Silvia Marsó: «Quiero un país legal, me da igual la ideología»

Después de dar voz a Lorca e Ibsen, llega a Madrid con «El zoo de cristal», de Tennessee Williams

Ha sido muchas y famosas mujeres. Nora, Yerma... Las vidas del teatro, las del cine, las de la televisión. Ahora, Silvia Marsó se convierte en Amanda, la madre controladora y sobreprotectora de «El zoo de cristal», la obra que hizo famoso a Tennessee Williams, que puede verse en el Teatro Fernán Gómez dirigida por Francisco Vidal y en la que está acompañada por Carlos García, Alejandro Arestegui y Pilar Gil. También la veremos en un par de episodios de «Velvet» (Antena 3) como la madre de Mateo.

–La cosa va de familias, parece... Y menuda es ésta de la obra, ¿no?

–¡Sí! Es autobiográfica. Tennessee Williams nunca lo dijo claramente pero tampoco lo negó. Está hablando de su infancia, de su madre, de su hermana... aunque es una familia como podría haber muchas en cualquier lugar y época; es el encuentro entre las aspiraciones de una madre posesiva y volcada en exceso por el futuro de sus hijos, y éstos, que son totalmente opuestos entre ellos y la madre. Es una familia con muchos conflictos no resueltos desde el pasado porque el padre los abandonó en una sociedad en crisis que es la que podríamos vivir ahora.

–¿Las madres se pasan de protectoras a veces?

–Sí, aplicamos la educación que hemos recibido. Hoy en día se respeta más la voluntad de los hijos, qué quieren ser y hacer. Durante siglos los progenitores mandaban en su educación hasta que eran muy mayores.

–Si usted hiciera en casa como Amanda...

–No, nunca sería como ella. ¡Dios me libre! Porque además es una neurótica: un personaje que pasa del drama a la comedia en un segundo, de la risa al llanto y de la crueldad a la ternura más débil. Es un ejercicio de interpretación brutal. La misma frase a veces se divide en tres estados de ánimo.

–¿No se vuelve loca?

–Un poco: estoy al límite de la locura (risas).

–¿Cómo lo hacen las actrices para salir de escena, dejar al personaje atrás y luego tener una vida normal?

–Tengo cabeza y sé cuál es la parcela de interpretar y cuál la de ser persona. Los personajes no me influyen, pero sí que me enseñan a entender al ser humano. Además, los últimos que llevo haciendo, desde Yerma hasta Nora, de «Casa de muñecas», te muestran mucho de la humanidad. Te ayudan a entender qué harías tú en las circunstancias que atraviesan, a cuestionarte muchas cosas de ti mismo y de la sociedad.

–Otros actores no tienen tanta cabeza...

–Bueno, es como si haces un alcohólico, parece que tienes que beber, pero no. Yo he interpretado a una en «Gran Reserva: el origen» y no probé una gota de alcohol.

–¿No bebió porque no le gusta?

–Porque soy abstemia. Pero el actor tiene que ser muy observador, intentar entender a la gente, no cuestionar a nadie, porque a veces tienes que interpretar personajes con los que no estás de acuerdo y debes defenderlos y entenderlos. Ser actor te hace más tolerante frente a los demás...

–Ha interpretado a Yerma, Nora, Doña Rosita... ¿Se ha propuesto hacer todos los grandes papeles femeninos del repertorio del siglo XX usted sola?

–(Risas) Pues no lo sé, en realidad son ofertas de trabajo. Yo las acepto. He tenido la suerte de que en estos quince años me han ofrecido grandes personajes. Pero no es que yo los haya buscado. Cuando yo he producido, he hecho cosas más corales, obras con enjundia aunque no personajes tan importantes.

–¿Cuál es el «grande» que le queda, ése que mataría por hacer?

–No mataría nunca por un personaje...

–¿Y por algún otro motivo? ¿Nunca le han entrado ganas de asesinar a alguien?

–Eh... No. Pero pegar una paliza, sí. Aunque mis deseos son más autores que personajes. Había hecho Lorca, Darío Fo, Ibsen... me falta un Chéjov y un Strindberg. Aún tengo mucha carrera por delante.

–¿Qué ha de tener un papel para usted?

–Matices, que sea contradictorio, que no sea un esterotipo. Y, si puede ser, que se rebele contra algo, mejor. Me gustan las mujeres fuertes.

–¿Es rebelde?

–No como persona. Soy muy prudente en la vida. Pero sí lo soy a través de los personajes: me gusta luchar a través de ellos, crear opinión y que la gente se cuestione su vida, su entorno, cuestiones sociales... Todo a través del teatro y el cine. Suelo hacer películas de autor, comprometidas... Aunque no todo es así. Mi última película es una comedia romántica que ha dirigido Alfonso Albacete. Yo hago un papel pequeño, muy bonito y no te va a cambiar la mentalidad de nadie... o sí. Se llama «Sólo química» y habla de que el amor es sólo eso...

–¿Cree en eso? ¿Es romántica?

–(Risas) No creo en absoluto en esa teoría. Pero está bien que la película lo plantee.

–No me ha dicho a quién le daría esa paliza...

–A bastantes políticos de este país. No me gusta el derrotero que está tomando todo. Nos crecen los enanos. Estoy abrumada como ciudadana.

–El teatro puede ser un altavoz para ese cabreo, para la denuncia. ¿Prefiere esa vía o hablar como personaje público?

–A veces, sobre todo desde muy jovencita, he abanderado la ecología como un estandarte. Ahí me mojo muchísimo. Lo que pasa es que ahora ya me desborda. Ahora se me junta todo.

–A lo mejor si hubiéramos mandado a algunos corruptos al teatro antes, de jóvenes, otro gallo nos cantaría...

–Quizá hubieran reflexionado, pero depende de la sensibilidad. Yo encuentro que la codicia es el mal de este siglo. Hablo de España, que es el país que conozco, porque pasé unas vacaciones en Noruega y aluciné con cómo vive la gente, lo bien que están todos, su impresionante calidad de vida... ¡No hay políticos corruptos! ¡Yo quiero un país así! ¡Una nación legal, de gente que trabaje por la gente! Me da igual de qué ideología sea. Puedo estar desencantada de varias, lo que quiero es que sean honrados y que los ciudadanos no tengamos que salvar a a los bancos que luego desahucian a la gente. Es una situación sórdida. Es todo tan desorbitado que parece una mala comedia. Es un teatro malo el de nuestro país.