Tour de Francia

Ni ataques ni fuerzas

Barguil se corona en el Izoard y Froome prueba a los rivales lanzando a Landa. Sólo Bardet se atrevió a atacarle y recuperó la segunda plaza.

Bardet, Froome y Urán, en la llegada a la meta de Izoard
Bardet, Froome y Urán, en la llegada a la meta de Izoard

Barguil se corona en el Izoard y Froome prueba a los rivales lanzando a Landa. Sólo Bardet se atrevió a atacarle y recuperó la segunda plaza.

Hay un momento en el Tour, no está escrito ni predestinado dónde, pero siempre hay un día exacto en el que el discurso cambia. Del «queda mucho Tour» al «las fuerzas están muy justas». Suele producirse en cualquier etapa de montaña, durante la última semana y suele venir de aquellos que ni pueden ni se atreven ni quieren lanzar un ataque porque tienen más miedo a perder lo poco que atesoran que a ganar lo que el horizonte, incierto, pero prometedor, les ofrece en lo más alto de la cumbre. Uno de esos que ni pueden ni quieren es Rigoberto Urán. Andaba ya un tiempo perdido y el ciclismo le daba por acabado, acomodado en la burguesía noble de un equipo de medio pelo y poca ambición como el Cannondale, que de repente se ha encontrado disputando el podio del Tour y que ha desterrado de su diccionario la palabra ataque.

Lástima. Qué desprecio de libertad. Eso piensa Mikel Landa trepando por el Izoard. Eso es lo que más le gusta, la montaña y la escalada, sea en bici o sin ella. Él tiene lo que en Urán, segundo en la general al partir la última etapa alpina en Briançon, escasea: ambición. Pero le falta lo que el colombiano ni siquiera valora: libertad. Eso es lo que quiere Landa, salir de la «cárcel» del Sky al convertirse, precisamente él, en el hombre más fuerte del Tour y volar por estas montañas que él adora, que le vuelven loco. Lleva aguantando, estoico, las órdenes de su equipo y de su líder toda la carrera. Ayer entregó por última vez sus piernas de oro a Froome.

Y lo hizo a lo grande, como el ciclista embravecido que es, con un ataque, también con permiso, en las últimas rampas del Izoard. Froome le ordenó que probase a los enemigos con un movimiento. Libertad condicional. Nada más. Landa arrancó y nadie le siguió. Ni Urán, ni Bardet, bien pegados a rueda del líder. A ambos se les han agotado las montañas y es como si no se hubiesen enterado. Desaprovechada mucha materia prima. Una lástima.

Lástima es mancillar el nombre del Izoard así y más en la primera ocasión que el Tour en toda su historia colocaba su meta en los 2.360 metros de altura que tiene su cima, la tercera más alta de la ronda gala tras el Galibier y el Glandon. Ahí arriba, donde la vegetación desaparece y sólo queda el paisaje lunar de la Casse Desserte, rugen en un eco los jadeos de Bahamontes, del Tarangu y de Eddy Merckx. Ese silencio del desierto esconde el misterio del histórico momento en el que Bartali y Coppi, eternos enemigos, compartieron un bidón de agua. Sólo esas piedras saben quién se lo dio a quién.

El Izoard es un lugar sagrado. De peregrinación. Reservado sólo para los grandes. Pero el ciclismo moderno está empeñado en borrar la historia y la leyenda. 50 hombres saltaron del pelotón para formar la fuga del día y pronto tomaron más de siete minutos de ventaja. Mal presagio. El Sky impuso su velocidad a fin de llegar así hasta la meta. Sin problemas.

Pero el ag2r le puso emoción. En el col de Vars apartaron a los ingleses y cambiaron el ritmo. Marcha. Recortaron las distancias y pusieron nerviosos a los fugados. Sólo Gallopin, Lutsenko, Atapuma y Dani Navarro lograron marcharse en cabeza al inicio del Izoard. Para entonces, el Sky había vuelto a tomar el mando. No querían líos.

Pronto, Froome se quedó sin Mikel Nieve, fue en el momento exacto en el que Aru también se abrió. Al italiano el Tour se le está haciendo largo, eterno, todo lo contrario que a Alberto Contador. El madrileño volvió a atacar, saltando a la rueda de Barguil en busca de la cabeza de carrera, pero no pudo seguir el ritmo del rey de la montaña. Froome, mientras tanto, sofocaba los intentos de Dan Martin y después los de Bardet, quien, enfurecido, arrancó y logró los 4 segundos de bonificación que le devuelven a la segunda plaza. A Urán no hizo falta controlarlo. Ni se movió, para variar. «Las fuerzas están muy justas». Es hora del cambio de discurso.