Fútbol

Ni Croacia ni Francia son Eslovaquia

Azpilicueta y Busquets marcaron la diferencia entre un equipo desnortado y el resuelto y decidido del miércoles

Sergio Busquets, Jordi Alba y César Azpilicueta, durante el entrenamiento en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas
Sergio Busquets, Jordi Alba y César Azpilicueta, durante el entrenamiento en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas FOTO: Javier Lizon EFE

Que España es un país pendular no hace falta que nos lo digan ni nos lo cuenten ilustres como Galdós, Ortega, Marañón, García de Gortázar o Marina. Basta con haber leído y escuchado la opinión publicada y la opinión pública en los últimos nueve o diez días, los transcurridos entre el debut en la Eurocopa de la selección española frente a Suecia y el cierre de Grupo E anteayer contra Eslovaquia. Un marciano que estuviera de nuevas por estos lares fliparía con lo que pensábamos ese 14-J para olvidar tras empatar en La Cartuja frente a Suecia, y lo que opinamos ahora, que nos autoproclamamos poco menos que campeones de Europa por anticipado y antes de que arranquen los cruces directos.

Ni tan calvo, ni tanto. Si bien es cierto que contra Suecia y Polonia no jugamos tan mal, el problema es que no le metíamos un gol ni al arco iris, no lo es menos que Eslovaquia es un plantel que no estaría entre los 20 equipos de Primera División. Estaría en Segunda, en mitad de la tabla, y tal vez exagere. Lo de los compañeros de Dubravka, ese portero que pasó de parar balones imposibles a dar un palmetazo que parecía deliberado para meter el balón en propia meta, no es que sean malos, no, es que son requetemalos. España hizo lo que quiso con ellos desde el primer minuto del partido en un ejercicio de dominio del balón que recordaba al de los mejores tiempos de esa Roja del tikitaka de Luis Aragonés y el marqués Del Bosque.

Pero sí hubo algo que cambió la historia, esperemos que para siempre, fue la entrada de esos veteranos que demuestran aquello de que Satanás sabe más por viejo que por diablo. Mi paisano César Azpilicueta, en el cual increíblemente no creía Luis Enrique pese a ser capitán del campeón de la Champions League, y ese Sergio Busquets, que se nos antoja inmortal, marcaron la diferencia entre el equipo desnortado que fuimos los dos primeros duelos y el resuelto y decidido del miércoles. Sin olvidar a un Sarabia que recuerda al pelotero de escándalo que deslumbraba en La Fábrica del Real Madrid. La semana pasada nos movíamos por el campo como pollo sin cabeza y ahora hay una estructura sólida, clara y con mentalidad de campeona. Donde antes nos veníamos abajo tras fallar goles cantados y penaltis ahora tiramos adelante con la mentalidad killer de la España que lo ganaba todo, la de esa Edad de Oro entre 2008 y 2012.

Lo de la titularidad de Morata, que tampoco marcó contra Eslovaquia, ya huele. Y creo que el míster le hace un flaco favor poniéndolo pese a que hasta el momento ha fallado más que una escopeta de feria. Consecuencia: es objeto de la ira de una afición, la española, que no perdona ni una porque está más acostumbrada a degustar caviar que a conformarse con un modesto currusco de pan con aceite.

Entre tanta exaltación sorprende que los únicos fijos para el seleccionador sean Laporte, que de momento está a años luz de Sergio Ramos y Nacho, y Pedri. Un imberbe que apunta maneras y que algún día reventará, porque va para pelotero y de los excelsos, pero al que aún le puede la responsabilidad en una gran competición. Como es normal, por otra parte. A los 18 años Maradona, Messi y Cristiano Ronaldo no eran los superlativos genios que luego fueron. Ese honor sólo tiene un nombre, Pelé, que con un año menos ganó el Mundial de 1958, vengando el Maracanazo de 1950.

Estamos mejor de como arrancamos. Cierto. Pero no echemos las campanas al vuelo. Porque de momento, no hemos demostrado nada salvo una colosal incapacidad para el gol, y porque el próximo rival es ni más ni menos que la subcampeona del mundo en Rusia hace tres años. Un combinado croata en el que juegan desde Modric hasta Perisic pasando por Rebic, Kovacic o Petkovic. Talento para regalar. Y si eliminamos a los balcánicos, que tampoco lo descarto al igual que vaticiné que estaríamos en octavos de final, cuidadín porque nos tendremos que ver las caras en San Petersburgo con esa Francia que tiene casi dos estrellas mundiales por puesto. Mbappé, Kanté, Griezmann, Benzema, Pogba y compañía dan miedo, mucho miedo. Demasiado. Como diría Siniestro Total, ante todo, mucha calma.