Malcolm X, la amistad maldita

El combate de la política. La relación entre el activista y el boxeador se originó en Chicago, en 1962; el discurso del primero tuvo un efecto hipnótico en el deportista, que años después le repudió

Ali, junto al líder Malcolm X, en Nueva York en 1964
Ali, junto al líder Malcolm X, en Nueva York en 1964

La relación entre el activista y el boxeador se originó en Chicago, en 1962; el discurso del primero tuvo un efecto hipnótico en el deportista, que años después le repudió

Recuerdo a la perfección la primera vez que vi a Cassius Clay. Fue en un combate contra Henry Cooper en el que el árbitro paró la matanza otorgándole una victoria por KO técnico. Clay me aficionó al boxeo en aquellos primeros días de infancia –¡cinco años!– y, quizá por ello, me quedé pasmado no mucho después cuando me enteré de que no había hecho el servicio militar y había perdido su título. Poco podía yo saber que Clay era un hombre convencido de sus ideales y que por ellos estaba incluso dispuesto a renunciar al boxeo e ir a la cárcel.

Todo empezó quizá aquella noche en que Clay, con las apuestas en contra 7-1, venció a Sonny Liston. Convencido de que Alá podía darle la victoria, y tras recibir la sonrisa de apoyo de Malcolm X, se alzó con la victoria en el séptimo asalto por un KO técnico. A la mañana siguiente, anunció que, a partir de ese momento, sería conocido como Cassius X, la X de los adeptos de la Nación del Islam hasta que recibían el nuevo nombre islámico. Un mes después, adoptaría el nombre de Muhammad Ali.

La relación venía de antes. En 1962, Clay y su hermano menor Rudolph Valentino se habían encontrado en Chicago con Malcolm X en un acto, gracias a la mediación de Sam Saxon, un miembro de la Nación del Islam. El efecto de las palabras sobre Cassius fue hipnótico. Desde el principio, Malcolm X fue consciente del capital propagandístico con el que contaba Clay. Si se convertía, era obvio que no sólo muchos negros seguirían su ejemplo, sino que además él recibiría un espaldarazo notable en su carrera. De manera aparentemente natural, Malcolm X pasó a ser el mentor de un Cassius Clay que estaba buscando una nueva fe tras haber rechazado el cristianismo. El boxeador era consciente del peligro que podía significar aquella relación para su carrera. El Malcolm X de esa época llamaba abiertamente a la violencia y la Nación del Islam era contemplada con desprecio por su predicación –en realidad, no musulmana sino esotérica– y por su radicalismo. Pero el rechazo no iba a venir sólo de los periodistas, los organizadores de combates o la América blanca en general. Los negros más destacados en la lucha por los derechos civiles veían con enorme malestar el movimiento. Por todo esto, no puede sorprender que el anuncio público, tras la victoria sobre Liston, creara una tormenta de desaprobación. Martin Luther King, un pastor evangélico predicador de la no violencia, no fue el único que expresó su disgusto ante la conversión. Jackie Robinson –que se había retirado de la Liga mayor de baseball– no se recató de afirmar en público su desagrado por la unión de Clay a la Nación del Islam. En ambos casos, existía la convicción de que Malcolm X estaba perjudicando al movimiento de los derechos civiles y, por tanto, el apoyo de Muhammad Ali era una pésima noticia.

Paradójicamente, la amistad entre Muhammad Ali y Malcolm X no iba a durar. El dirigente negro había descubierto que Elijah Muhammad, el jefe de la Nación del Islam, tenía varios hijos ilegítimos tras sendas aventuras eróticas con las adeptas y acabó denunciándolo en público. Malcolm X actuaba con integridad y Elijah lo suspendió en su ministerio prohibiéndole predicar. X se vio obligado a abandonar la Nación del Islam creyendo que Ali lo acompañaría en su nuevo periplo espiritual. No fue así. El boxeador estaba profundamente comprometido con su nueva religión y dio la espalda a Malcolm X. Convencido de que su antiguo mentor era un personaje desleal, Muhammad Ali sólo volvió a encontrarse con él una vez más. El lugar del encuentro fue en la plaza situada enfrente del Hotel Ambassador de Accra, en el país africano de Ghana. Muhammad Ali acudió acompañado del hijo de Elijah Muhammad. Malcolm X se dirigió al púgil llamándolo afectuosamente «Hermano Muhammad», pero Ali, enfurecido, le dijo que ya no eran amigos. Ante la sonrisa de Malcolm, opuso un rostro pétreo señalándole que no debería haber hablado mal de Elijah Muhammad. Acto seguido, se levantó y se fue. A Malcolm X apenas le quedaban unos meses de vida. A inicios del año siguiente, fue asesinado por gente relacionada con la Nación del Islam, aunque se ha insistido en que podían haber sido infiltrados por los servicios de la inteligencia.

Muhammad Ali lamentaría profundamente su comportamiento hacia Malcolm X. Tiempo después, abandonó la Nación del Islam para abrazar el Islam suní, precisamente la misma confesión a la que se había unido Malcolm. En los años siguientes, sentiría en el alma no haber dicho nunca a su antiguo mentor cuánto bien le había hecho. De aquella amistad sólo perduraría en la historia la manera en que política y deporte se entremezclaron de un modo en la vida de Muhammad Ali que ni siquiera el párkinson logró eliminar.