«La repetición me parece asesina y mortal. Me aburro de mí mismo»

Paco Azorín rescata «Maruxa» después de 40 años en el cajón para sacarla de la banalidad de su libreto original y reubicarla, a golpe de pizarra negra y chapapote, en la Galicia manchada por la desgracia del «Urquiola». Es su vuelta al Teatro de la Zarzuela, como director de escena y escenógrafo, tras el exitazo de «María Moliner»

Paco Azorín, director de escena y escenógrafo
Paco Azorín, director de escena y escenógrafo

Rescata «Maruxa» después de 40 años en el cajón para sacarla de la banalidad de su libreto original y reubicarla, a golpe de pizarra negra y chapapote, en la Galicia manchada por la desgracia del «Urquiola». Es su vuelta al Teatro de la Zarzuela, como director de escena y escenógrafo, tras el exitazo de «María Moliner»

Mantiene que lo suyo sobre el escenario «es un juego» y que se siente un «privilegiado» cobrando por ello. Para el resto, es alguien diferente. Montaje que levanta Paco Azorín (Yecla, 1974) –ya sea como director o escenógrafo; en el teatro, la ópera o la zarzuela–, montaje que difícilmente no triunfa. Ahora es turno de la ópera y del Azorín por duplicado en «Maruxa», la obra de Amadeo Vives que levanta un siglo después de su estreno junto a José Miguel Pérez-Sierra, al frente de la música. Una pieza que llevaba en el cajón más de 40 años «por una dificultad musical extrema y por la falta de peso del libreto, que es una tontería de pastores» –resume–, pero «como me gustan los retos vamos al ataque». Regresa así al Teatro de la Zarzuela –desde el día 25– después del buen regusto que dejó con «María Moliner» hace casi dos años.

–Creo que es un camino consecuente en el que vamos a dar la vuelta a «Maruxa» para que parezca que está escrita ayer.

–Una obra que pasó de ser zarzuela, en el original, a la ópera, pero ¿cómo va a ser la versión de Azorín?

–Por la banalidad del libreto la he traído a los años 70 y rescatado el tema: una égloga pastoril en la que Maruxa y Pablo, una pareja de pastores sin grandes pretensiones, son sometidos por los señores de la casa en una especie de lucha de clases. Es un gran canto a Galicia, como en su día lo fue el movimiento Nunca Mais, cuando todo el pueblo se juntó para limpiar el paisaje. Que viene a ser una metáfora de lavar la identidad, lo que somos, las playas que nos dan de comer como marisqueros y pescadores... Entonces, pensando en que lo del «Prestige» no fue un acontecimiento aislado en la historia gallega, me fui al «Urquiola», que es un pasado reciente o un presente lejano.

–Un referente para el público...

–Sí, pero sin la frescura de los «hilillos» del «Prestige», que no me interesaban.

–Una desgracia bastante repetida...

–El «Urquiola» en el 76, el «Andros Patria» dos años después, el «Mar Egeo» en el 92, el «Prestige» (2002)... Pero es una situación que me daba a todos los personajes de la obra: los que viven en comunión con la naturaleza y la familia bien que siempre han tenido la sartén por el mango y que aquí son los propietarios del barco. Les da igual el paisaje y lo único que quieren es ganar dinero. Sin haber cambiado curiosamente ninguna sola palabra del libreto ni de la música hemos conseguido reinstalar la trama en ese momento.

–¿Ha hablado con alguien que lo viviera en primera persona?

–No he buscando, pero me he ido encontrando a gente. Hemos querido que apareciera la propia Galicia personificada en una bailarina y usamos unos versos de Rosalía de Castro, de «Cantares gallegos», que explican lo que es su tierra para los gallegos: «Lugar más hermoso en la tierra no hubo jamás». Esa voz la hace María Pujalte, de A Coruña, que recuerda perfectamente el accidente.

–¿Tiene usted alguna conexión «galega»?

–Ninguna, pero como catalán de adopción hay algo de la identidad, sin entrar en nacionalismos, con el paisaje que me interesa trabajar aquí. Somos paisajes: nuestra manera de ser, de comportarnos, de hablar, de vestir... Cuando se ensucia nos manchan a nosotros.

–Te tocan algo dentro...

–Claro. Y además está de actualidad con los incendios de este verano, que vuelve a ser lo mismo: los especuladores contra el paisaje. Les da igual cargárselo.

–Vamos, que se podría cambiar el «Urquiola» por ello.

–Perfectamente. La última imagen para el espectador es que vuelven los señoritos y decimos «continuará» porque mientras haya especuladores el paisaje importa una mierda.

–¿Cómo se personifica Galicia en una bailarina?

–La Diosa Galicia, una deidad omnipresente, omnisciente y omnipotente. De una manera mitológica. Será mancillada bajo un chorro de chapapote cuando éste aparezca. Aunque pudiera parecer que tiene tintes trágicos, me gusta acabar con el doble mensaje de que los especuladores siempre van a estar ahí, pero el pueblo también.

–De contrapeso.

–Si tuviera que decantar la balanza, daba por vencedor al pueblo.

–Por suerte...

–Claro (risas).

–¿Es Galicia tierra de dramas?

–(Piensa) De contrastes. Trabajamos sobre la idea de una Galicia mágica, encantada...

–...De« meigas».

–Sí, pero, aun así, es un lugar muy real, con los pies en el suelo. Me parece que lo interesante de lo que es España está en la periferia. En la suma de las culturas gallega, cántabra, euskera, catalana, andaluza...

–«Libreto banal», decía. Entonces, ¿por qué centrarse en «Maruxa»?

–Me lo propuso Daniel Bianco y encontré la conexión para hablar del «Nunca Mais» y lo que significa la dignidad de un pueblo. Le puse la condición de hacerlo de esta manera.

–Tu «Maruxa».

–Sí. Me respondió que «por supuesto» y aquí estamos.

–¿Cuál es la declaración de intenciones para hacer ópera española o zarzuela del siglo XXI (que no en el siglo XXI)?

–Todo debe estar dirigido al público de hoy. Molière no hacía teatro como los griegos porque no hubiera tenido sentido. Por tanto, tengo un compromiso irrenunciable con la contemporaneidad. Y en ese sentido, el género lírico español tiene esa asignatura pendiente: actualizarse. No podemos seguir haciendo cosas como hace un siglo. Eso es una especie de error artístico que no se ha producido nunca en la historia del arte.

–¿Cómo es ese trabajo de reconstrucción?

–Hay que sacar los parámetros universales del texto y difuminar las ideas localistas.

–¿Qué ideas preconcebidas tiene el público joven con estos géneros? Vienen a entenderlos como algo «viejuno».

–Diré que no tiene ideas preconcebidas, creo que somos los profesionales quienes pensamos que existen.

–Algo habrá, porque es difícil verlo en la Zarzuela.

–Eso es verdad, pero es un problema de la gestión. Se debe trabajar para ellos, para que lo que les demos les interese y les haga volver. Llevar al público joven al teatro es un proceso muy complejo. Pero creo que es muy inteligente y cuando se le dan cosas buenas reacciona. Si queremos interesar al público de 30, encima de las tablas tiene que haber directores de 30 años.

–A todo esto, ¿con quién estoy hablando? ¿Con el director o con el escenógrafo? ¿Con el hombre de zarzuela, de ópera o de teatro?...

–No tengo problemas de personalidad (risas).

–Lo que sí es indiscutible es que sus escenarios llaman la atención, son diferentes.

–Es un halago. Me esfuerzo mucho en no hacer lo que ya sé hacer. La repetición me parece asesina y mortal. Me aburro de mí mismo. Lo que ya he visto no me interesa nada. Desde pequeño tengo una extraña curiosidad con la pregunta ¿y si...?

–¿Pone en aprietos el director al escenógrafo y viceversa?

–El mi caso no, me llevo muy bien con el escenógrafo Azorín. No discutimos nada y si alguna vez lo hubiera hecho no lo contaría.

–¿Cómo describiría sus propuestas? ¿Minimalistas, sostenibles...?

–No tengo por costumbre definirme. Si no me metería en una vorágine en la que no sabría qué es blanco o negro. Pero por lo que me dicen, hay un «estilo Azorín» muy reconocible. He preguntado qué es y me dijeron que son «propuestas muy sencillas, pero altamente poéticas». No lo había pensado, pero no me importaría que fuera eso.

–¿Se siente por encima de la media?

–Uy, la verdad es que no. Creo que la visión de lo que he conseguido o quien he llegado a ser la tendré 10 segundos antes de morirme.

–Entonces, que tarde un tiempo todavía.

–O no (risas). Obviamente ha merecido la pena. Pero, a pesar de haber hecho 300 montajes como escenógrafo y casi 30 como director, donde creo que sí he hecho una aportación es en la educación. Ahí explico mi teoría de que el escenario es el lugar donde todo puede suceder. No es un lugar realista, puede llover de abajo a arriba y podemos caminar boca abajo. Pienso que en el terreno de la docencia hay gente que me sigue y en el que he dejado una semillita para que algunas personas tengan una mentalidad más abierta.

–¿Y el tema de pasarse a la gestión cómo lo lleva?

–Me va a rachas. Me gustaría por el tema de acercar la lírica a la gente joven. Ahí, más como persona que como artista, me siento implicado. Es una obligación. Tengo la sensación de que somos transmisores del legado de una generación pasada y debemos pasarlo. No me gustaría no hacerlo. No sirve de nada que nos lo quedemos. Eso es arrogancia, conformismo...

–Avaricia...

–Sí señor. Todos los pecados capitales. También te digo que es algo que en mi imaginario está en los próximos 20 años, ahora estoy encantado de estar jugando.

–Para acabar, escribió un tuit en el que decía «Deseo para 2018: ser uno mismo». ¿Ha dejado de ser Paco Azorín?

–Muy poco. Pero creo que, sin ponerlo en el titular y sin que se saque de contexto, la libertad de expresión está sobrevalorada, es mucho más importante la libertad de pensamiento. ¿De qué sirve decir lo que se quiera si tu pensamiento está coartado por el capitalismo, los medios, las campañas publicitarias...? Incluso lo que dicen los intelectuales de hoy son ideas de segunda mano. Todo son citas de la cita de la cita y conceptos prestados. Por eso, el propósito de ser uno mismo es hablar y pensar libremente en la manera que crees que debes hacerlo.