Villar, solo contra el mundo, hasta que le echen

Sin apoyos, opta por la moción de censura del 22-N. Cobrar el sueldo de la Federación mientras resiste en el cargo, como hizo Platini en la UEFA, otra de sus pretensiones.

Ángel María Villar el pasado 1 de agosto, día en que salió de la cárcel de Soto del Real

Sin apoyos, opta por la moción de censura del 22-N. Cobrar el sueldo de la Federación mientras resiste en el cargo, como hizo Platini en la UEFA, otra de sus pretensiones.

El 22 de mayo, Ángel María Villar fue reelegido presidente de la Real Federación Española de Fútbol por octavo mandato consecutivo. No tuvo rival, fue candidato único y arrasó. No podía ser de otra manera. Dos meses después, el 18 de julio, el juez Pedraz, de la Audiencia Nacional, ordenó su detención acusándole de cinco presuntos delitos: corrupción entre particulares, falsedad en documento público, administración desleal, apropiación indebida y alzamiento de bienes. El 20 de julio ingresó en la prisión de Soto del Real. El 1 de agosto fue puesto en libertad previo pago de 300.000 euros de fianza. Tiene que presentarse semanalmente en el juzgado más próximo a su domicilio, ha facilitado un número de móvil para estar localizado y ha entregado el pasaporte. En apenas tres meses ha pasado de ser el puto amo del fútbol español a un apestado; los presidentes de las territoriales que antes de la elecciones le santificaron para protegerle del acoso mediático y gubernativo, hoy le repudian. El fútbol y el deporte, enemigos y amigos, le exigen o aconsejan que dimita. No quiere, «está desequilibrado».

No ha digerido Villar la caída a los infiernos, él, que fue vicepresidente de FIFA y UEFA, que presidió la comisión Arbitral y la Jurídica de la FIFA, que no encontraba parangón entre la dirigencia española a escala internacional, salvo en el caso del difunto Samaranch. Pero no escuchó los avisos. Fue descabalgado de la carrera hacia la presidencia de la UEFA y se recogió en el feudo español, su cortijo, donde fue ordeno y mando, donde sus opositores desaparecían y sus corifeos y turiferarios recibían prebendas a cambio de silencio y fidelidad, fuera bueno, malo o regular para el fútbol español.

Y el fútbol español ya no le quiere. Hace dos semanas, estuvo tres horas en la habitación de un hotel de Las Rozas esperando a sus «directivos», presidentes de las Territoriales que antes le hacían la pelota y ahora no quieren ni verle. Al cabo del plantón, sólo recibió una llamada para escuchar esta palabra: «Dimite». Se sintió humillado. Dolido. No obstante, por recomendación de sus amigos Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid, y Alejandro Blanco, del COE, aceptó reunirse el pasado domingo con nueve de esos presidentes, más Juan Luis Larrea, que lo es en funciones de la Federación. Cuatro horas de discusiones inanes y un resultado desolador. Seis de los nueve dirigentes le pidieron que dimitiera. Otros tres ni hablaron. Él no dio su brazo a torcer. No quiere dimitir. Prefiere que le echen. Es lo que se deduce.

No es consciente del daño que le está haciendo al fútbol y al deporte español con su actitud intransigente. Y no es que crea que algún día podrá volver a la Federación, ilusión que ya ha descartado, es que, aunque sabe que el retorno es imposible no se apea del burro. Es Villar contra el mundo. Obcecado, tozudo, enrocado y aislado, no hace caso ni a quienes le quieren bien. «Dimite, y si quieres demostrar tu inocencia, hazlo. Da un paso a un lado, defiéndete, pero dimite. Así tendrás menos presión. Y luego, que sea lo que la Justicia establezca. Hazte a la idea, ya no eres presidente de la Federación y no lo volverás a ser. Asúmelo».

Dicen los amigos que le quedan que han tratado de convencerle para que asuma la transición sin importunar. Sabe que Juan Luis Larrea, sucesor en funciones, no es solución porque en mes y pico «ha logrado poner a todo el mundo en su contra». Sabe que Javier Tebas y los presidentes que le cantaban las verdades del barquero –Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón y Galicia– han vuelto a la Junta Directiva. Y que en estos momentos Luis Manuel Rubiales, presidente de la AFE, es quien cuenta con más apoyos de la Asamblea –14 Territoriales, futbolistas, árbitros, entrenadores, fútbol sala...– para sucederle. Pero él le considera un traidor por votar a favor de su suspensión en la Comisión Directiva del CSD. Y sabe que su momento ha pasado, que está dinamitando algo de lo bueno que en 28 años seguro que hizo durante su mandato. Y que si escribe una carta de dimisión, «por el bien del fútbol español», ahorrará padecimientos a ese deporte que dice que tanto quiere. Podría salir con cierto honor en lugar de como un apestado; sin hacer más ruido o a patadas. Parece que ha elegido esta última opción, siguiendo, tal vez, el mal ejemplo de Michel Platini, que no dejó de cobrar el sueldo de la UEFA hasta que fue fulminado.