Fermín Cacho: «Me eché la siesta antes de la final»

Protagonizó la carrera más inolvidable de los Juegos de Barcelona y una de las imágenes más recordadas tras un espectacular esprint en la última recta.

El 8 de agosto de 1992 a las 20:15 son un día y una hora de esos que todo el mundo siempre sabe dónde estuvo. La respuesta, en realidad, se repite una y otra vez: en casa viendo la tele, en el pueblo viendo la tele, en el lugar en el que pasaba las vacaciones viendo la tele, en un bar viendo la tele. Ese día a esa hora era la final de los 1.500 metros lisos, uno de los momentos más esperados antes de los Juegos y uno de los más recordados después. «Sube a la grada tranquilo, que vas a ser el entrenador de un campeón olímpico», le dijo Cacho, según desveló en la presentación del libro de la agencia Efe «Barcelona 92, 25 años del gran cambio en el deporte español», a su entrenador, Enrique Pascual. Así de seguro estaba... Y lo mejor es que no mintió. Miles de anécdotas rodean al día más glorioso en la carrera del atleta soriano.

«Mi cama, al lado de los motores del aire»

El atletismo se disputa la segunda semana de Juegos por eso Fermín Cacho apuró su viaje a la Ciudad Condal. Quería el oro, la concentración era absoluta, y la ceremonia inaugural la vio por televisión. Días después fue a la Villa olímpica. «Había llegado el último y me dieron la peor habitación, una que daba a los motores del aire acondicionado», asegura. Pero... «Con el ruido te quedabas dormido. Terminó siendo la mejor habitación», continúa mientras se le despierta una sonrisa. Cuatro años después, en Atlanta, tampoco fue a la ceremonia inaugural y también tocó metal: esta vez la medalla de plata.

«Yo no me levanto a esa hora»

«Yo pensaba en la final, las series y las semifinales las daba por superadas», asegura Cacho. Tal era su seguridad que incluso se saltó algunas recomendaciones. Las series eran por la mañana, y les dijeron que para competir a las once era mejor levantarse a las seis. Menudo madrugón. «Para qué, yo no me levanto a esa hora», dice Cacho que pensó. Y así lo hizo. Paraba el reloj y se levantaba a las 7:30 tan tranquilo. Y así, como había previsto, superó las rondas hasta llegar a la gran final. Al día más esperado.

«Hay que mirar a los rivales fijamente»

Fermín Cacho descansó bien la noche del 7 al 8 de agosto. Como siempre, y otra vez pese a lo que dicen las recomendaciones, estrenó ropa y también zapatillas. Estaba convencido de su victoria. «Comí a la una y me eché una siesta hasta las cuatro y media», rememora. Fue al estadio con tiempo, observó la pista, calentó y entonces le dijo a su entrenador aquello de que después iban a tener mucho que celebrar. «Y creo que se fue asustado», piensa. La carrera, en realidad, empezó antes del disparo inicial. «En la cámara de llamadas hay muchos nervios. Hay que mirar a los rivales a los ojos con convencimiento», señala. Su gran oponente era el argelino Morceli.

«Visualicé miles de carreras y siempre ganaba»

La final de 1.500 no salió como esperaban. Cacho pensó que iba a salir rápida... Bueno, en realidad pensó muchas cosas. «Visualicé miles de posibilidades y siempre ganaba yo», dice. La carrera fue lenta. Lentísima. Y él se situó en la cuerda, siempre cerca de los primeros puestos. El keniano Cheshire llevó el peso de la prueba, era el que iba tirando casi desde el principio, y el favorito Morceli estaba algo escondido. Sonó la campana. Última vuelta. «Desde un poco antes se aceleró», afirma. Faltaban 200 metros. «Y entonces vi el hueco que dejó Cheshire y me lancé», narra. En la última recta ya iba primero, mirando para atrás, como hacía siempre, con todo controlado. «Y cuando pasé por al lado del podio ya sabía que iba a ser campeón olímpico y que volvería allí», reconoce.

«No sabía cómo tenía que tratar a los Reyes»

Superada la meta, el soriano recogió una bandera de España y fue a saludar a sus padres. De su madre recibió otra bandera, descolorida, que tenía tantos años como él y con la que dio la vuelta de honor. Antes de subir al podio, el susto. Los Reyes querían felicitarlo. «No lo tenía previsto, no sabía cómo tenía que tratarlos, si hacer la genuflexión...», admite. Fue Don Juan Carlos quien rompió el protocolo y se lo puso fácil. Después, Cacho se fue a escuchar el himno.