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«¡Vergüenza!»: los extranjeros «le roban» la ópera a Italia

El teatro deja de ser una “puerta al mundo” para convertirse en otro escenario político, situación que deja a la participación ciudadana a un lado y que ha causado abucheos en espacios tan célebres como la Scala o el San Carlo

¡Oh mi patria, tan bella y perdida! Estas palabras son parte del texto que empleó Verdi en su coro de hebreos para la ópera «Nabucco». Si yo fuese italiano me las estaría repitiendo ante la situación de mis teatros líricos. Resulta cuanto menos chocante que, al menos cuatro de las grandes instituciones del país, estén en manos de extranjeros recientemente nombrados. Davide Livermore declaró hace poco: «Hoy en día en los teatros italianos hay dos problemas. El primero es que están dirigidos por burócratas designados políticamente, mal tolerados por los profesionales del entretenimiento. El segundo es que la política debe decir qué tipo de teatro quiere. Para mí, el teatro no puede ser más que una puerta al mundo, y a la vez, un lugar de participación ciudadana».

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En Turín comenzó el lío a primeros de año. La situación era insostenible para el director artístico y el director general, con protestas en Prensa y del público. «¡Vergüenza!» exclamaron los abonados y trabajadores en la presentación de temporada del Teatro Regio. Chiara Appendino, alcaldesa de la ciudad, y William Graziosi, director del teatro, fueron recibidos con silbidos y abucheos por los asistentes y se negaron a contestar públicamente a las preguntas de los periodistas. Iba a ser nombrado Giancarlo del Monaco como jefe supremo. Así se pactó en una cena en casa de la alcaldesa de la ciudad. Siempre son poderes políticos quienes determinan. Más tarde se torcieron las cosas y al final fue nombrado el alemán Sebastian Schwarz tras un concurso en el que fue el único extranjero y el más joven entre los que se presentaron. Tiene méritos indudables: ha trabajado en el Festival de Wexford, la Staatsoper de Hamburgo y como director artístico en el Theater an der Wien desde 2008 a 2016 y hasta 2017 fue director del Festival de Glyndebourne. Habrá de hacer frente a una muy complicada situación económica.

Otro alcalde, Dario Nardella de Florencia, confirmó que Alexander Pereira había aceptado la propuesta de dirigir el Teatro del Maggio Musicale Fiorentino durante los próximos cinco años. Pereira declaró: «Este nuevo desafío será una oportunidad para mí de ofrecer una visión y un proyecto a un teatro y un festival que juegan un papel central en la vida cultural italiana, pero también un nuevo comienzo en una maravillosa ciudad y región a la que estoy obligado por fuertes afectos familiares. De hecho, regresar a esta ciudad también significa encontrar un parte de mi familia». Pereira sucede, después de un breve período, a Cristiano Chiarot, quien dejó Florencia con controversias. Poco después también dimitió el director de orquesta Fabio Luisi, pero todo empezó con la salida de Zubin Mehta, ya hace un tiempo. Pereira tendrá que superar los serios problemas económicos del Maggio.

La Scala, el teatro que representa lo más sagrado de la lírica italiana en el mundo, parece no levantar cabeza. Desde 2005, tras la caída de Carlo Fontana, ha tenido al frente de su gestión a Stèphane Lissner, que permaneció hasta 2012, y Alexander Pereira. Sorprendentemente, un francés y un austriaco. Lissner fue el primer extranjero en ser nombrado intendente. Las cosas andaban entonces muy revueltas en el teatro a causa de las perennes luchas internas entre los seguidores de Claudio Abbado, alejado de la Scala, y Riccardo Muti. Ese enfrentamiento afectó enormemente a su gestión empresarial. El alejamiento de Muti supuso la caída de Fontana y la llegada de Lissner. El francés se mantuvo a trancas y barrancas, con una gestión crecientemente criticada. El repertorio alemán fue adquiriendo mayor presencia, y llegó a inaugurar temporada «Tristan e Isolda» y «Lohengrin». El regreso de Claudio Abbado, tras veintiséis años de ausencia, fue su último cartucho, y, en 2012, su contrato no fue renovado. Le sucedió entonces Alexander Pereira, que traía consigo una brillante gestión en la Ópera de Zúrich y una muy breve y bastante menos brillante en el Festival de Salzburgo.

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Causa de despido

El periodo scaliero de Pereira no estuvo ausente de críticas. Entre ellas, la de abusar de las producciones de Salzburgo para la contratación y, ya últimamente, promovió un acuerdo financiero con Arabia Saudí, que suponía incluir al ministro de Cultura de ese país en la junta de la Scala. Attilio Fontana, al frente de la junta scaliera, declaró: «El Sr. Alexander Pereira no me dio ninguna documentación que se refiriera al pago de los tres millones que recibió de los saudíes. Es un hecho que aceptó fondos independientemente de las decisiones de la junta e incluso antes de que se reuniera. En cualquier junta, en cualquier latitud, este comportamiento causaría su despido». El escándalo fue tal que se canceló el acuerdo y la Scala hubo de reembolsar al país árabe. Se decidió no renovar su contrato, que expiraba en 2020.

Tras Pereira se barajaron los nombres de Dominique Meyer, Cristiano Chiarot y Carlo Fuortes. A favor del segundo o el tercero estaba el citado Fontana, presidente de la Lombardía, deseoso de que un italiano volviera a dirigir la Scala. Chiarot, entonces en el Maggio Musicale Fiorentino, se creyó Siciliani y empezó a querer enseñar a los directores de orquesta cómo coger la batuta o qué tempos hay que llevar en las óperas. Fuortes habría estabilizado las cuentas de la Ópera de Roma, muy endeudada, pero su curriculum no podía equipararse al de Meyer y, sorprendentemente, los sindicatos habrían apostado por el francés, quien al final fue elegido, aunque la decisión se demoró. Fuortes se habría retirado en el último momento, supuestamente al descubrirse que estaba relacionado con la empresa de «headhunters» que recomendaba un candidato y el tercer nombre en disputa, Y, así, el ganador llegó por descarte y errores de los demás.

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Una gran baza de Meyer era la de ser el único gestor de un gran teatro en estar disponible para 2020. Sus preferencias iban por la renovación en Viena, que le fue denegada, y por París, que no era posible, ya que a la salida de Lissner contaría con 63 años y a los 65 la ley francesa no permite seguir en tal puesto. Por otro lado, allí preferían a Alexander Neef, entonces en Toronto, como se demostró después. Pero quedaba en el aire una cuestión legal: la ley Madia italiana.

Ahora llega la comedia al San Carlo de Nápoles. Stéphane Lissner va a ser el sucesor de Rosanna Purchia como Sovrintendente. Días atrás la principal competencia de Lissner era el actual director artístico del San Carlo, Paolo Pinamonti, sobradamente conocido en España tras su acertado paso por el Festival Mozart y la Zarzuela. Como avanzó el diario «La Repubblica», los directores extranjeros fueron el caballo de batalla de Dario Franceschini, ministro de Cultura, quien defendía la presencia de italianos en puestos de responsabilidad. Pero Lissner pidió una entrevista personal con el alcalde de Nápoles, Luigi De Magistris, y éste le dio su bendición. Ahora Lissner se suma a la lista de extranjeros que dominan los principales teatros de ópera de Italia: Dominique Meyer en La Scala, Alexander Pereira en el Maggio Musicale de Florencia y Sebastian Schwarz en Turín.

El sueño de Nápoles

Sin embargo, designado por unanimidad entre el Consejo de Dirección, Lissner no cuenta con la aprobación de todo el equipo. Ante este cambio, el director musical del teatro, Juraj Valcuha, ha declarado que no renovará su contrato: «Sé que se avecina un cambio en la gestión artística del teatro. Gracias al compromiso de la dirección actual y al apoyo de la directora, en los últimos años se ha trabajado para hacer crecer a la orquesta y contribuir a su consolidación internacional. Continuaré con los compromisos ya cerrados con el Teatro, pero no estoy dispuesto a continuar la colaboración más allá del plazo establecido por el contrato, donde el liderazgo artístico ya no es el mismo».

Por su parte, Lissner siente que su nueva etapa en el San Carlo es un sueño cumplido: «Adoro Nápoles, no solo por lo artístico, sus monumentos o sus costumbres. La cultura está presente en cada rincón. Soy feliz, no veo la hora de comenzar. Vuelvo a un teatro donde prima la dimensión humana». ¿Resolverá Lissner los problemas económicos del San Carlo? ¿Encajará su despótico talante con los napolitanos? ¿Qué pensarán estos de su incultura lírica exhibida en Youtube? Curioso que en Italia no encuentres figuras relevantes para comandar su gran tesoro cultural, la ópera, y haya que recurrir a extranjeros. Y todos estos nombramientos a golpe de talonario y con contratos llenos de salvaguardias para los nombrados a pesar de la gran crisis que atraviesan los teatros. Lejos, muy lejos, quedan los tiempos de Ghiringhelli o Siciliani, intendentes que dominaban la economía tanto como lo artístico.

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Meyer: hacia la Filarmónica de Viena

Dominique Meyer estudió Historia de la Economía en la Sorbona y, en la década de 1980, fue asesor del ministro de Economía Jacques Delors y luego del ministro de Cultura Jack Lang, ambos del Partido Socialista. En la década de 1990, continuando su colaboración con varios ministros, comenzó su carrera en el sector operístico como director general de la Ópera de París (1989). En 1992, el primer ministro Pierre Bérégovoy lo llevó nuevamente a la política como asesor cultural. Dirigió la Ópera de Lausana de 1994 a 1999 y de 1999 a 2010 fue director general y artístico del Théatre des Champs-Elysées. Allí convirtió en residente a la Filarmónica de Viena. Justa recompensa fue la Ópera de Viena, donde la Filarmónica es dueña del foso. Supuestamente, también habría habido un «toma y daca» con la Scala, recibiendo el apoyo de Alberto Veronesi, entonces director artístico de Torre del Lago y que hace poco dirigió «Il Trovatore» en la Viena de Meyer.