiación sacrificatoria, de la tragedia –el canto del «macho cabrío» (tragos)– y de la comedia –el canto de la procesión dionisíaca (komos) o de la aldea (kome)–, como quiere la tradición, que luego alcanzaría cotas inusitadas en la Atenas del siglo V a. C. Enorme es la potencia poética y hermenéutica de Dioniso adorado como máscara, como estudia F. Frontisi-Ducroux en «Le Dieu-Masque» (1991): es un dios filosófico de enorme importancia desde Plutarco a Nietzsche, pasando por el idealismo alemán: es como si señalara en su paradójica ambivalencia, entre bromas y veras, ese momento de sabiduría existencial del que habla Arquíloco.

El rostro es nuestra identidad y la máscara es un desafío moral y ritual. Como «persona» también para los romanos, modificaba la personalidad de los iniciados y de los actores en muecas extrañas y transformadoras en ecos sonoros de su voz. Dice Belén Altuna en «Una historia moral del rostro» sobre la palabra «máscara» que «lo más curioso para nosotros es que el término designa, al mismo tiempo, la máscara (tanto la máscara escénica como la ritual). Es decir, los griegos carecían de un término específico para diferenciar lingüísticamente la cara de la careta, como tampoco las distinguían iconográficamente». Otro tanto se ve en el caso de la palabra «persona» en latín: una etimología popular la hace derivar del verbo «personare», o sea, resonar o sonar a través de algo, como posible recuerdo de que, la palabra para hablar de la individualidad, habría querido aludir en principio a la máscara teatral, que tenía la boca deformada para servir de caja de resonancia a la voz del actor. Seguramente sea un falso origen, pero en todo caso podría derivar de la palabra etrusca «phersu», que significaba «máscara»: ambivalencias del rostro y la careta, como ha visto Frontisi-Ducroux en «Du masque au visage» (1995).

Sin duda la máscara más inquietante sea la que esboza una sonrisa enigmática. Jean-Paul Vernant, en su trabajo sobre las máscaras de Dioniso, subraya las claves de la máscara cómica de la antigüedad griega para la psicología: «Subrayando a la vez las afinidades y el contraste entre la máscara trágica que sella la presencia de un carácter, que profiere la identidad estable de un personaje, y la máscara cultual, donde la fascinación de la mirada impone una presencia imperiosa, obsesiva, invasora, pero al mismo tiempo la de un ser que no está í donde parece, que está además en otros sitios, en vosotros y en ningún sitio: la presencia de un ausente –este juego se expresa en la ambigüedad de la máscara que lleva el dios y el extranjero–. Es una máscara “sonriente”, contrariamente a las normas de la máscara trágica, máscara, por consiguiente, diferente de las otras, desplazada, desconcertante ...». Por eso la mueca sonriente es más desasosegadora y nos pone ante un abismo insondable.

Regreso al caos

Pero también hay un desafío, una subversión política y social detrás de la máscara que tiene mucho que ver con su alma carnavalesca: en las fiestas utópicas de Dioniso y Saturno en Atenas y Roma, como las Antesterias y las Saturnales, se volvía todo del revés, los esclavos mandaban y se subvertía, con el aire fresco de la vuelta del caos, el orden establecido por un breve instante que, en cierto modo, traía de vuelta una edad de oro pretérita e igualitaria, también como «leitmotiv» político. Por ello el prestigio de la máscara como símbolo político en diversos regímenes de la historia: es una evocación del anonimato, del cambio de identidad, de la igualdad radical del ser humano. El Carnaval del medievo –siendo aun el más famoso el de Venecia– es heredero de esta utopía de la subversión en la antigüedad. Pero, como estudia Mircea Eliade, estas fiestas de vuelta temporal al caos, son una celebración del rito cosmogónico que exalta precisamente el orden, son paréntesis que vienen a legitimar la estabilidad de la comunidad política.Máscaras políticas en nuestro tiempo de gran simbolismo son las del movimiento Anonymous, heredadas del magnífico comic de Alan Moore y David Lloyd, «V de Vendetta», luego llevado al cine, esta vez una distopía política que invierte inteligentemente la idea política de la edad de oro.

La máscara es un desafío existencial, moral y político que nos plantea problemas de identidad incluso hoy, tantos miles de años después de que comenzara el uso ritual de este falso rostro en la historia de la humanidad. Hemos puesto máscaras a los héroes y los villanos, pero también a Dios, parafraseando el célebre libro de religión y mitología comparada de Joseph Campbell. Lo que hay detrás puede no gustarnos y, al hilo de la reciente película de Todd Phillips sobre el Joker, el reverso de la sonrisa se torna más inquietante que nunca.

La metamorfosis del héroe

La máscara encarna el viejo sueño arquetípico de la psicología jungiana del cambio de rostro, una experiencia culturalmente fundamental en la historia de la humanidad. Podemos recordar el relato de Borges «El espejo y la máscara». El cuento recoge la obsesión destructiva por la búsqueda del absoluto tras una personalidad humana: un rey le encarga a un poeta que componga un poema sobre su victoria y su gloria en un año de plazo, cumplido el cual el poeta le obsequia un poema perfecto y el rey, a cambio, le regala un espejo de plata, para luego encargarle un nuevo poema que, esta vez, no será convencional, por lo que, en la nueva identidad, el rey le regala una máscara de oro y le encarga un tercer poema: el último poema y el último regalo precipitarán la aniquilación de ambos, real o simbólica. ¿Quién no ha soñado con una máscara o un rostro que no es el suyo y que, ante el espejo, contiene una realidad estremecedora debajo de la apariencia? La metamorfosis del Joker es un buen ejemplo.