Teatro

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El largo viaje de Mario Gas y Vicky Peña hacia la noche

Mario Gas y Vicky Peña, como el patriarca de la familia protagonista y su esposa, en un momento de la función
Mario Gas y Vicky Peña, como el patriarca de la familia protagonista y su esposa, en un momento de la funciónlarazon

Cuando falleció Miguel Narros, a mediados de 2013, uno de los hombres de teatro que mejor lo conocieron, José Carlos Plaza, recordaba para LA RAZÓN cómo, de todos los espectáculos que aquél dirigió, uno le había impresionado especialmente cuando era aún un joven espectador: «El largo viaje hacia la noche». No deja de ser significativo que el texto más autobiográfico de Eugene O'Neill (1888-1953), escrito en 1941, y uno de sus dos o tres títulos más celebrados –junto a «Aquí está el vendedor de hielo» y «Deseo bajo los olmos», sin olvidar «A Electra le sienta bien el luto» y «Más allá del horizonte»–, resultara, por expreso deseo suyo, una obra póstuma no estrenada hasta 1956. Hoy, el drama familiar, gélido y herido, de la familia Tyrone, es un clásico contemporáneo. Al margen de Narros, también se asomó a este texto Álex Rigola, en 2006, con una llamativa propuesta escenográfica que encerraba a sus personajes en un hogar moderno, una especie de casa de muñecas minimalista y giratoria en la que contemplábamos a sus habitantes como a hormigas en un terrario.

«El largo viaje del día hacia la noche», así, en su título más cercano al original («Long Days's Journey Into Night»), regresa a España de la mano de Juan José «Cuco» Afonso, adaptado por Borja Ortiz de Gondra, que ha trabajado desde el texto inglés para dejar sus cuatro horas en dos de función, «limpiando» las referencias y diálogos más literarios. Y vuelve con un encuentro en escena que tiene algo de duelo actoral y algo de reunión familiar: Mario Gas y Vicky Peña, al frente de un reparto que completan Juan Díaz, Alberto Iglesias y Mamen Camacho. Y es que nadie ha dirigido tantas veces a Peña como Gas. Desde los tiempos de «La reina de belleza de Leenane» y «El temps i els Conways» hasta las más recientes «Sweeney Todd» y «Un tranvía llamado deseo». Tampoco es la primera vez que actúan juntos: Gas hizo muchas sustituciones en «A little night music», entre otros títulos, y en «Follies», con él en una pequeña aparición, volvieron a coincidir. Pero ésta es la primera vez que se miden en papeles protagónicos. «Es un hombre de teatro, le gusta actuar, le gusta dirigir y se le ve como pez en el agua: es un medio que resulta natural para él. Además aquí, con unos personajes que tienen una relación muy íntima, cálida. Se entienden mucho a pesar del dolor que se causan el uno al otro. Ha sido muy divertido, gozoso, trabajar con Mario», cuenta la actriz. Y añade Gas: «Yo me he acercado esta vez con el respeto que implica trabajar con esta mujer encima del escenario. Suerte que me concentro mucho, si no, me quedaría admirando lo que hace como un espectador. Pero hemos sido, en el mejor sentido de la palabra, dos perfectos desconocidos, atentos a los personajes, al director y a la compañía, y hemos empezado a trabajar sin trampa ni cartón, intentando buscar la verdad de los personajes y de los conflictos».

Como su título indica, la obra arranca con el amanecer, en una larga y calurosa jornada de 1912, y escarba en las miserias de los cuatro protagonistas hasta que cae la luz del día: el padre, James, un actor frustrado y avaro hasta el punto de condenar a muerte a un hijo enfermo con tal de no gastar. La madre, Mary, que arrastra sus propios demonios y adicciones. James Jr., el mayor de la prole, vive una juventud apática disperso en burdeles. Edmund, el menor, es víctima de todos y de sí mismo por acomodarse en su piel de cordero mientras la enfermedad le consume.

Que la caracterización de Gas –al que le han recortado la barba y el pelo y le han dejado un fino bigote– lo acerque a la imagen que todos tenemos de O'Neill no es casual. Quizá por ser su obra más autobiográfica, el premio Nobel norteamericano de sangre irlandesa vetó el estreno de este texto en vida: no subió a las tablas hasta 1956, cuando su viuda dio permiso. «Ese actor es su padre, ese personaje que le llevó a la fama y que luego le condenó a no hacer nada más, es el señor O'Neill padre –explica Vicky Peña–. El propio escritor es el personaje que hace Juan Díaz: tenía tuberculosis y, curiosamente, sobrevivió, aunque en aquel momento era una enfermedad mortal, y ésta es una de las cuestiones que hacen a la madre evadirse en una adicción que parecía que tenía superada. Todo lo que se cuenta es cierto. O'Neill escribió en 1940 sobre ese día de 1912. Tardó treinta años en metabolizar ese dolor, esa soledad, ese desconsuelo y esa desorientación de un chaval con espíritu aventurero, un hálito poético enorme y cierto carácter melancólico». En ese intento no de juzgar, sino de comprender a sus seres queridos, «se saca las tripas y las pone sobre el papel».

Una familia muy «normal»

Un siglo después de los hechos, O'Neill es un clásico porque, como recuerda Mario Gas, «las obras que aciertan a explicar problemas no resueltos por el tiempo, y lo hacen por vía metafórica y poética mientras esos fantasmas perviven en los seres humanos, en su entorno más íntimo y familiar, siguen siendo vigentes, y eso es lo que tiene esta obra». Hoy no hemos cambiado tanto, viene a explicar el que hasta comienzos de verano fue Julio César en otro montaje que ha tenido una buena acogida. «El gran teatro –añade el actor– es el que supera barreras del tiempo y aún nos habla al corazón y a la cabeza». El de los Tyrone, explica Vicky Peña, es un viaje «oscuro y turbio, muy espeso. Pero lo importante es la luz que el autor proyecta sobre esas turbulencias. A través de esta luz, se refleja en el espectador y puede llegar a conclusiones muy esclarecedoras».

Lingotazos de ginebra, picotazos en vena de morfina, burdeles de pueblo. Al final, descubrimos que los Tyrone no son la familia normal que creíamos o, si se prefiere interpretar así, que se trata de una familia de lo más normal. «Ninguna familia es normal. probablemente ambas cosas sean ciertas. En ese descenso a los infiernos que el autor propone hay dolor, hay soledad, hay egoísmo, pero hay amor. ¡Se quieren mucho, pero se quieren muy mal!», explica la actriz. «Todos hemos podido sentir en algún momento lo mal que expresan sus cariños, cómo a veces éstos pueden ahogar, estrangular. En eso O'Neill fue muy exacto describiéndolo».