Hay carbón para rato

Los combustibles fósiles, con el petróleo y el carbón a la cabeza, emisores de CO2, suponen el 80 por ciento de las fuentes de generación de energía en el mundo. Las renovables, sólo el 3,2 por ciento.

Los combustibles fósiles, con el petróleo y el carbón a la cabeza, emisores de CO2, suponen el 80 por ciento de las fuentes de generación de energía en el mundo. Las renovables, sólo el 3,2 por ciento.

Una vez que se ha establecido el dogma de fe de la maldad intrínseca del CO2 –los herejes creemos, sin embargo, que se trata del gas de la vida y que un poco más de CO2 vendría bien al paisaje, si te gusta verde–, hay que concluir que a la humanidad le queda una larga tarea para reducir al maligno. Salvo en la Unión Europea, es decir, en los países ricos, donde la presión fiscal y la eficacia recaudatoria, que no es lo mismo, permiten alegrías presupuestarias, me temo que pasarán muchas décadas, pero muchas, antes de que se pueda reducir la actual dependencia de los combustibles fósiles, en especial del carbón, en los procesos de generación energética. Petróleo, carbón y gas natural, suponen nada menos que el 85 por ciento de los combustibles que se usan en el mundo, frente al ridículo 3,2 por ciento de las energías renovables –eólica y solar–, a la que podría añadirse la hidráulica, si no fuera porque a los ecologistas tampoco les parece bien seguir regulando los ríos. La energía nuclear va de capa caída, remember Fukusima, y las energías del futuro siguen en las páginas de los libros de ciencia ficción. Cuestión aparte es el carbón, el auténtico enemigo a batir, que se resiste a desaparecer, incluso crece, merced a sus tres virtudes: es abundante, es barato y es eficaz. Además, se emplea en la fabricación de acero y cemento y, también, se puede licuar. En Europa, en España principalmente, las centrales de carbón y las minas van camino del cierre. Cuestión de regulaciones administrativas, medio ambientales e industriales, que elevan artificialmente –paga el contribuyente– el precio de la energía. Era más barato importar carbón de las minas a cielo abierto del Pacífico canadiense y colocarlo en Gijón, que utilizar el que se extraía en Mieres. Y eso que estaba subvencionado. En Europa, aunque Polonia se resiste, ya decimos que tiene los días contados. Podría, alternativamente, fomentarse la investigación en las tecnologías de combustión, de los filtros, que redujeran las emisiones de azufre y nitrógenos asociadas al carbón, pero siempre quedarían las emisiones de CO2, sí, el «asesino del clima», para execrarlo. Claro, que también el mar, que está subiendo de nivel, disuelve las calizas, que son los grandes depósitos de CO2 de la tierra, y no se dice nada.