Tom Burns Marañón: «Hay un aspecto bonapartista en los partidos políticos españoles»

El escritor hispano-británico publica «Entre el ruido y la furia», un análisis del fin del bipartidismo en España y donde repasa algunos de los problemas actuales, como la falta de una cultura del pacto en la política, el alejamiento de los partidos del ciudadano o la necesidad de una ley electoral nueva.

Tom Burns Marañón entra en el despacho con una taza de café y una cajetilla de cigarrillos, quizá porque una conversación necesita de una muleta externa que aliente el diálogo, que de alas a la reflexión. El escritor, que publica «Entre el ruido y la furia. El fracaso del bipartidismo» (Galaxia Gutenberg), que es algo más que un libro, es la meditación última de lo que sucede en el país, habla con palabras demoradas, dejando alguna ironía entre sus frases, de nuestra política, pero también de la avaricia, la crisis económica y las fracturas sociales.

–Dice que la caída del muro de Berlín abrió un tiempo de codicia.

–Es un cheque en blanco para ella. Mientras existió la Guerra Fría, la gente y los gobernantes eran rigurosos en lo que hacían. Cuando no hubo riesgo nuclear, ya se podían hacer otras cosas, como ganar dinero y pasarlo bien. Existe un momento de euforia y la condición humana, siendo la que es, muy pronto la traslada a una cosa desenfrenada. No es que se produjera una ausencia de valores, es que los valores que existían pasaron a mejor vida y no se conformaron los nuevos. Surgen otras preocupaciones importantes, como el cambio climático, la igualdad real... Pero todo eso es más difícil de trasladar a un programa político.

–Habla de «ausencia de valores y pensamiento desordenado».

–Es vital entender esto. Durante toda la historia ha habido un canon común de creencias y valores. Los hijos leen los mismos textos, hablan de las mismas cosas y les preo-cupan los mismos temas que a sus padres, y sus padres venían de esa experiencia. En los últimos 40 años ya no es así. La rapidez con la que se han introducido las nuevas tecnologías ha afectado a las conductas de la gente. Cuando comenzó el teléfono, se tardó medio siglo hasta que la población lo tuviera. Hoy se inventa el iPhone y a los tres años la mitad de la humanidad lo usa. Esta inmediatez es difícil de digerir y ayuda a consolidar un pensamiento desordenado. Eso ha causado rupturas generacionales.

–¿Algo de ello hay en los nacionalismos, en los populismos?

–El nacionalismo surge a la vez y al tiempo que la globalización, que es un fenómeno nuevo. Hay un elemento de humillación en el nacionalismo, de que te sientes rechazado, no tenido en cuenta, y esto es normal con la globalización.

–¿Por eso salió Trump?

–Los que votan a Trump son los que apoyan el voto antiglobalización, anti Nafta, el acuerdo con México y Canadá, pero sobre todo la idea de que los empleos americanos salen de América. Es una afirmación de valores americanos, los valores del Midwest, no los de California, Boston o Nueva York. Trump es la personificación de un sentido de ser americano y de sentirse así sin complejos ante los demás. El Brexit es lo mismo. El eslogan en el Brexit es «quiero recuperar mi país».

–En su libro afirma que en España hay nuevos ricos iletrados e irresponsables.

–España viene de un retraso secular que tiene sus explicaciones en el siglo XIX. Partiendo de ese retraso, entra en los planes de estabilización de los 60, después en la Comunidad Económica Europea, de ahí a Maastricht y luego a 2000 y la moneda común. España cubre en medio siglo lo que en otras sociedades europeas ha sido un proceso de 150 años. En una tercera parte del tiempo, se pone al nivel de sus pares europeos, que eran los paradigmas del progreso. Y es fantástico que España tenga sanidad y enseñanza universal, que la renta per cápita suba de 5.000 dólares al año a 30.000 y todas esas cosas que vienen con la prosperidad y la clase media. Lo que pasa es que, aunque sea cruel, hay muchos nuevos ricos que antes eran pobres; son iletrados en el sentido de que no se ha digerido el pasado. Al contrario, no se quiere saber nada del pasado, se quiere partir de cero. Existe un elemento de irresponsabilidad. El mayor ejemplo de irresponsabilidad de las élites políticas de este país ha sido no asumir el franquismo. Esto crea grandes dificultades. No puedes eliminar esa etapa, condenarla, sí, de acuerdo, pero no puedes taparla, como si no hubiera ocurrido, porque si lo haces no entiendes dónde estás. Alemaniadebe convivir con el Holocausto. Aquí la persistencia de las dos Españas es trágico. Me pareció muy negativo el discurso de la ley de Memoria Histórica. No la ley en sí, que es inocua, que lo que dice es que hay que dar pensiones a represaliados, que me parece bien, y ayudar a la gente de la cuneta, que es estupendo, pero eso estaba. Lo que ha sido nefasto fue su espíritu.

–También culpa a los nuevos ricos de la bancarrota...

–La alegría con la cual la gente se endeuda para comprar una segunda vivienda o un coche de alta gama es contraproducente. El español tradicional ha sido prudente y ahorrador. En los 90 se vive en la gran fiesta y por eso la resaca en 2008 es brutal. Luego, los bancos prestaron alegremente dinero con las consecuencias que conocemos; las cajas de ahorro son politizadas, son para comprar votos, adhesiones... La falta de énfasis en hacer el trabajo bien y con dignidad, el trabajo bien hecho, algo no tan raro en lo español, va desapareciendo y se buscan los atajos, lo fácil, cuando debería ser lo contrario... Pero puede que me esté haciendo mayor (risas).

–¿Cuál es el problema de la política española?

–Habría que abrir un debate sobre la Ley Electoral, que se redactó para las elecciones a las Cortes constituyentes de 1977. Cuando, en el Ministerio de Justicia, un gabinete de juristas la crean, en ningún momento, pensaron que estaría vigente 40 años después. Ellos la redactaron para unas primeras Cortes, en las que lo importante era constituir bloques amplios de partidos y que esas Cortes constituyentes desarrollaran luego otra más abierta para los votantes. La idea de listas cerradas y que sea el aparato del partido el que las elabora te vale para unas constituyentes, pero, a partir de ahí, el diputado debe ser alguien más cercano a su votante, y no lo es porque está en una lista que es votada por el aparato. Lo que desaparece es el control del ejecutivo del Gobierno por el Parlamento, porque los miembros del Parlamento están ahí porque lo quieren los partidos. Su obediencia natural es hacia el aparato del partido, y no para el votante.

–¿El efecto?

–Que igual el partido político tiene poca idea de lo que siente la gente, porque sus cuadros están alejados de ella. Entonces se guían por las encuestas, por lo que le preocupa a los españoles, aunque lo importante es estar cerca del pueblo, porque sino se crea una clase política endogámica, que está dirigida. Hay un aspecto bonapartista en los partidos políticos españoles: aquí el jefe. Hay un cierre de filas y no se mueve nadie. La discusión, la disensión, el debate están ausentes. La cultura política española es muy cerrada y es consecuencia de la ley electoral.

–El fin del bipartidismo. ¿Por qué?

–La corrupción. Las nuevas generaciones de votantes no la admiten y salen partidos limpios, como Ciudadanos, Esquerra o Podemos. La corrupción es la manifestación de esa política clientelar donde estás comprando el voto a partir de una partitocracia y de los aparatos endogámicos.

–Eso desencadena...

–Desde las elecciones del 20 de diciembre de 2015, los partidos tradicionales puede hacer una mayoría suficiente. Hay otras formaciones en el Parlamento, el cual está fragmentado. Ninguno de los partidos del reinado de Juan Carlos tienen el control y deben buscar una coalición, pero como siempre han podido gobernar por su cuenta, o con el apoyo de la minoría catalana, no existe la cultura de la coalición.

–Y aparece nacionalismo catalán.

–El independentismo en Cataluña se hace más fuerte por la debilidad del Gobierno central. Zapatero lo ayuda y Zapatero coincide con Maragall, que lo impulsa de una manera bastante aventurera, porque el estatuto de 2006 no era un clamor de la sociedad catalana. Ni la mitad del electorado vota a favor de él. No era una preocupación. Era el juguete de Maragall, Esquerra y el tripartito. Después de que el estatuto fuera recortado por el Tribunal Constitucional en 2010 y las manifestaciones de Barcelona, el independentismo coge carrera. Cuando Artur Mas se da cuenta de que la centralidad en Cataluña está en la calle, la Diada, y él se pone delante de una manifestación, ya está la hoja de ruta hacia la independencia. Mas y Puigdemont se aprovechan de la debilidad del gobierno central, que está atado de pies y manos por el problema de la Eurozona, pero luego en 2016 tienes la parálisis institucional. Si no hubiera habido fragmentación del parlamento y sí un gobierno sólido y de coalición en 2016, se podría haber encauzado ya el problema catalán.

–Los nuevos partidos han tenido este efecto negativo.

–Pensar que el PSOE y el PP no están en el Ayuntamiento de Madrid y Barcelona o Valencia es muy fuerte. Ahora vivimos en un momento en que se han parado los relojes hasta elecciones europeas y municipales de 2019 . Creo que es muy necesario darse cuenta de que esto es bastante desastroso y que la situación en la que se está resulta bastante disfuncional. Puede haber un presupuesto cogido con alfileres, pero no es lo que se merece este país. Para intentar hacer las cosas mejor hay que reconocer los errores y las malas prácticas. El pensamiento desordenado nos ha llevado a esto.

–¿Los retos?

–Hay otros discursos en la política española. Uno es el de la corrupción y el otro el territorial, si España va hacia una recentralización o un Estado más federal o plurinacional. El de la corrupción necesita otros partidos y otros políticos. Hay una serie de políticos que tienen que retirarse y los partidos deben tener sistemas más abiertos, transparentes y rendir de cuentas, eso requiere un cambio de la Ley de Electoral.

«España nos roba», una afirmación triste e incierta

Tom Burns Marañón considera que la resolución del problema territorial en España «es muy complejo. Está claro que Cataluña tiene unos hechos diferenciales, como el País Vasco, y que el discurso de que nadie va a tener más que yo está muy presente en otras zonas de España». Por eso defiende que nuestro país «tiene que hacer el ejercicio de pensar cuánto debe a las trasferencias de la UE, a los contribuyentes alemanes o británicos». Burns Marañón señala que «el deber del rico, de la zona que es rica, es apoyar a la que no lo es tanto. Es el discurso de Massachusetts con Misisipi. Massachusetts no se cuestiona, en un sistema federal, esos balances. Aquí hay que crear dicha responsabilidad. Este discurso no está dado. Hay que ir más allá del todos somos iguales y libres. Aparte de eso –comenta– hay una responsabilidad que se debe asumir, y es que no te puedes desentender del resto. Alemania no se desentiende de las demás naciones de Europa, y el sur de Europa lo debe reconocer». Y añade una breve puntualización: «Lo que es triste, porque es un pensamiento desordenado, es el discurso de “España nos roba”, incierto, pero es un ejemplo de que el pensamiento se desordena cuando no se explican bien las cosas, cuando no se usan con fidelidad las palabras y los conceptos».