Europa

Víctor García de la Concha: «La RAE, con Felipe VI, tendrá una continuidad clara y garantizada»

El director del Instituto Cervantes publica «La Real Academia Española. Vida e Historia», un volumen que recorre sus tres siglos de existencia

En junio de 1713, once novatores, hombres notables, humanistas e intelectuales con ánimos renovadores, agrupados en torno a la figura del marqués de Villena, comenzaron a reunirse en el palacio de éste, en la madrileña Plaza de las Descalzas, con una idea en mente: crear una Academia, a la imagen de las que ya existían en Francia o en Italia, y a la par, un diccionario de la lengua. Era el germen de una institución cuya primera acta se levantó el 3 de agosto de ese año y que el 3 de octubre de 1714 recibió el apoyo de Felipe V con la cédula ansiada que la convertía en Real Academia Española. Desde entonces, la RAE ha crecido a lo largo de tres siglos de dedicación al lenguaje. El que fue su director entre 1998 y 2010, hoy al frente del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, ha recogido esa aventura en «La Real Academia Española. Vida e historia» (Ed. Espasa), un libro que viaja de forma cronológica desde aquellas primeras reuniones hasta los actuales retos de la institución.

–Aquellos fundadores sabían, dice en el libro, «que el Renacimiento había comenzado por colocar la lengua, la gramática en concreto, como base de toda formación y de todo progreso cívico». ¿Hoy a la sociedad le hace falta acudir a esa base de todo progreso?

–Ésa era una idea renacentista. Todo el Renacimiento se basó en la educación de la juventud y de los futuros ciudadanos sobre la base de la lengua. Eso Nebrija lo aprendió muy bien en Italia y se lo decía a la reina Católica: «Terminada la guerra, ha llegado el momento de cultivar las artes de la paz». En el tiempo de la fundación de la RAE era especialmente apremiante porque en Europa se infravaloraba a España y a su cultura, pero en cualquier momento sigue siendo válido que la «polis», la ciudadanía, la «civitas» o conjunto de los ciudadanos, se educa por medio de la lengua.

–Se lo preguntaba porque vivimos tiempos en los que se habla de crisis de valores. ¿La lengua puede hacer algo por esta sociedad?

–Evidentemente, toda la educación está apoyada en la palabra. Nosotros estamos hechos de palabra. Todos las cosas, los estados, las naciones, son hechos verbales. Decía Octavio Paz: «No sé si la corrupción de las palabras lleva a la de la ciudad o si es la corrupción de la civitas la que conduce a la de las palabras». En cualquier caso, cuando las palabras se corrompen, algo está enfermo en la sociedad.

–¿Deberíamos recomendarle la lectura de esta «Historia y vida» a más de un político?

–Bueno, yo haré que llegue efectivamente a ellos. Es una historia que refleja como un espejo la historia de España. Nace en un determinado momento, pero va siempre muy ligada a la historia del país, en todos los momentos, para bien y para mal, o para regular. Esto es lo que hace a la RAE una entidad que siempre llama la atención. Una casa que es la gran notaría de la lengua: aquí lo que hacemos es tomar nota y autorizar, en el sentido de poner autoridades a los significados: esto significa tal cosa, como demuestra esta frase que dice Cervantes, Pérez Galdós, Baroja o Pérez Reverte. Esa labor hace que la Academia esté muy en contacto con la sociedad.

–Publicó el «Diccionario de Autoridades», primero, el «Diccionario de la Lengua», más tarde, la «Ortografía», la «Gramática»... ¿La Academia se define por sus obras?

–Absolutamente: el «Diccionario» se hace en un momento en que toda Europa tenía ya los suyos; Italia tenía el de la Cruzca, Francia el de la Academie Français, Portugal... En España faltaba uno. Aquellos hombres, que no eran lexicógrafos pero sí humanistas muchos de ellos, hacen una tarea que yo califico de gesta: en pocos años, trece después de la creación de la Academia, se culmina la obra de los seis volúmenes. A medida que va naciendo el «Diccionario» van sintiendo la insatisfacción de lo que hacen. La Academia es siempre una tensión entre la perfección y lo que conviene hacer con urgencia para la sociedad.

–Hasta entonces íbamos por detrás del resto de Europa. ¿Y ahora?

–No, yo diría que se han invertido los papeles y que vamos por delante, sin que sea menospreciar a las otras Academias. La Española hoy día es un centro muy vivo, que está en punta de tecnología. El «Diccionario» tiene más de un millón de consultas diarias. Esto demuestra hasta qué punto el diálogo Academia-sociedad está vivo. La RAE hoy es una institución viva. No hay que perder de vista además que estamos asociados con todas las academias americanas, formando la Asociación de Academias de la Lengua Española y que, por tanto, que están trabajando en torno a la lengua muy en contacto con los hablantes, con el pueblo, y que esto es prácticamente único en el conjunto de las lenguas.

–Es curioso: en varios momentos de su historia pudo haber sido otro tipo de Academia, una de Ciencias y Letras...

–Cuando se habla de Literatura en el siglo XVIII no se entiende solamente como creativa, sino todo género escrito. Efectivamente, una constante del siglo XVIII y XIX, porque ya el marqués de Villena pensó en hacerlo, era crear una Academia de Ciencias y Letras. En esa Academia, la lengua hubiera tenido una parcela más limitada. Por ello, hay que agradecer a la RAE que haya sabido mantener esa autonomía, que le da valor, muchas veces pugnando con la idea de algún Gobierno.

–Como decía, el curso de la Academia va parejo al de la historia de España. Ha pasado malos momentos: guerras, dictaduras...

-Sí, pero los ha capeado y sigue. El mayor peligro, paradójicamente, fue a raíz de las Cortes de Cádiz, en el Trienio Liberal, cuando los liberales no entendían esta casa. Veían en ella su aspecto normativo exclusivamente y lo entendían como una imposición y una coerción de la libertad. La Academia no impone nada, simplemente refleja y dice: esta expresión se considera vulgar; ésta, amanerada...

–Durante el franquismo no corrió peligro su existencia, pero sí se impusieron directores, se expulsó a académicos...

–Bueno, se quitó a algún director y fue muy al principio. Efectivamente, hay un primer momento en que se quiere controlar todo. Nombran director a José María Pemán, después lo quitan porque había hecho un comentario de Primo de Rivera que se estimó que era poco digno, y nombran a Rodríguez Marín, que está un par de años, y después a Asín Palacios, muy poco tiempo. Vuelve Pemán, ya reelegido por la Academia, pero en seguida deja el paso a Don Ramón Menéndez Pidal

-Dice en el libro que la Guerra Civil, al menos para la Academia, acaba con el regreso de Menéndez Pidal, en 1947.

-La Guerra Civil acaba de verdad cuando Salvador de Madariaga, que había sido elegido académico durante la República, vuelve del exilio y toma posesión de su plaza.

–Su mandato empieza con unas palabras que le dirige el Rey...

–Es un mandato: la Academia tiene que dirigirse a América; yo tenía que viajar y lograr que todas las academias formen una sola.

–¿Está conseguido?

–Claro que lo está, un ejemplo vale por mil palabras: gracias a los corpus que teníamos, a las bibliotecas, todas las academias, en pie de igualdad, hemos hecho por primera vez una «Gramática» del español total. Eso se fue preparando en el mandato de Fernando Lázaro y permitió ponerse manos a la obra y que un ponente cualificado como Ignacio Bosque lograra esa gran gesta que es paralela a la del «Diccionario de Autoridades» en su momento. Una «Gramática» que, decía Bosque, es como un mapa en relieve de la lengua española.

–¿Qué retos tiene la RAE?

–El camino es muy claro: hay que seguir trabajando con intensidad y con mimo en la política lingüística panhispánica. La unidad no termina nunca de hacerse.

-La Academia ha ido unida desde su nacimiento a la Monarquía. Fueron el empeño y la generosidad de Felipe V las que posibilitaron que existiera. Estos días, tras la abdicación de Juan Carlos I en su hijo, Felipe VI, se han oído voces que piden la república. ¿La RAE sería lo que es en otro sistema?

–La RAE es autónoma siempre. No olvida que fue Felipe V quien la respaldó, apoyó e impulsó, y los sucesivos reyes. Y reconoce que el Rey Juan Carlos ha sido el gran defensor de la libertad académica y de esta conciencia de apertura y de relación con América. Las academias americanas lo consideran su Rey. Dentro de la autonomía de la Academia Española, conviven mentalidades muy distintas. Es un espacio de convivencia en libertad, donde un condenado a muerte como Buero Vallejo se sienta junto a Torcuato Luca de Tena, hombre de derechas, y dialogan amistosamente. Aquí nadie ha preguntado a nadie si es creyente o no, y se recitan las «preces» latinas al comienzo de cada sesión de los jueves y nadie nunca lo ha cuestionado porque es tradición académica. Y otra tradición es la cortesía, y hace que aquí convivan mentalidades de derechas, centro o izquierdas.

-Ahora reinará Felipe VI. ¿Qué papel le espera respecto a la RAE?

-Lo conocremos muy bien y él conoce muy bien a la Academia. Me acuerdo perfectamente de la primera visita que hizo a un pleno, con anuencia de su padre. Después presidió la aprobación de la «Ortografía», la presentación de obras... Ha estado permanentemente ligado a la RAE. Conoce muy bien a muchos académicos. En ese punto va a haber una continuidad clara y garantizada.

-Imagino que también en esa labor que le tocará hacer, panhispánica, esa búsqueda de la unidad del idioma.

-Evidentemente. Es que el Príncipe es un gran especialista en Hispanoamérica. Dudo que haya personas que tengan un mayor conocimiento que él de Latinoamérica. Yo he hecho como 50 viajes, pero él ha debido de hacer unos 80 ya. Conoce América al dedillo.

-Ustedes trabajan con palabras. ¿Cuál eligiría para definir a la RAE?

-Le doy una frase, la fundacional y con la que yo abro la presentación del libro: «Por el honor de servir a la nación». Eso es la Academia.