Ruth Beitia cierra con su segundo diamante su mejor año

La victoria en la Weltklasse de Zúrich le otorga su segundo diamante consecutivo como líder de altura en el circuito más selecto de reuniones de un día

La victoria en la Weltklasse de Zúrich le otorga su segundo diamante consecutivo como líder de altura en el circuito más selecto de reuniones de un día

La victoria en la Weltklasse de Zúrich, que le otorga su segundo diamante consecutivo como líder de altura en el circuito más selecto de reuniones de un día, ha rematado la temporada más brillante de la historia para un atleta español, hombre o mujer.

Un salto de 1,96 al primer intento la dejó sola en competición en el estadio Letzigrund, y luego atacó sin éxito los 2,02, su actual récord de España.

En el ámbito español, los éxitos de la atleta cántabra en conjunto sólo admiten parangón ahora con los de Fermín Cacho, campeón olímpico de 1.500 en Barcelona’92 y declarado por la IAAF mejor atleta español de todos los tiempos, pero el soriano nunca llegó a cuajar una temporada tan impresionante como la que cierra ahora la saltadora.

Ni en el mejor de sus sueños pudo Beitia imaginar que con 37 años iba a realizar una temporada así, que empezó en marzo en Portland con una medalla de plata en los Mundiales de pista cubierta, continuó en julio con su tercer título europeo consecutivo en Amsterdam y alcanzó su punto culminante en agosto con la medalla de oro olímpica en Río, antes de concluir con la victoria en la Diamond League.

El año en que Fermín Cacho obtuvo su título olímpico en Montjuic no pudo alcanzar más laureles. No hubo campeonatos de Europa, que todavía se celebraban cada cuatro años, ni Mundiales, que también observaban entonces una cadencia de cuatro temporadas.

El 20 de marzo, en el Centro de Convenciones de Portland (Oregón, EEUU), Beitia logró la medalla de plata con una marca de 1,96 compartida con la campeona, la estadounidense Vashti Cunningham, 18 años más joven. La española borraba así la amargura que le dejó seis meses antes su quinto puesto en los Mundiales de Pekín.

Los de Portland eran sus novenos Mundiales en pista cubierta y su cuarta medalla en esta competición (antes, bronce en Moscú 2006, plata en Doha 2010, bronce en Sopot 2014).

Cuatro meses después, el 7 de julio pasado, Ruth completó en el estadio Olímpicos de Amsterdam un triplete inédito en los campeonatos de Europa. Un salto de 1,98 metros la convirtió en la primera atleta que conseguía tres títulos consecutivos de salto de altura, una gesta sin precedentes también entre los hombres.

Era su medalla internacional número 13 en categoría absoluta, sin contar el oro europeo sub-23 que obtuvo quince años antes en ese mismo estadio Olímpico de Amsterdam.

“Nos queda el ultimo sueño, el que me dio las ganas de pequeña de cogerme de la mano de Ramón (Torralbo, su entrenador), que es una medalla en los Juegos Olímpicos. Ojalá se haga realidad”, afirmaba.

Sólo cuarenta días tardó en hacer realidad su gran sueño, aquél por el que luchan cada día miles de atletas en todo el mundo: la medalla olímpica.

El atletismo le debía una medalla olímpica a una atleta que la estuvo persiguiendo durante 26 años bajo la sabia dirección de Ramón Torralbo, y en el momento de saldar la deuda quiso mostrarse generoso: medalla de oro.

El reanálisis de muestras de controles de dopaje procedentes de los Juegos de Londres 2012, donde Ruth fue cuarta, dejaba abierta la posibilidad de que la plusmarquista española recibiera una medalla diferida, si daba positivo alguna de las que la precedieron (incluida la campeona, la rusa Anna Chicherova, que lo dio en Pekín 2008).

Pero Beitia no se merecía una medalla en los despachos. El lanzador de peso Manuel Martínez sabe muy bien que no es lo mismo recibir una presea olímpica por correo postal, que subir al podio sobre el terreno, especialmente si se trataba, como en su caso, del enclave sagrado de la antigua Olimpia.

La brillante carrera de Ruth Beitia merecía una medalla olímpica sobre el campo de batalla.

Y el 20 de agosto pasado, en el estadio de Engenhao, la mayor de las 17 finalistas de altura con 37 años, pudo al fin ver realizado el sueño al proclamarse campeona olímpica con un salto de 1,97 metros.

La búlgara Mirela Demireva y la croata Blanka Vlasic, que saltaron lo mismo que la española, pero con más fallos, la acompañaron en el podio.

Con victorias en los mítines de la Diamond League de Oslo, Ezstocolmo y Londres, Beitia competía en una pista rápida, como a ella le gustan, en un ambiente de calor húmedo que le recordaba a su tierra, Santander, y después de haber hecho muy buenos entrenamientos de técnica aquí en Río.

El viernes, víspera de la final olímpica, se fue a dormir con este tuit: “A veces.. los sueños se hacen realidad... Buenas noches España”.

Con el listón en 1,97 quedaban cuatro para tres medallas y la española, que no había cometido un solo fallo, seguía primera cuando, junto a la búlgara Mirela Demireva, Vlasic y Chaunte Lowe, atacó la barra en 2,00 metros.

Ninguna de las cuatro pudo con esa altura. El orden provisional se elevó a definitivo y entonces sí, Beitia sonrió para despedirse de los Juegos encaramada al cajón más alto del podio.