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Titmus también gana el segundo asalto a Ledecky (los 200) en la batalla del agua

La australiana logra su segunda medalla de oro en Tokio en otra demostración de poderío. La estadounidense se desfonda y acaba quinta, pero después se impone en el 1.500

Ariarne Titmus ganó su segundo oro en los Juegos de Tokio al imponerse en los 200 libres
Ariarne Titmus ganó su segundo oro en los Juegos de Tokio al imponerse en los 200 libresPatrick B. KraemerEFE

A Ariarne Titmus definitivamente se le ha puesto cara de reina de la piscina de Tokio. El Centro Acuático de la capital de Japón fue testigo de una nueva exhibición de la australiana ante el fenómeno llamado Katie Ledecky, la nadadora invencible que está aprendiendo a saber lo que es la derrota y que en los 200 libres incluso se quedó fuera del podio. Desfondada, la estadounidense, que defendía título, bajó hasta la quinta posición con un tiempo discreto para ella (1:55.21), mientras Titmus tenía que hacer otros últimos 50 metros de locura para terminar de remontar a la hongkonesa Siobhan Bernadette Haughey, que mostró una resistencia feroz. La campeona hizo 1:53.50, récord olímpico y tercera marca más rápida de todos los tiempos. Ni la mejor Ledecky, la que en los Juegos de Río se colgó el oro, hubiera podido con ese registro. Y testigo de lujo de todo ello fue Federica Pellegrini desde la calle 1. La leyenda italiana de 32 años se retira con un séptimo puesto en esta carrera, y lo hace con una colección de medallas a la altura de pocas y manteniendo la plusmarca universal de los 200 libres al ser la única capaz de bajar de 1:53 (1:52.98 en 2009).

Fue Federica la primera que demostró que Katie Ledecky es humana. Lo de la nadadora estadounidense ha sido un impacto desde que con 15 años ganó el oro en los 800 libres en los Juegos de Londres 2012. Su poderosa, aunque no necesariamente ortodoxa, forma de nadar le ha hecho dominar casi todas las distancias del estilo libre. Es algo que casi escapa a la lógica. Menos los 100 y los 50, la velocidad más pura, era capaz de imponerse desde el 200 al 1.500, como demostró en Río con sus oros en 200, 400 y 800 (el 1.500 todavía no era distancia olímpica). Nunca (sí, nunca) había sido derrotada en una prueba individual hasta que Pellegrini la batió en los 200 del Mundial de Budapest 2017. Está claro que cuantos menos metros, más difícil para Katie, aunque también se las apañaba para triunfar ahí.

En la prueba de los cuatro largos de Tokio Ledecky no partía como favorita, en su segundo cara a cara con Titmus. Y menos después de lo que había pasado en el 400, en los que claudicó ante la australiana en lo que hasta ahora es uno de los mejores momentos de los Juegos, un final al más puro thriller. Estaban al lado de nuevo, pero no en las calles centrales, porque Katie nadó desde la 3 tras una semifinal más floja. Los primeros 50 los pasaron una pegada a la otra, haciéndose sombra, algo retrasadas, como era de esperar, para después ir remontando. Pero mientras una lo hizo y aceleró y apretó hasta el infinito, la otra se estancó y no tuvo más gasolina. Ledecky empezó séptima el primer toque de pared y en todos los demás fue quinta. Titmus iba recuperando puestos de forma armónica: quinta en el 50, cuarta en el 100, tercera en el 150... Pero para llegar al oro necesitaba algo más, y pese a que el cansancio puede agarrotar los músculos, tuvo ese plus con su parcial más rápido (28.80). Así llegó hasta el oro y pudo con la hongkonesa Haughey, que no cedía y que lo puso duro hasta los últimos 20 metros, donde ya las manos de la “aussie” y su gorro amarillo empezaron a rebasarla. El bronce se lo llevó la canadiense Penny Oleksiak.

Le faltaba la respiración a Titmus al terminar. Necesitó unos minutos para recuperarse del mareo que supone un esfuerzo tan alto y continuado. A quien le sobró energía en ese momento fue a su entrenador, Dean Boxall, que enloqueció de nuevo en la grada con la melena al aire y que después de la entrega de medallas tuvo unas palabras con su nadadora y la hizo llorar. Hazañas como esta a veces se digieren poco a poco. Titmus, que cinco años atrás veía por televisión cómo Ledecky hacía historia en Río, no es que ahora haya competido a su lado, es que la ha vencido, y dos veces. La gran batalla del agua tendrá un postre en los 800 metros libres en los que, ahí sí, la estadounidense parte como principal candidata. Llegará Katie con una medalla de oro, porque después de la decepción del 200, con apenas una hora de descanso, tenía la final de 1.500, en la que se impuso con relativa comodidad, por delante en todo momento, a su compatriota Sullivan y a la alemana Kohler. Se dio una alegría, lo celebró con rabia, y se cargó de moral para la próxima gran pelea.