Fútbol

Todavía sigo de mala leche

En 2007, mi Sevilla Fútbol Club llegó a la jornada 38 con remotas posibilidades de ganar un título de Liga. Aún nos preguntamos... ¿Y si Iturralde hubiese pitado aquel penalti en Mallorca? ¿Y si hubiésemos ganado en Tarragona? ¿Y si le hubiésemos ganado a la Real en casa? No quiero ni recordar aquellos puntos que nos dejamos por el camino, me pongo de mala leche. Pero así llevo desde el sábado por la tarde: de mala leche. Con un cabreo tremendo y, lo que es peor, con iguales sensaciones que en 2007.

El equipo de Machín había recuperado el liderato en el minuto 92, dando un puñetazo en la mesa y diciéndole a todo el planeta fútbol que somos el Sevilla Fútbol Club y nada ni nadie nos va a borrar la ilusión de estar en lo más alto en plenas Navidades. Conmigo en Mestalla, los tres puntos habrían viajado a Sevilla. Si no fuese posible el 0-2 e incluso el 0-3 pese a tener tantas ocasiones, no se juega más al fútbol. El partido tiene que morir. Hay que pararlo, cortar el ritmo, montar un lío entre banquillos, provocar que el árbitro esté más pendiente de la banda que del juego. Todo con un único objetivo: ¡La victoria de los míos!

No quiero imaginar que en mayo nos acordemos de los puntos que nos dejamos en Valencia. Sigo soñando con la posibilidad de pelear esta Liga tan abierta, pero para ganarla, además de suerte, hay que saber competir esos minutos para evitar que los sevillistas nos pongamos de mala leche. O tener un poquito de esa mala leche para cerrar los partidos.