El final de la utopía

Jack Conger y Gunnar Bentz, dos de los nadadores que fingieron un atraco junto a Lochte, camino de Miami
Jack Conger y Gunnar Bentz, dos de los nadadores que fingieron un atraco junto a Lochte, camino de Miami

Contra la selección de Estados Unidos de baloncesto o eres infalible en los tiros cómodos o te vas al matadero, sobre todo cuando el partido es una pelea entre Pau Gasol y la NBA. Mejor dicho, las estrellas de la mejor liga de baloncesto del mundo que sí se atrevieron a viajar a Río, sin temor a los mosquitos, pero que por si las moscas se hospedan en un transatlántico de lujo. No son como los demás. Ni siquiera juegan como los demás. Esta cuadrilla de Mike Krzyzewski juega como en la calle, como en esas canchas del Bronx donde primero se aprenden las picardías y luego a encestar. Va la vida en ello.

Compiten al máximo, rozan la legalidad, corren como balas, entran a saco en la canasta contraria y los árbitros hacen la vista gorda en muchos lances, porque si no tendrían que jugar a otra cosa. La selección de básquet de Estados Unidos compite en la Tierra, pero proviene de otro universo. Juegan distinto que los demás y de los demás no saben nada, o casi nada. El barco es otro planeta y puede que ni siquiera se hayan enterado de las hazañas nocturnas de su compatriota Lochte y otros tres colegas del equipo de natación estadounidense. Finos que iban a las tantas de la madrugada cuando organizaron una trifulca en una gasolinera y simularon que les había atracado la Policía a punta de pistola. En Río, unos policías que son la vergüenza del cuerpo obligaron a un atleta neozelandés a sacar 600 dólares del cajero. Atraco en toda regla con uniforme. Y además, en la inagotable crónica de sucesos que tenía que servir de coartada a los nadadores, el ataque a un autobús de periodistas y el fuego cruzado entre policías y ladrones con más periodistas en mitad del fragor de la batalla. Aprovecharon esa violencia carioca, que no es coyuntural sino endémica, para disimular una gamberrada. Mintieron como bellacos y a dos de ellos les sacaron del avión en el que ponían pies en polvorosa. Lochte salió por pies de Brasil, antes de que se descubriera el pastel, y está en casa a la espera de sentencia.

El director de comunicación de los Juegos, Mario Andrada, tuvo mucho interés en aclararme que «los gringos se habían inventado una patraña para ensuciar la imagen del país». La imagen del país no la limpian ni con mistol, porque lo de los «gringos», como él dice, es un hecho aislado. No lo es el desastre de Juegos que han organizado. Hay pifias de todos los colores, fallos universales y la realidad tangible: si no sabes nadar no te la juegues en el océano, y se han ahogado. Sin posibilidad de dar marcha atrás, porque el remedio era peor que la enfermedad, tiraron «palante» con menos de un tercio de presupuesto. El resultado sería más descorazonador de no ser por los deportistas, sus gestas y sus récords. Lástima que España no ganó a Estados Unidos en baloncesto. Estuvo cerca de la utopía brasileña.