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Testigo directo: La ciudad de los aplausos

El Tour es una ciudad pequeña, 5.000 personas que se desplazan a diario por las carreteras francesas. Cinco mil personas trabajando para que cientos de miles de aficionados al ciclismo o no reciban al ganador por las calles de París. Era la primera copa de champán de Geraint Thomas encima de la bici vestido de amarillo. Tres veces participó el galés de la fiesta como compañero de Chris Froome. Se había perdido la primera del Sky, la de Wiggins, el hombre que inauguró la tiranía del equipo británico en la ronda francesa. Tampoco estuvo el año pasado, tuvo que abandonar antes de llegar a los Campos Elíseos. Pero ayer era Chris Froome el hombre que estaba a su lado, el amigo del hombre de amarillo, del portador de la bandera de Gales.

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Aunque en las calles de París da igual, todos son héroes. Los antiguos y los de hoy. Veteranos como Óscar Pereiro, que mezclaba sus obligaciones como comentarista radiofónico y como embajador de Continental, empresa que ahora ha desembarcado en el ciclismo como proveedor de ocho equipos del World Tour y patrocinador de Tour, Giro y Vuelta. A Pereiro le pedían selfies, a los que todavía montan en bici les aplaudían como si hubieran ganado todos.

Se los ganaban incluso los que entraban rezagados en la meta, sin nada ya que disputar. Los más sonoros eran para los que subían al podio, para Thomas, especialmente. Pero también para héroes más cercanos a los franceses, como Alaphilippe, ganador de dos etapas y líder de la montaña. O Peter Sagan, un ídolo universal que ha sufrido para ganar su sexto maillot verde. Ha triplicado los puntos del segundo, pero a punto estuvo de no llegar a París. Tuvo que sudar sangre para terminar el viernes la última etapa de montaña. Ahora, los aplausos en París se han apagado hasta el año próximo.