El Galileo redondo de Bertolt Brecht

Ramon Fontserè (izquierda) y el resto del elenco se enfrentan a un escenario de 360 grados
Ramon Fontserè (izquierda) y el resto del elenco se enfrentan a un escenario de 360 grados

La responsabilidad social de la ciencia y la importancia de retractarse en determinados momentos son los ejes alrededor de los que gira la «Vida de Galileo».

Giordano Bruno no pudo evitar la hoguera porque, por entonces, sus afirmaciones no se podían comprobar. Y, de haberlo hecho, no hubieran servido más que para acusarle de hereje... y así fue. El poder estaba en la Iglesia y ésta decía, sin discusión alguna, que el hombre y la Tierra eran el centro del universo. No hay más. El calendario barruntaba el final del siglo XVI y el astrónomo y filósofo napolitano ya estaba en un punto de mira que terminaría consumiéndole al calor de las llamas en 1600. Sus esfuerzos por demostrar las teorías heliocéntricas que ya Ptolomeo intuyó en épocas clásicas fueron en vano. Pero claro, «ahora» –entrado el XVII– había un instrumento que cambiaría todo: el telescopio. Con él llegarían esas pruebas irrefutables que demostrarían a los opositores que todos ellos tenían razón. Al menos, así lo pensaba el señor Galilei.

Iluso él, pues todo seguiría igual. En parte, porque si bien la maza inquisitoria se mantendría inalterable –como bien pudo comprobar en sus carnes–, no ocurriría lo mismo con la astronomía, que, gracias a sus estudios del sistema copernicano, iba a encontrar un nuevo punto de inflexión. Las bases de sus antecesores se irían confirmando con su trabajo, basado en el convencimiento de que el progreso de la ciencia llevaría al avance de la sociedad. Luchando contra esos altos poderes, que primero le condenaron a muerte y luego le conmutaron la pena con un arresto domiciliario, Galileo consiguió hacer de su pasión una responsabilidad social –más allá de sus aportaciones–. Y es en este punto en el que gira uno de los ejes de «La vida de Galileo», en la que Brecht cuenta sus últimos 30 años. Quizá los más heroicos para el responsable de la adaptación del CDN, Ernesto Caballero, por «la decisión de romper y abandonar ese papel de hombre reconocido y disputado por las grandes cortes italianas que le tienen como científico cualificado». Ese algo más para Galileo que le hizo pasar la línea del mundo, hasta entonces, exclusividad de los humanistas.

Un compromiso que tres siglos después entendería y recogería otro de los grandes de la ciencia universal, Einstein. Él fue el que, tras ser señalado como parte culpable de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, dijera en consonancia con esa «ciencia buena»: «Condeno totalmente este recurso contra Japón, pero no pude hacer nada para impedirlo».

Tercera versión

De esta forma, quedan englobados en un mismo grupo Galileo y Einstein, o al menos así fue dentro de la cabeza de Brecht, que, con «La vida de Galileo» escrita y con la mente puesta en contar la historia del alemán, vio trastocados sus planes con la mercancía lanzada desde el «Enola Gay» y el «Bockscar». Los acontecimientos obligaron al dramaturgo a cambiar en 1955 la obra sobre el astrónomo de nuevo –pues ya había tocado el original de 1938–. Su preocupación ética por los hechos y algunos aspectos de la vida del físico judío se vio reflejada en esta tercera versión, en especial en sus últimas escenas. Y a este punto es al que ha acudido Ernesto Caballero para empaparse de Brecht y poner en funcionamiento su «Vida de Galileo», más concretamente en el punto de vista del autor y en la retractación: «Esto no sólo marca un hito en la ciencia, sino también en la modernidad –explica el director–. Brecht siempre quiso hacer una obra sobre Albert Einstein. Si bien en todas las versiones el autor planteó una reflexión sobre el progreso científico y el progreso social, es cierto que a partir del uso de las bombas atómicas se empezó a cuestionar su beneficio», pues estudió la retractación en la última versión como un momento crucial cuando la ciencia se especializa y se desentiende de la vida de las personas. Lo que, «según Brecht, puede conducir a una tecnificación que puede acarrear consecuencias nefastas. Como decía Einstein, hay que cultivar la actitud de no dar nada por sentado, de que todo es provisional. Ése es el tema de la obra la responsabilidad social del científico, y la resistencia a la verificación empírica de los fenómenos, de cómo las creencias pueden ser refractarias a la razón. El error de Galileo es pensar que a él no le va a pasar como a Bruno».

Así el dramaturgo alemán, apoyado en esa serie de rectificaciones –de la Inquisición, de Galileo, del propio Einstein, de él mismo con sus versiones del 39, el 46 y el 55...–, lo que quiere plantear es la resistencia de toda una estructura establecida al cambio. Admitir principios que se dan por sentados y que generan un proceso de desestabilización que puede poner patas arriba la estructura social. Porque ver la realidad descoloca: «Cuando el hombre ve la verdad comienza una noche de infortunio y un momento de ofuscación cuando cree en la razón del género humano. Ya sea para bien o para mal», dice Caballero citando a Sagredo. En éstas se ve el científico cuando no es capaz de hacer ver o, al menos, explicar a su audiencia que eso que tienen ante ellos –por ese telescopio holandés que, de oídas, perfeccionó– es la verdad absoluta.

Mucha responsabilidad social y vueltas atrás sobre las que gira el montaje, pero el protagonista indudable de todo es un Galileo que interpreta Ramon Fontserè. Figura en la que ha descubierto a «un hombre contradictorio, a un científico apasionado e incluso obsesionado con su trabajo, capaz de poder con todo hasta el punto de dejar de lado a la familia muy típico en los genios, que se entregan a su tema, pero que pasan absolutamente del resto». Así define el actor a un personaje que quiere desligar de la provocación: «Son cosas de los pioneros». «Cualquiera que dice algo antes de tiempo, aunque tenga más razón que un santo, provoca reacciones muy a su pesar», amplía Caballero, que compara a Galileo con el propio dramaturgo alemán «como dos almas gemelas». El científico lo único que buscaba es hacerle justicia a lo que sus ojos veían y terminó defenestrado hasta perder la vista en el sótano de su casa, mientras «hacía su propio teatro» –dice Fontserè–, pues pese a la prohibición él siguió analizando las manchas solares.

Viendo que la historia de la vida de Galileo es más que conocida, el punto en el que Ernesto Caballero quiere poner el enfoque es, como hicieron Bertold Brecht, en «indagar las razones de los actos de los personajes, o sus omisiones», además de ahondar en el propio papel de un dramaturgo alemán «que se revisaba, se cuestionaba y que muestra una actitud de alerta que antepone el pensamiento por delante de muchos prejuicios». Como Galileo.