Eduardo Arroyo: «Le vi en Roma en 1960. Resultaba extraordinario y extravagante»

La visión de Eduardo Arroyo

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Ese salón inmenso en el que Eduardo Arroyo trabaja, en su casa llena de luz de Madrid, en nada se parece a un cuadrilátero. Es un espacio, alargado, profundo. Y está lleno de arte. Muhammad Ali ha muerto. El pintor se queda de piedra. «Le vi en 1960 en Roma, cuando ganó la medalla de oro de los pesos semipesados. En aquel momento yo no me di cuenta de que estaba frente a un ser extraordinario y extravagante. Después lo percibí y a partir de ahí seguí la traza de lo que él ha sido. Hubo otra segunda ocasión, en París, en el Campeonato del Mundo. Es un personaje fantástico que surge y se hace grande en un momento muy concreto. Un héroe del siglo XX. Sin duda». ¿Qué tenía? «Estilo, baile, técnica e inteligencia». ¿Qué era? «Un genio en estado puro» Arroyo dice con orgullo, y es para presumir, que posee una de las mejores –si no la mejor– biblioteca de boxeo («todo lo que se ha escrito sobre él lo tengo», deja caer). Damos fe de que es impresionante acceder a ese sancta sanctorum o abrir las puertas de un armario que te conduce de la mano hacia ese universo del cuadrilátero, el ring, literatura directa al hígado, sudor y lona. Una «biblioteca en proceso», explica él, con volúmenes de ficción o biografías noveladas. Ordenados están Hemingway, Jack London, Cocteau, Bernard Shaw, Mailer. Y junto a ellos «Panamá Al Brown, 1902-1951», la biografía que dedicó al púgil panameño.

Cierran aquí sus palabras sobre un deporte del que lamenta su «ninguneo. Hoy no existe», suelta con un deje triste. «El ring es un hombre solo. El boxeador es un hombre solo. El ring es un cuadrado blanco, marcado por la sangre, el sudor, el agua y la resina donde se representa el drama». «Ali fue un héroe». Tiene «punch».