FC Barcelona

El fútbol pincha el globo

Más banderas de España que nunca en la grada azulgrana y los pitos al Himno, ahogados por el «lo, lo, lo» sevillista

No faltaron los pitos, aunque no sonaron tanto y se vieron muchas menos esteladas que otras veces
No faltaron los pitos, aunque no sonaron tanto y se vieron muchas menos esteladas que otras veces

Más banderas de España que nunca en la grada azulgrana y los pitos al Himno, ahogados por el «lo, lo, lo» sevillista.

El fútbol es un deporte imprevisible en casi todo excepto en el aquelarre antiespañol de la final de Copa, un partido que el Barcelona ha disputado en ocho de las diez últimas ediciones. La mitad de la grada volvió a embarcarse en un festival de vejaciones a dos de los principales símbolos del Estado, su Jefe y su Himno, valiéndose de un instrumental facilitado por entidades sufragadas principalmente por fondos públicos. Pero si el fútbol es imprevisible, también es tan grande como para enterrar costumbres tan maleducadas y cansinas como la de pitar al Himno. El balón pinchó el globo amarillo de las manifestaciones independentistas, menos numerosas que en otras ocasiones en la final copera.

Muchísimas menos esteladas en el estreno en el Wanda y más banderas españolas en la zona azulgrana, con numerosas peñas barcelonistas de fuera de Cataluña que también querían mostrar su identidad.

Un catalán ilustre, Josep Pla, preguntó nada más desembarcar en un Nueva York deslumbrante con su iluminación navideña: «¿Y quién paga todo esto?» Pues la silbatina del Wanda, querido lector, estaba subvencionada del todo o en parte por los impuestos de todos.

Una página idéntica a ésta publicada con idéntico motivo, hace ahora dos años, recogía el cántico con el que el sevillismo defendió a la patria de la ofensiva proliferación de señeras cubanizadas. «Menos esteladas y más Cruzcampo helada», gritaban los bienhumorados hinchas blanquirrojos, a los que veinticuatro meses de «prusés» en sesión continua y monotemática han quitado las ganas de broma. Ante el uso de un espectáculo deportivo para vejar al Rey y humillar a la Nación, cundía la indignación; y tampoco tuvo buena acogida la idea, un poco peregrina, de contrarrestar con globos rojos el lanzamiento de globos amarillos por parte de la mitad culé del estadio. «El Gobierno no hace nada con TV3 pero yo sí tengo que hacer el idiota en un campo de fútbol con un globito... Tesquiyá».

El tarareo de la Marcha Granadera, tradición que se instauró en Sevilla en tiempos de Miguel Muñoz, cuando la afición hispalense era el «jugador número 12» de la Selección, compitió hasta dejar en un segundo plano la pitada de los revoltosos, aunque los agudos siempre gozan de ventaja sobre los graves y el ruido bruto sobre la melodía. Las esteladas se podía comprar incluso en los puestos que rodeaban el estadio, pero parece que la cosa ya cansa hasta a los convencidos.

Las pantallas de los móviles, así, echaban humo en busca de noticias acerca del tratamiento televisivo del momento: la batalla propagandística depende de que un técnico de sonido suba o baje una regleta a tiempo y la retransmisión a través de la cadena estatal garantizaba este factor al bando constitucionalista. Siempre que ningún sindicato traidor meta la zarpa...