Indalecio Blanco: «Existen más problemas de aceptación que de adaptación»

El langreano quiere ayudar a los niños en crisis porque son «los que menos culpa tienen»

Padecer una minusvalía física del 66% (que afecta a sus cuatro extremidades) no ha impedido a Indalecio Blanco ver el mundo desde arriba. A sus 42 años, y movido por su pasión por el alpinismo, ha coronado desde la cima de los Montes Atlas hasta el Mont Blanc. Ahora, se propone alcanzar el punto más alto del Aconcagua, y todo con un objetivo solidario: recaudar fondos para los comedores infantiles que gestiona la fundación Mensajeros de la Paz.

–Usted es un ejemplo de superación para toda la sociedad. Pero,¿qué considera que ha superado? ¿Qué metas le quedan por cumplir?

–Lo más importante que he hecho ha sido que nunca me he quedado con lo que decía la gente, sino que en todo momento lo he intentado todo por mí mismo, para saber si realmente podía o no hacerlo. Creo que teniendo una minusvalía del 66 por ciento estar trabajando, manteniendo una relación y defendiéndome por mí mismo significa que he conseguido llevar una vida prácticamente normal. Mi meta inmediata es coronar el Aconcagua y, a largo plazo, terminar de escribir ese libro que no he llegado a publicar.

–Ha ascendido hasta alcanzar la cima de picos como el Mont Blanc o el Toubkal. ¿Qué siente cuando está en lo más alto del mundo?

–Es inexplicable. Cualquier expedición lleva mucho trabajo detrás y cuando se logra por fin alcanzar la cumbre son muchos los sentimientos que florecen a la vez.

–Debido a sus frecuentes ascensos, ha viajado a lo largo y ancho del globo. ¿Cómo se ve la discapacidad fuera de España?

–Hay países donde se observa con normalidad, como Alemania, que ofrece una integración muy buena. Por contra, países africanos como Marruecos aún les queda un largo camino por recorrer en materia de integración.

–¿Qué les diría a quienes no conciben que las palabras «discapacitado» y «montañero» vayan en la misma frase?

–Discapacidad no es sinónimo de no poder hacer nada. Deberíamos aprender a dar a todas las personas la oportunidad de conocerlas y, a partir de ahí, hablar con franqueza sobre de qué son capaces y de qué no.

–¿En qué medida se considera usted con menos capacidades que las personas que, por así decirlo, no son consideradas discapacitadas?

–Yo no soy mejor que nadie, pero tampoco peor. Me veo como alguien normal que, aunque para algunas cosas necesita un poco más de tiempo o algo de ayuda, al final acaba consiguiendo todo lo que se propone.

–¿Cómo podría hacerse posible que las personas discapacitadas tuvieran un mayor peso en la sociedad? ¿Considera que su inserción es total o que todavía queda camino por recorrer?

–Existen más problemas de aceptación que de adaptación. La clave reside en tratar a los discapacitados como personas normales, simplemente en eso.

–Hace más de 10 años intentó en vano alcanzar la cima del Aconcagua y no pudo lograrlo; ¿por qué motivo se propone hacerlo ahora?

–Para «sacarme» la espina que me quedó clavada. En la montaña no compites contra nadie más que contra ella, y el no poder ascender hace que tengas ganas de volver a intentarlo.

–¿Son todas las montañas iguales? ¿Cuál le ha gustado más?

–Cada una es un mundo, hay algunas más técnicas y, por tanto, más difíciles, y otras que exigen una menor preparación. La ascensión que más me ha gustado ha sido la que realicé en el Mont Blanc, ya que considero que, aunque tenga menos altura que el Aconcagua, por ejemplo, es incluso más técnica y compleja.

–El objetivo de esta ascensión solidaria es recaudar fondos para comedores infantiles. ¿Por qué se ha querido ligar a esta causa?

–Me llamó la atención poder hacer una obra social en medio de esto que llamamos crisis y más si es en favor de los niños, que son quienes menos culpa tienen.

–Los niños españoles tienen muchas carencias y, desgraciadamente, más en época de crisis. Pero ¿cuál considera que es la principal en lo que a sueños y objetivos se refiere?

–Los niños, desde muy pequeños, dejan de ser niños por causa de toda la tecnología que hay. Hace unos años, la infancia era real y la ilusión de jugar en la calle con un pequeño coche era mayor que hacerlo en la actualidad con cualquier videojuego. Esto ha implicado una pérdida de valores que ha conllevado, quizá, la disminución de la ilusión a la hora de lograr objetivos.

–Y en España en general, ¿hay superación e ilusión?

–Todos tenemos ilusiones y todos queremos superarnos, aunque en los tiempos que corren cuesta materializar estas sensaciones. Para que nos ilusionemos una vez más, lo importante es que luchemos por lo que nos gusta, por lo que realmente nos hace felices, aunque sean muchos los obstáculos que encontremos en el camino.