Teatro

Triunfo al cubo en La Scala

Nell (Hilary Summers) y Nagg (Leonardo Cortelazzi) dan vida y voz a los padres de Hamm. A pesar de estar enterrados en cubos de basura, no han perdido la ternura
Nell (Hilary Summers) y Nagg (Leonardo Cortelazzi) dan vida y voz a los padres de Hamm. A pesar de estar enterrados en cubos de basura, no han perdido la ternura

Cuando pudo ver sobre un escenario el entonces joven Gyorgi Kurtaj «Final de partida», de Samuel Beckett (se lo había recomendado su fidelísimo, amigo del alma y compatriota Ligeti) se juró a sí mismo que algún día, no importaba cuándo, él homenajearía al escritor con una composición basada en su obra. Le impactó sobremanera. Y se lo puso como un deber que tardó tiempo, años, en parir. El actual intendente de la Scala, Alexander Pereira, le habló hace siete años muy animadamente de que deseaba que fuera él quien firmara una ópera basada en la desgraciada existencia de aquel hatajo de míseros, la extraña pareja compuesta por Hamm y Clov, los padres del primero, Nell y Nagg, condenados a vivir en cubos de basura. Resultó tan persuasivo (bendita persuasión e insistencia en este caso) que el maestro, ya un avanzado octogenario, empezó a trabajar en el libreto. Kurtag es hombre de composiciones minimalistas, poco dado a la parafernalia y menos aún a la pompa, uno de los últimos grandes que quedan, dicen los entendidos. A sus 92 años, como si fuera un principiante, ha debutado en La Scala con su primera ópera. Ante las dificultades de la pareja para desplazarse los músicos se trasladaron a su domicilio para que siguiera los ensayos día a día y corrigiese lo que fuera necesario. Siempre acompañado de su esposa Marta, con la que tanto ha querido y a quien escribió hace pocos días como regalo de cumpleaños una nueva composición. El estreno ha sido redondo, a pesar de la dificultad de un idioma tan poco asequible como el húngaro. El matrimonio Kurtag no pudo desplazarse a Milán, pero escuchó el estreno en directo como si estuviera en el patio de butacas. Y los diez minutos de aplausos. A la hora de saludar, entre el director musical, Markus Stenz, y el de escena, Pierre Audi, se coló una partitura en representación del compositor y de ese abultado libreto de 450 páginas que contiene la esencia beckettiana. «Es la mejor noche de mi vida», repitió Alexander Pereira después de que cayera el telón. Cumplía así el deseo de llevar a escena la primera ópera de este grande de la vanguardia del siglo XX. Un estreno esperado que ha hecho del templo scagliero de nuevo uno de los centros de referencia en el mundo de la lírica. Justicia se llama. Poética o divina, pero justicia al cabo. El debut de este experimentado principiante merecía la espera y un escenario a su altura. Podía haber sido antes; sin embargo, ha llegado a los 92 años. Quizá cuando Kurtag, créanlo, se encontró preparado.