Tres hombres y un destino

La Fundación Arte y Pensamiento de Gran Canaria reúne en «Una mirada insular» los puntos en común de las obras de Martín Chirino, Manuel Millares y Óscar Domínguez.

La obra escultórica de Chirino dialoga con las arpilleras de Millares en esta imagen de la muestra
La obra escultórica de Chirino dialoga con las arpilleras de Millares en esta imagen de la muestra

La Fundación Arte y Pensamiento de Gran Canaria reúne en «Una mirada insular» los puntos en común de las obras de Martín Chirino, Manuel Millares y Óscar Domínguez.

Martín Chirino se apoya en un bastón delgado con la empuñadura de nácar. Se le nota cansado, pero eso no le impide encontrarse con sus obras y volver la vista a los días de la Playa de las Canteras, cuando tenía poco más de 14 y jugaba al clavo con Manuel Millares, menos corpulento que él, rubio, con los ojos azules. Allí se conocieron y allí también se hicieron amigos. Allí también aprendió a leer, casi tutelado por Sixto, uno de los hermanos de su amigo. «Yo soy un fabulador», musita con una voz que parece que se quiebra pero que se torna fuerte un segundo después al asegurar –para que no queden dudas– que «yo no hago espirales, las pienso, las escribo en el aire, brotan de mí y es entonces cuando cobran sentido». Y lo dice mientras mira de frente sus obras, que se retuercen sobre sí mismas, como «Viento Solano». «Una mirada insular», que ayer se inauguró, es una reunión de artistas, dos amigos que admiran a un tercero al que no llegaron a conocer. Martín y Manuel junto a Óscar Domínguez, tres gigantes canarios sobre los que Juan Manuel Bonet, comisario de este fértil encuentro, ha querido destacar sus puntos comunes en los que el origen y la trayectoria se hacen uno. Son cincuenta obras y documentos que dan prueba de ese momento, de ese encuentro. La letra tiene un gran peso y no se hace mera comparsa.

Un castillo de acero y luz

Por fuera, el castillo, la primera fortaleza defensiva de las islas, se antoja un punto tosca. Data de doce años antes del descubrimiento de América. Nada más traspasar la entrada se obra el milagro, con unos espacios diáfanos en los que los vestigios de la arquitectura inicial se destacan junto a unas estancias diáfanas, modernísimas a varias alturas. El acero cortén manda. Y la luz. Ahí se yerguen, en la planta baja, las piezas monumentales del maestro de la fragua. «Yo dibujo mucho. Es ahí donde voy decidiendo lo que hago porque debido a la dureza del material no puedo ponerme a trabajarlo directamente», dice Chirino. Y habla del azar furtivo que brota de uno, de su interior. «Nunca una obra está acabada. No, nunca acaba», asegura.

A la entrada reciben una obra de cada artista. Bonet asegura que hay dos piezas capitales, nucleares, de Domínguez, que si no se hubieran pensado no se podría haber celebrado esta exposición. Son «El drago» (1933) y «Cueva de guanches» (1936), que ha cedido el Museo Reina Sofía y que raramente abandona las salas de Madrid, «pero que entendió que no era un capricho, sino que debía estar aquí». Al lado de los hierros de Chirino –«El viento» (1960), «Afrocán» (1975), «Aeróvoro» (1974)– encuentran su lugar las arpilleras de Manuel Millares, tan desgarradoras como su arte. Una de las salas expone «Animal del desierto», de 1970 próximo a uno de los fardos funerarios en piel de una momia (siglo XV dC.), uno de los hallazgos, insiste Bonet, el colocarlos tan próximos, de esta muestra. Y aquí habla él, en una conversación improvisada con Chirino en la que ambos se alternan, se ceden la palabra, de la conexión del creador con la arqueología, de su fascinación por ella, de las piezas que llegó a coleccionar. Y de la importancia que tuvo en ellos el Museo Canario: «Era de los poco que teníamos aquí y lo visitábamos mucho», recuerda Chirino, nonagenario con la palabra siempre a punto.

Hay en estas obras un claro eco surrealista, como en las dos citadas de Domínguez, de una modernidad aplastante. De Canarias al mundo. Y en las vitrinas, perfectamente dispuestas, las publicaciones seleccionadas para documentar el momento creativo, como un ejemplar de «Universalismo constructivo» (1944), de Joaquín Torres-García. Habla el comisario en un encuentro previo con varios medios de la efervescencia creadora de aquellos dos jóvenes, del grupo Los Arqueros del Arte Contemporáneo, de la figura aglutinadora que fue Eduardo Westerdahl e insiste en las conexiones literarias de este encuentro artístico. No olvida a José Jorge Oramas (bellísimo su óleo «Rocas y pitas», de 1935, un cuadro pequeño que se hace poesía, recién pintado parece), tampoco a Bretón, de quien se muestra una archifamosa imagen que recoge de su primer viaje a Santa Cruz de Tenerife, a lomos de un camello, en 1935, junto con Benjamin Péret y Jacqueline Lamba. Los amigos, aquellos chavales con ganas de mirar más allá de su isla, se han vuelto a reunir en este espacio singular que asegura Chirino tanto le ha costado poner en pie. Pero, por el momento, en sus poco más de dos años de vida han pasado por las salas más de 42.000 personas.