Copa del Rey

Una final con prórroga

La goleada del Barcelona en el Wanda ha desencadenado la crisis en el Sevilla: Montella sigue por el momento, pero el club decidió ayer despedir a Óscar Arias, el sucesor de Monchi.

Joaquín Caparrós y Pepe Castro
Joaquín Caparrós y Pepe Castro

La goleada del Barcelona en el Wanda ha desencadenado la crisis en el Sevilla: Montella sigue por el momento, pero el club decidió ayer despedir a Óscar Arias, el sucesor de Monchi.

Las formas, en el fútbol, son importantes y la manera en la que el Sevilla perdió la final de Copa del sábado desató la ira de todos los estamentos del sevillismo, desde el presidente hasta el último aficionado. La goleada ominosa, sin que sirva de atenuante el haberse enfrentado a la mejor versión del Barça de Messi e Iniesta, llovía sobre la mojadísima paciencia de una parroquia que ya había sufrido cinco «manitas» durante el curso. El mismo domingo, Pepe Castro anunció medidas, que ayer sustanciaba hasta entrada la noche en una tensa reunión del consejo de administración.

Óscar Arias, el director deportivo dejado en herencia por el añorado Monchi, ya es historia. Ayer se anunció el despido de un directivo que estaba sentenciado incluso en caso de haberse ganado la Copa. Sus dos campañas de fichajes, la estival y la invernal, han sido desastrosas y peor aún ha resultado su trabajo en las entrañas del club, tutelando a jugadores y cuerpo técnico o ejerciendo de portavoz y paraguas en los momentos malos. Allí donde su antecesor lo bordaba, él ha sido incapaz de granjearse la mínima credibilidad.

Pero la destitución de Arias, cantada, no era el principal asunto de debate, más allá de que ya suenan nombres para sustituirlo como Antonio Cordón, quien tras su exitoso paso por el Villarreal metió al Mónaco en las semifinales de la Liga de Campeones. El asunto mollar era el futuro inmediato de Vincenzo Montella.

Llegado en lugar de Berizzo a finales de diciembre, el técnico italiano tiene un contrato hasta junio de 2019 que en ningún caso cumplirá. La única duda era saber si se sentaría en el banquillo el viernes en el campo del Levante y en los otros cuatro partidos –los sevillistas tienen una jornada aplazada a causa de la final de Copa– que restan para acabar la Liga con el objetivo mínimo de salvar la última plaza europea, la séptima.

Aunque sólo sea por no tener que pagar los cinco millones que costaría la rescisión de su contrato, el italiano sigue de momento al frente. Otra cosa es lo que suceda de cara a la próxima temporada. El mandatario sevillista, demasiado pendiente del zarandeo al que lo tiene sometido la familia Del Nido, no quiere aparentar debilidad y se inclina por revitalizar al plantel con su paisano Joaquín Caparrós, un histórico cuyo regreso a la casa estaba previsto desde hacía meses –en un cargo aún por determinar– y que presenta el perfil ideal para asegurar la interinidad de aquí al 20 de mayo. Sería el retorno, nueve títulos y diecisiete finales después, de quien llevó al Sevilla desde Segunda a la antesala de la gloria.