Triunfo de la selección nacional

Todos los españoles –exceptuando los independentistas– nos hemos alegrado mucho con la gran victoria de España en el mundial de básquet. Como es lógico, los naturales de un país se complacen con los triunfos de quienes los representan cuando compiten. ¿Cuál es, entonces, la noticia? ¿Qué tiene de especial que esto suceda? Pues que en España no abundan los símbolos que nos autoidentifiquen con nuestra Nación. Desde la Transición, hemos caído en la trampa de aceptar pasivamente que lo «nacional» pertenezca a las denominadas «nacionalidades históricas» autonómicas, de manera que los gobiernos nacionalistas han ido «nacionalizando» toda su terminología, para reservar el término «estatal» a lo relativo a España.

Hemos «desnacionalizado» España, reduciéndola a una mera estructura administrativa. La batalla del lenguaje y de los símbolos se ha perdido por incomparecencia del Estado.

Pero la realidad es que la Nación es el alma de un pueblo, y preexiste al Estado, que es el corpus jurídico político en el que se organiza aquella. Todavía estamos a tiempo de recuperar los símbolos nacionales propiamente dichos, incluida «la roja» –nuestra selección nacional–, como la extraordinaria de baloncesto que anteayer nos proporcionó esta gran dosis de alegría patriótica de la que –por desgracia– andamos tan escasos últimamente.