Vándalos: El reino pirata que sometió Europa por mar

Comenzaron en oleadas desde Centroeuropa sobre el decadente Imperio Romano, hasta que llegaron a África y se apoderaron de la opulenta flota de Cartago. Desde allí, por medio de violentas escaramuzas, con el Mediterráno como tablero, controlaron las islas y las costas de toda Europa Occidental hasta que, también por el agua llegó su decadencia. Su historia la cuenta en una extensa y amena monografía que acaba de ser publicada el profesor David Álvarez Jiménez

Su historia la cuenta en una extensa y amena monografía que acaba de ser publicada el profesor David Álvarez Jiménez

Originarios de la zona que se encuentra entre los ríos centroeuropeos Vístula y Oder, el pueblo germánico conocido como los vándalos fue uno de los participantes en la oleada de invasiones que, durante la llamada Antigüedad tardía o Bajo Imperio Romano, convulsionaron el mundo mediterráneo. En efecto, el Imperio de la Roma eterna, a la postre, sufrió a partir de su irrupción en el panorama de la «pars occidentalis» su disolución como entidad política. La coexistencia de los vándalos junto a otros pueblos germánicos con los que se habían enfrentado y con los que habían competido por los mismos recursos, como es el caso de los godos, les habían obligado a desplazarse desde sus zonas de asentamiento preferentes hasta otros lugares del Este y Centro de Europa (algunos tan alejados como las cercanías del Mar Negro). Habían tenido que cambiar a menudo su política de alianza tantos con los godos como con otros pueblos, como los suevos y los cuados. La intensificación de sus contactos bélicos y culturales con Roma datan del siglo II, cuando este pueblo y otros cruzan el Danubio durante las denominadas guerras marcomanas, recibiendo denominaciones diferentes según sus tribus, como los silingos o los asdingos.

La decisión estratégica

Igualmente, tras asentarse en la provincia de Panonia, en los primeros años del siglo V formaron parte del contingente bárbaro que se lanzó irrumpiendo en el territorio más romanizado. Aunque los romanos de época tardía habían tolerado la presencia de bárbaros en algunas regiones limítrofes como esta para que sirvieran de barrera de contención frente a los pueblos menos romanizados de allende el Danubio, a partir de este momento preciso el flujo de tribus germanas fue incontenible: venían para hacerse con los recursos y el territorio, ya no para ser tributarios o súbditos del modo de vida romano. Así los vándalos, junto con los suevos y los alanos, entraron en las zonas más avanzadas y rica del Occidente, como la Galia y la Hispania, a partir del año 409. Una de las teorías más asumidas sobre el origen de la palabra Andalucía, como es sabido, se debe a la presencia y asentamiento de los vándalos en el sur de la Península. Estos, con el rey Gunderico al mando, tomaron Híspalis en 426 después de haber saqueado también el importante puerto de Carthago Nova. El civilizado y romanizado sur de la Península ibérica quedó a su entera merced.

Sin embargo, el apogeo de los vándalos como reino independiente de Roma se produce a partir de la primavera del año 429, cuando, bajo el caudillaje de Genserico, deciden tomar la estratégica decisión de cruzar el estrecho y apoderarse del África romana, las provincias sin duda más opulentas del Imperio de Occidente. La toma de Cartago fue el momento más simbólico de la decadencia de Occidente antes de la propia caída de Roma en 476 con la deposición de Rómulo Augústulo. Esto se comprende bien en un lugar tan culto y rico como el que se ve por la obra de San Agustín de Hipona. Y sobre todo porque se perdió el granero de producción agrícola del Imperio y se estableció un poder marítimo importantísimo desde el gran puerto de la antigua capital púnica, ya que los vándalos se apoderaron de la gran flota imperial que había allí estacionada. Con esta base, los vándalos de Genserico también se enseñorearon del Mediterráneo occidental, controlando las costas y las islas, como las Baleares, Córcega o Cerdeña: incluso sus «razzias» llegaban a Sicilia y a las costas dominadas aún por los romanos. Ahora, lo que quedaba de Roma tenía que negociar el paso por estas zonas con ellos y soportar su tremenda presión pirática.

Hace unos años, el historiador hispanoalemán Pedro Barceló, catedrático en la Universidad de Potsdam, analizó muy convincentemente la extensión del mar como parte del dominio político en la antigüedad, lo que él llamaba la «politización del mar», con los ejemplos simbólicos del imperialismo ateniense, del necesario control de las rutas marítimas de los reinos helenísticos o del imperium marino que se concedió a Pompeyo contra los piratas y la división del elemento acuático como un territorio romano más. También en el caso de los vándalos observamos cómo el mar se torna un elemento fundamental para la acción política. Esta es llamada, por supuesto, piratería o estrategia naval según sean fuentes adversas o amistosas las que hablen, pero no deja de denotar un campo de juego imprescindible para el tablero de la historia política en la antigüedad, como lo será el control del aire en la modernidad. Así lo demuestra la hegemonía de Genserico, que cambió la faz del mundo antiguo.

Precisamente estos días sale a la luz un magnífico y actualizado estudio acerca de los vándalos y su auge y decadencia política, tan ligados siempre al mar, de la mano del historiador y doctor por la Universidad Complutense David Álvarez Jiménez, que fue profesor de la UNIR y ahora es profesor-tutor en el Centro Asociado de la UNED en Madrid. Bajo el sugerente título de «El reino pirata de los vándalos» (2017), el libro ha sido publicado por las Prensas Universitarias Hispalenses en el marco de su prestigiosa colección de monografías históricas y en una edición modelica. Álvarez Jiménez analiza con detalle, con una prosa no exenta de suspense literario y un dominio apabullante de las fuentes, la peripecia histórica de este pueblo del final de la antigüedad y el comienzo del medievo. El volumen traza una atractiva aproximación que viene a ocupar un vacío en la biografía en lengua española, y está escrito de forma amena y ejemplar, pues resulta apropiado tanto para el público universitario y especializado como para el general que desee conocer la historia de este pueblo.

Multiculturalidad

Es muy sugerente, en fin, pensar en la perspectiva histórica de la «longue durée» sobre el desarrollo del poder vándalo, desde sus inicios como tribu de las inmediaciones del Báltico a su apogeo y caída, que narraba el historiador bizantino Procopio de Cesarea. Pero los cerca de 100 años que duró el poderío culminante y el control de los mares por parte de este pueblo están plagados de acontecimientos y personajes memorables: solo hay que recordar la presencia de la multiculturalidad en la corte de Hilderico, la resistencia al intento de reconquista romana en el año 461 por parte del emperador de Occidente Mayoriano: en la llamada Batalla de Cartagena fue derrotada la flota imperial de Occidente, en lo que seguramente fue la última oportunidad para su salvación.

También merece mención la política interna de los vándalos y las purgas entre la nobleza de Genserico, que sentaron las bases de un disenso interior que conllevaría la decadencia del reino, así como la interacción con los pueblos bereberes, no siempre pacífica, y la derrota final de los vándalos ante los bizantinos, que se apoderaron de las zonas anteriormente dominadas por ellos, hasta llegar al sur de España. Precisamente el relato de su decadencia frente al poder bizantino, también narrada por Procopio, corre parejas con la apasionante reconquista de algunos territorios de Occidente emprendida por el emperador Justiniano y por su general Belisario ya bien entrado el siglo VI, lo que marca el fin del reino africano de los vándalos de Gelimer. Es una vibrante aventura histórica que ahora se actualiza en un libro que sin duda se convertirá en referencia certera y ágil sobre este tema.

UNA GUERRA TAMBIÉN RELIGIOSA

Es digna de estudio la interesante política religiosa de los vándalos (en la imagen el mosaico «El jinete vándalo», de Cartago, en el British Museum) entre el arrianismo que profesaban oficialmente, el catolicismo de la corte imperial y el donatismo de una parte importante de la población. Por ejemplo, la política de confiscaciones de propiedades sirvió de justificación para el odio de los romanos de Oriente y Occidente hacia este pueblo tachado de herético, aparte de pirático e inhumano. Al emperador Justiniano, que se presentaba como adalid de la ortodoxia católico-nicena, le valió para aparecer ante la población de África como un liberador del yugo herético cuando conquistó el reino vándalo.

«El reino pirata...»

D. Álvarez Jiménez

P. Universitarias Hispalenses

344 págs, 19 euros.